Tag Archives: Rio-Abajo

Algunos Personajes de Mi Barrio

En la foto vemos un Pontiac del 1940
del tipo que tenía el Señor Lawson.
Imagen gracias a www.classicpontiacs.com

Aun recuerdo que hubo otras familias tan maravillosas y entre que aprendimos lo que era estar entre familia en nuestro antiguo vecindario de la Calle Mariano Arosemena # 29-47 en la Ciudad de Panamá. De hecho, en la parte de arriba sobre nosotros vivía ese querido Sr. Lawson con su familia, una de las mas grandes de esos tiempos. En ese momento el Sr. Lawson era el primer negro estadounidense que yo habría de conocer en mi vida tanto como de niño hasta llegar a la edad de mayoría.

Tendría yo unos seis años de edad pero verlo llegar a casa siempre fue causa de alegría para mí, ya que él siempre fue amable y amistoso conmigo. Yo conscientemente lo esperaba a que llegara a su hogar tan solo para escuchar que me saludara con mi apodo cuando decía, en ese ingles americano que los Westindian llamaban “Yankin.” “¡Hola Júnior!” decía al pasar a mi lado y amorosamente me frotaba la cabeza como ritual de cada día. Entre tanto lo que el Sr. Lawson nunca se iba a imaginar, sin embargo, era que yo fielmente había jurado mantener el ojo de guardián en el nuevo y flamante coche del Sr. Lawson, y que encontraba yo hermoso, y que era un brillante, y nuevo Pontiac de color verde, generosamente cromado por todos sus parachoques.

Otros de los gratos recuerdos era ese en que en nuestro pequeño rincón de ese barrio de Calidonia, nosotros como niños pequeños disfrutando a menudo de estar tomando una ducha, al desnudo, en las aguas cálidas de las lluvias tropicales, allí afuera de nuestra puerta del cuarto a toda vista. Eran tiempos en que se nos iba a escasear como niños felices con madre y padre. Nuestro padre quien estuvo trabajando en la zona del canal y tiempos en que teníamos toda la atención de nuestra madre. Recuerdo a vecinos como esa familia de apellido Carvajal, eran quienes fueron realmente nuestra “familia oculta,” de los que en su hogar era refugio para nosotros. Fue en donde nosotros dos negritos éramos recibidos con cariño por toda la tribu Carvajal.

Para nosotros ellos representaban la idea de estar creciendo con alegrías de pertenecer a una familia grande y a la vez recordar, el cómo había sido con nosotros en el lecho de nuestra familia en la Ciudad de Colón. Pero estuvimos en Panamá y tan sólo nos faltaba poder irnos de viaje al Clubhouse de la zona para asistir un cine o al Comisario. Además manteníamos el miedo de poder estar afuera en las calles y encontrarnos con un “Toro loco” escapado, o con el legendario “Greasy Man” o “Hombre encebado,” quien pudiera ensuciarnos toda la ropa.

En realidad todo aquello era tan solo fantasías, o cosas que comentaban mis tías Colonenses, porque mi mayor preocupación en ese paraíso de mi niñez, era el de no volver a olvidar que tenia esa sortija y cadena de oro, como joyas que me adornaban, mientras gozaba de alguna actividad de juego de niño. Eran objetos que mi madre se empeñaba en comprar de un Español Vasco mercantil que hacía sus rondas regularmente de puerta en puerta.

En esas casonas de madera del vecindario aparecía como fantasma ese hombre y llegaba justo cada “quincena,” que era cuando cobraba mi padre, quien era trabajador Silver en la zona americana. Así que yo con total desprecio infantil a tales cosas mundanas, que además no entendía ese afán de mi madre en querer decorarme. Sin falta olvidaba esas alhajas de oro en el establo de la ducha comunal, del patio trasero del edificio.

