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Hogar, Hambriento Hogar

 

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Con el tiempo yo iba formando una cada vez más realista cuadro de mis entornos en casa y en mi comunidad de Calidonia. Veía que nosotros los varones Westindian terminábamos siendo jóvenes que jamas podríamos aspirar, como una gran fuerza, a vernos independizados. Al menos, así lo consideraba yo quien estaba día y noche entre las mujeres del clan. Peleaba entre si mismo con esa gran frustración de estar aferrado a ellas. Continue reading

Mi Tía Berenice y su “Enfermedad del Sueño” 2da Parte

Mi pastel favorito hecho toda
una exquisitez por mi Tía Berenice,
Pineapple Up-sidedown Cake.

Hubo momentos en que podríamos todos estar en medio de una conversación interesante en que estuviéramos hablando expresando emociones e ideas con mi Auntie profundamente dormida, o así lo aparentaba. Pronto aprendí a hacerle frente a la enfermedad de mi querida Auntie. Entre tanto, la enfermedad que volvía esta mujer fuerte e inteligente una indefensa soñolienta parecía tener a los demás familiares sin cuidado. Indiferentes ante su padecimiento hacían crueles comentarios e hipócritamente se mofaban de ella y su narcolepsia. Había veces que me veía obligado a estar defendiendo a mi querida Tía de las mofas inevitables y de las crueles lenguas, incluso de la gente que la habían conocido desde su niñez.

En esos tiempos yo les consideraba gente sumamente insensible y notaba que les producía un placer malsano de verla en esas condiciones. Esta observación se concretaba, sobretodo, cuando nos encontrábamos en la iglesia los domingos cuando visitábamos su amada Iglesia de San Pablo. Su único placer en su único día de asueto en que ella pudiera sentirse normal, ella disfrutaba enormemente escuchar a uno de los famosos oradores entre nuestra etnia Westindian, el Obispo y Reverendo Nightengale, cuando daba sus sermones conmovedores. Al llegar a la iglesia mí Tía me dejaba en una de las butacas delanteras en donde me podía velar desde su asiento en el coro; luego de vestirse con su túnica del coro salía para luego unirse a los demás cantantes.

Desde el primer himno en adelante los fieles presentes se sentaban a esperar al pastor entregar el sermón del día señalando el momento en que mi Tía caería profundamente dormida en su lugar ante las miradas burlonas de toda la Iglesia.

Por mi parte nunca me atreví a despertarla ya que sabía con certeza que, aunque ella parecía estar profundamente dormida, estaba atenta a todo lo que se estuvo diciendo a su alrededor. Descubrí aquello acerca de ella a través de un juego que inventé estando yo con ella. Sabiendo lo bueno que era como cocinera además de ser una de las mejores reposteras que he conocido, siempre esperaba con ansiedad su llegada los fines de semana de su empleo de criada y cocinera en la Zona. De hecho, le tocaba tan solo un sólo día de descanso para estar en casa con nosotros ya que tenía que regresar apresuradamente el domingo por la tarde.

Uno de mis pasteles favoritos era el pastel de piña adornado con cerezas con el cual ella se esmeraba viendo mi aprecio por su gran talento. Poco tiempo de llegar a casa se quedaba dormida por estar demasiada cansada para cocinar. Entonces, empezaba yo mi jueguito con ella instándola a responderme. Mientras dormía en su silla en la cocina yo le decía, “¡Oye, Auntie…Auntie!” Molesta me contestaba, “¿Qué?” “¡AUNTIE!…Auntie! insistía yo. Entonces, por fin, lograría que ella me respondiera y por último ella me decía, “¡¿WHAT?!” Finalmente soliviantada por mis insistentes molestias.

“¿Que es lo que vamos a hornear hoy, Auntie; que hay que hacer primero?” le preguntaba. Alentado, entonces, por sus detalladas ordenes procuraba escuchar atentamente mientras ella me decía, “¡Suavízate dos barras de mantequilla! y crémalas hasta que me quede esponjoso.” Con eso ella retornaba tranquilamente a su eterno sueño. Al terminar lo indicado para esta etapa del proceso yo volvía a importunarla nuevamente. “¡Auntie, Auntie! ¿Cual es el próximo paso?” le decía. Ella se despertaba como si nada hubiese ocurrido para seguir sus instrucciones. “¿Ya sacaste la mantequilla?” Desde luego yo le contestaba, “Si tía, aquí esta toda cremosa, como me dijiste.” Y así continuábamos, yo mezclando los ingredientes como los huevos y la harina y otros ingredientes mientras ella retornaba a su inevitable sueño.

Muy pronto yo descubriría eso de la Tía Berenice, que no importaba cuanto tiempo ella había permanecido dormida, ella sabía exactamente lo que estaba pasando y recordaba todos los pasos que en esos momentos cruciales del proceso de estar horneando mi anhelado pastel y eso, podría ser a altas horas de la noche. Era para mi un reto poder sentirme completamente seguro de que ella, cuando estuviera yo listo con el siguiente paso la podría despertar con mis constantes llamadas de “Auntie, Auntie,” y ella despertaría sin haberse desubicado en el proceso.

Ambos continuábamos en esas tareas, ella dándome instrucciones y yo cocinando hasta concluir el proyecto culminando con mi mejor premio- poder disfrutar del gran tazón donde se había mezclado la masa con las orillas embarradas de ese delicioso manjar azucarado de harina, mantequilla, huevos y otras especias.

Luego, para mi alegría, esperaba que todo estuviera en el horno vigilando que no se quemara. Al momento preciso despertaba a mi Tía Berenice pidiéndole que viniera a probar si esos deliciosos dulces, tortas, y hasta las comidas navideñas estuvieran hechas. En esos días de mi juventud hicimos de estos proyectos culinarios todo un ritual entre nosotros dos. Nunca olvidaré que entre nosotros hubo un tiempo para conocernos y yo procuraba proteger a mi querida Tía sirviéndole, además, de ayudante y guardián para hacerle frente a su incomprendida condición.

Esta historia continuará.