Entonces iban a pasar apenas minutos después, de haber regresado a nuestro cuarto, cuando sin dudas algunas escucharía, el suave clamor de alguna interesada vecina, quien llegaba, con las joyas en la mano. Devolviéndoselos a mi madre, se quejaba diciendo, “¡Rosa Juni dejó de nuevo sus prendas, ves!” No puedo recordar una instancia en que persona alguna se habían apoderado de esas prendas, o otros objetos similares de valor dejados en esas instalaciones de uso comunal. Si esta historia es así verídica de todos los barrios, no sabría confirmar.

Entre tanto es prueba de que la vida en los barrios era infinitamente menos estresante y bastante diferente, a lo que conocemos hoy en día. En esos entonces no sabría yo enumerar realmente cuantos barrios había con personas de nuestra etnia, sin embargo recientemente leí un articulo de opinión en uno de los diarios locales que enumeraba los barrios que nuestra etnia ocupaba, además del los barrios de Calidonia, Chorrillo y Santana. Contaba él articulo que “en agosto de 1934, ocupan los barrios de Las Sabanas, Pueblo Nuevo y además el de Río Abajo.”

Esta historia continúa.


¿Sabes Que Mi Madre Era Africana?

Un rico plato de almejas al vapor

Mientras me acomodaba, nuevamente, para seguir observando a los niños más pequeños gozar de alguna u otra merienda escuchaba que Doña Luisa me decía, “¿Sabes que mi madre era Africana y mi padre era Jamaicano?” No sería la primera vez que ella me había informado de ese hecho. Al parecer, estar allí observando a tantas gentes de su clan tan joven le había hecho recordar a su madre Santa, y continuaba diciendo sin esperar una respuesta, “Y éramos todos juntos diecisiete de nosotros…y todos crecimos aquí mismo, cerca de los ríos, Río Abajo y el Río Pueblo Nuevo, y además caminábamos a todas partes.”

Notando una pausa en ese momento creí que ella ya no tenía nada mas que contarme, pero ella continuó como preparándome para alguna tarea sobre las veracidades de lo que iba a encontrar en la historia a lo cual le debía estar poniendo importancia.

“¡Lo ágil que era yo! Andaba por esas partes todo el tiempo. Tú no me lo creerás, pero en esos ríos uno podía pescar y sacar suficiente comida para hacer una buena cena todos los días. Uno podía pescar esos cangrejos grandotes, además de muchísimos camarones, y peces grandotes. Prácticamente todos los días yo traía a casa algo para la cena- cangrejos o pescados.” Solo guardaba silencio escuchándola relatar esa fascinante historia de un Panamá que ya no existía- esta persona que no parecía ser mas vieja que yo que en ese momento cursaba los cuarenta y tantos años de edad.

Al escucharla relatar me estuve recordando de los tiempos de mi juventud en que había visitado el río Río Abajo con algunos de mis primos más jóvenes. “Pero Luisa,” le dije entonces, “yo recuerdo haber visitado esos ríos en mi tiempos de pelao y solo eran unas charcas de agua para nosotros los chicos. Como lo gozábamos bañándonos y a pesar de llamarle rió, era nada mas que un pozo de agua turbia, lodosa.” Luisa, la perfecta anfitriona, solo sonreía y me dice, “Yo estoy hablando de los tiempos cuando yo era una niña, hasta cuando me volví una jovencita por aquí mismo.” No dejo ni hacer pausas en nuestra conversación cuando me dice, “¡Mira, tu no tienes idea de lo que eran estas partes por aquí!”

Por encima del bullicio de tantos niños que estuvieron nuevamente jugando en los afueras de la casa, Luisa continuó diciendo, “Eran tiempos en que no habían calles pavimentadas y caminábamos a toda partes. Lo que tu veías aquí antes eran pastizales y montañas y yo caminaba todo esto alrededor de estos montes y montañas. He caminado, esta que vez aquí tan lejos hasta por allá pasado ese Río Juan Díaz, hasta ese Chivo Chivo, y hasta por allá lejos en ese Chilibre,” me decía señalando en un imaginario horizonte. “¿De que años estamos hablando, Miss Luisa?” le pregunté tratando de ubicarla cronológicamente en esos tiempos de que ella me estuvo contando.

Llegó un momento en que hasta dudaba de las hazañas de esa doncella de entonces llamada Luisa. En cambio ella seguía recordándome, “Yo recuerdo que mi fah’da, sí mi padre, el era un hombre negro fuertísimo y él trajo a casa nuestras primeras crías de cabras. Sí señor, nosotros éramos fuertes porque tomábamos nada mas que leche de cabra todas las mañanas y comíamos viandas de esos camotes que crecen en la tierra. Así que teníamos la fuerza para hacer cosas que ustedes hoy ni se imaginarían. Sí, tomábamos leche de cabra en las noches y tomábamos té de monte. Para decirte algo, recuerdo que esos serían los tiempos un poco antes de que dijeran que Panama era una República; así es que, tú trata de calcular cuando fue eso.”
Luisa lo había dicho con tanta certeza que no me atrevía porfiarla.

“Ustedes cuando niños, ¿solo comían de las viandas que crecían en la tierra y también se alimentaban de la carne silvestre todo el tiempo?” le pregunto yo animándola para seguir su historia. “¡O no Señor!” me contesta sin reparo. “Te he dicho que en las mayoría de las veces nos íbamos al río. Realmente yo era la que me iba con mis hermanos menores porque los ríos estaban tan cerca de casa. Además, ¿tu vez ese río de Pueblo Nuevo que vez allí, ese que ahora llaman el Mataznillo? Uno podía a diario pescar peces muy grandes allí, todo lo que solíamos hacer era permanecer completamente callados después de poner la canasta-que era nuestra trampa- y esperar, pacientemente, que los peces entraran a la trampa. Era una trampa en que ellos podían entrar pero que no podían salir.”

Luego de atender a uno de sus nietos mas tiernos, todavía un bebe, Luisa continuaría su relato. Al marcharse el chiquillo nuevamente a jugar, Luisa me dice, “Muy bien pues, allá en el río permanecíamos por largas horas así que mientras esperábamos que los peces entraran en la trampa, nos íbamos a casar unos mariscos que parecían pequeñas langostas. Bajo las rocas las buscábamos, sí Señor.” Animada ella continuaba recordando esos días de su niñez.

“Y esos camarones, y yes man, las almejas, y cualquier cosa que el río daba ese día. Habían días que uno no cosechaba gran cosa pero habían otros días que si había mucha comida para nosotros. Nos quedábamos por allá por los ríos todo el día y nos íbamos por las tardes a cocinar a casa. Solo teníamos que pelar las viandas como el Ñame, la yuca y el Ñampí que a nosotros nos gustaba comer y otras cosas como esas.”

Esta historia continúa.

Selvas de Negros Acosados

Imagenes de la Escuela Pedro J. Sosa en Ciudad Panamá en la actualidad.

Obviamente en estos entornos estuvieron escondidos Negros, existiendo como Negros que vivían tan lejos como en la Provincia del Darién, las montañas de Coclé y Veraguas como también estuvieron los Indígenas. Ellos eran las gentes que habían por siglos llegado a conocer aquel sistema Esclavista en su totalidad y que luego iban a, frente a frente, estar a diario siendo atropellados por un sistema que estuvo implantando casi al mismo tiempo del descubrimiento del continente de las Américas por mas de cuatro centurias. Poco sabrían de una historia que no se atrevían a estar enseñando en las escuelas, y a la vez ocultando el pecado de todos los que todavía gozan de ese vil y infernal racismo en contra Indígenas y Negros.

No iba a ser difícil imaginar yo como era de fácilmente estar existiendo en entornos como los que había estado revelando Doña Luisa. Esas mismas vistas imaginarias eran la que yo tenía cuando me había sentido acosado por los maestros en la escuela primaria de nombre Pedro J. Sosa. Recuerdo que había pensado que no me iba ser difícil mantenerme día y noche fuera de vista de las gentes de los cuales en casa y en la escuela me estuvieron acosando a diario y maltratando sin tregua. Así que fueron sus tiempos de estos ancianos los mejores para mantenerse libres y sin ser acosados por racistas policias.

Chilibre desde Pueblo Nuevo y Río Abajo por las montañas atravesando no debería ser tan lejos como estar viajando unas 30 millas en auto en nuestros días. Así que para mi eran pruebas suficientes porque además en esos días de la juventud de Luisa y Jack estos bosques y selvas lo daban todo para que el intrépido Negro pudiese sobrevivir tranquilamente sin tener que robarle a persona alguna. Había también viajado explorando por estos bosques y selvas y era un privilegio que recordaba para siempre de my niñez y juventud adolescente. Conocía todos los caminos y cuando no iba a estar rezando en la gruta de la Virgen Madre de la parroquia Cristo Rey, los montes ofrecían guarida en conocidas sendas.

Recordaba estar gozando de todo ese verdor de las bóvedas de los arboles frondosos. En cambio los tiempos me habían transferido nuevamente al presente en que estuve observando a niños contentos y alegres jugando para la alegría de sus abuelos. La mente se me escapaba a esas escenas monteses cuando notaba que los adultos presentes estaban sentadas esperando que los de la cocina les sirvieran otra de las deleitantes preparaciones que habían cogido toda la tarde en preparar.

Esta historia continua.

De lo Mundano a lo Espiritual

Billete del sorteo del "Miercolito"

Billete de chancecito

La Lotería Nacional, aquella institución que por generaciones como la mía había captado la atención de miles de radioyentes y que, en la actualidad, se veía a través del aparato casero llamado la televisión, no dejaba de protagonizar el ritual nacional de todos los domingos y los miércoles. Continue reading

Preparando Una Fiesta de Cumpleaños Inusual

Image courtesy of www.morguefile.com

Serían las 12 p.m. cuando concluimos con tantas presentaciones aquel día en que conocimos a toda la familia y hasta los vecinos. Luego pudimos estar más relajados para conversar sobre el tema de la vejez y el envejecimiento con nuestra locuaz anfitriona y reina, Luisa. Entonces fue que yo introduje el tema. “¿Sabía usted que somos profesionales graduados en eso de cómo envejecen las personas? Al igual que yo, mi esposa tiene grado de Magister o Maestría en eso de cómo las gentes envejecen. También ambos hemos laborado en lugares que sirven a los de la tercera edad o, como los llaman allá ciudadanos de edad, Señor Citizens,” le dije. “En verdad,” le sugerí, además, “no le recomiendo que le siga revelando a las gentes su edad real porque nadie se lo va a creer.”

Por primera vez Doña Luisa había permanecido callada escuchando lo que estuve alegando. Fue entonces que se me ocurrió sugerir que honráramos el momento celebrando unos cumpleaños que habían pasado. “Miss Luisa, me ocurre la idea de celebrar su cumpleaño, y, de una vez honraríamos el hecho de haberla conocido a Usted. Además, Usted es la única persona que conocemos en esta parte de Panamá.”

No había terminado de completar la oración cuando Doña Luisa me dice, “¡Muy bien! Entonces, ustedes están mas que bienvenidos…cuando quieran llegar, a cualquiera hora.” Los había dicho con tanta sinceridad que notamos que las pocas líneas de arrugas que rodeaban sus párpados se hicieron desaparecer dejando sus grandes ojos color café despejados y mas claros que jamás había visto.

Luego le digo a mi esposa, “Mira, amor mío, ¿porque no nos vamos de compras? Tu sabes, hacemos mercado para cosas que harán una gran fiesta.” Lo había dicho yo tan repentinamente que Miss Luisa se había quedado sorprendida mirándonos con esos ojos que parecían siempre hablar antes de que ella abriera la boca. Entonces, le dije a ella, “Miss Luisa, ¿porque no viene Usted con nosotros? Así puede escoger las cosas que a usted le gustaría comer en su fiesta.” Con esa invitación y en esa misma hora había hecho de Miss Luisa la huésped de honor en la fiesta que estuvimos planeando.

Al parecer, aquella fiesta que yo había confeccionado en unos momentos fue mas de lo que Miss Luisa había podido imaginarse, y no parecía estar del todo convencida de que yo tan solo quería tener el privilegio de compartir con ellos ese momento de verla a ella rebasar los noventa y cuatro años de edad mas conservada de lo que habíamos antes visto en persona alguna hasta ese momento. Con los preparativos, sin embargo, Miss Luisa parecía estar más convencida y se mostró aplacada. Nos era realmente obvio que Doña Luisa no estaba acostumbrada a que hiciesen tanta alharaca alrededor de su persona, pero se dejó llevar por el momento. Así fue que estuvimos de acuerdo mientras todos montamos en mi auto Sedan de la marca Dodge, para ese viaje que, a la vez, nos mostraría en donde se compraban los insumos para la casa.

El viaje fue corto al llegar a lo que era un pequeño mercado al aire libre en ese distrito cercano de Río Abajo.

Esta historia continúa.

Reencuentro con Río Abajo y Pueblo Nuevo

Imagen: un camino como cualquier otro
en Pueblo Nuevo
Gracias a www.morguefile.com

En ese tiempo mi familia entera había decidido que yo nuevamente abandonara toda idea de poder vivir en “Mi Panamá querida.” Había vuelto a encontrarme con ese área que había inspirado recuerdos de mi juventud; una área que estaba mas cerca del conocido Río Abajo de los “Westindian” que recordaba muy bien.

Así fue que había conocido esa sección llamada Río Abajo que, al parecer, desde los años 1940’s era el único área en que los Westindian podían adquirir parcelas para construir sus viviendas. Estuve caminando familiarizándome con esa vieja sección de la ciudad de Panamá en que una tía mía había poseído titulo de una parcela en que eventualmente construyó un caserón de dos plantas.

En esos días pude redescubrir el vecindario aunque, hasta esa cálida mañana, no había tenido oportunidad de irme a explorar la vecindad. Mientras caminaba pensaba en esa Ciudad de Panamá en que había nacido y llegado a conocer muy bien, y como, además, estaba en una área que antes, en mi juventud, se consideraba bastante apartada de la ciudad. Me impresionó la realidad que la Ciudad de Panamá que había conocido en esos tiempos de mi mocedad ya, en 1994, no existía. De hecho, esa sección de Rio Abajo que antes consideraba rural y “monte” era en esos momentos solo una sección mas de esa gran ciudad, en esa hora en que entrábamos al siglo 21.

En esas primeras horas de la mañana me encontraba en una de las partes de poca elevación y seguí explorando a pie a paso lento y deliberado, buscando rastros en cada esquina, pistas tal vez, del pasado. Entre tanto había notado que los moradores al verme actuaban, por su actitud, como si yo fuese uno más de esos turistas aventurados por el vecindario. Yo, sin embargo, me consideraba un historiador en su una eterna búsqueda de cualquier vestigio de lo que fueran sus gentes, esos “West Indians,” manteniendo la mente y los ojos vigilantes por la preciada pista del pasado que solo un escritor puede valorar.

Aun temprano en la mañana y ya había dado con una de las viejas Iglesias “Beji Nite” visitada por un pequeño grupo de sus viejos y fieles integrantes loma abajo. Sin detenerme hice planes para luego, en otro momento, acercarme a curiosear ya que creí que, por alguna extraña razón, que no sería tan fácil llegar a verme entre mis propias gentes.

Entonces, me detuve a descansar al sentir el primer abrazo de calor y me puse a meditar sobre esos encuentros cuando, de repente, mis ojos divisaron a una mujer que bajaba cuesta abajo casi corriendo la negra calle asfaltada. Lo que no sabría en esos momentos era que esa mujer me serviría de enlace y además llegaría a ser uno de los vestigios de ese pasado que ninguno de los historiadores contemporáneos habían tomado en cuenta como una historia sobresaliente de sus tiempos. La mujer bajaba apresurada, y yo, viéndola, calculaba que su edad era de una mujer joven, tal vez muy cerca a la mía.

Esta historia continuará.

Solo Un Anticipo de lo Que Vendría

Imágen: Familia inmigrante West Indian
Cortesía de www.viewimages.com

Para los futuros herederos de la cultura West Indian el período que siguió el vergonzoso episodio de la traición del General Victoriano Lorenzo sería caracterizado por una cultura plagada de tensiones. Esta nueva generación de Westindians llegaría a entender muy bien en donde estaban ubicados en la sociedad panameña y descubrirían a lo largo de su experiencia “nacional” que eran víctimas, más bien corderos, listos para ser sacrificados en la política de los gringos y los panameños.

Por un lado estaban los envidiosos y airados miembros de la elite panameña a quienes se les había mentido. Eran personas que no serían instruidos en la verdadera historia panameña- historia que podría sacar a relucir con claridad como sus abuelos elites de la sociedad panameña, durante los tres últimos años del siglo anterior, habían cedido la tierra nacional en un arreglo “en perpetuidad” con los extranjeros americanos.

Entre tanto, quedaban los negros Panameños, que entre los del grupo hispano y los Westindian habían quedado rezagados en la vida histórica, social, y económica de una Panamá saqueada. Los Negros westindian continuaban demandando integración e inclusión en la vida social nacional ya que habían llegado al amanecer del siglo XX y todavía eran vistos como extranjeros en su propia cuna de nacimiento.

Eran momentos en que la historia encontraría a esos moradores antillanos, como una mayoría entre los negros, serían identificados con las áreas reconocidas como barrios de “Chombos.” Estas áreas conformaban las nuevas barriadas de Calidonia, San Miguel, El Chorrillo, el Marañon y Río Abajo.

De esos humildes barrios obreros saldrían, como los nuevos turistas, viajando desde el nuevo Aeropuerto de Tocumen. Luego, años después, se estarían lamentando el hecho de haber seguido la bandada de la Zona del Canal Negra. Entre tanto los años pasarían y sus nietos estarían produciendo una nueva generación que poco conocerían sobre sus ancestros o familiares ni en Panamá ni en Estados Unidos.

Los jóvenes y niños que se habían marchado desilusionados con el rumbo que había tomado sus vidas en su Panamá querida se encontrarían, en su mayoría, trabajando pero sin oportunidades de avanzar educacionalmente ganando salarios de miseria que no les alcanzaría para regresar a su tierra natal. Lejos de su país de nacimientos la lamentable verdad era que iban a encontrarse en el extranjero tan extranjero como lo estuvieron sus padres y abuelos en Panamá a lo largo del siglo XX.

Por el momento, sin embargo, solo revelaremos que esos panameños se encontrarían en esas tierras frías y extrañas del norte con gente que les parecerían tan extraña como ellos le parecían a los de otras latitudes que también se denominarían Westindians. En esos momentos de cambios económicos, en que las guerras influirían mucho en las vidas de quienes venían de las antiguas colonias británicas, españolas, y holandesas.

En Nueva York, sobretodo, se unirían en lo que se volvería una de las Meccas de la cultura Westindian en el extranjero. La ciudad de Nueva York, tanto como Chicago, se transformaría en un hogar tanto para ellos como para los Negros americanos que estuvieron huyendo de la segregación racial del sur de Estados Unidos.

En este período de transición poco se imaginarían que la segregación racial serviría para enseñarle a los Negros y Mestizos hispanos ser “segregistas” de clase, en áreas segregadas en si para esa clase de gente inmigrante. Descubrirían las grandes divisiones en las áreas apartadas para los negros americanos como lo era el Harlem del Oeste, y los Latinos en su Harlem del Este, y los Panameños Westindian en su Brooklyn.

El sistema encontraría a los panameños segregados de los demás mestizos latinos como los cubanos, puertorriqueños y, mucho después, los mexicanos y caribeños dominicanos. Estas áreas de concentración principalmente de negros se convertirían en comunidades de gente que vivirían bajo las mismas tensiones que habrían dejado atrás en los barrios bajos de Panamá. Para los Negros Westindian Panameños serían las mismas tensiones que vivieron en ambos lados de las fronteras de la Zona del Canal de Panamá, porque eso sería lo que la Zona CanaleraAmericana llegaría a significar para esas personas.
Esta historia continuara.