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¿Sabes Que Mi Madre Era Africana?

Un rico plato de almejas al vapor

Mientras me acomodaba, nuevamente, para seguir observando a los niños más pequeños gozar de alguna u otra merienda escuchaba que Doña Luisa me decía, “¿Sabes que mi madre era Africana y mi padre era Jamaicano?” No sería la primera vez que ella me había informado de ese hecho. Al parecer, estar allí observando a tantas gentes de su clan tan joven le había hecho recordar a su madre Santa, y continuaba diciendo sin esperar una respuesta, “Y éramos todos juntos diecisiete de nosotros…y todos crecimos aquí mismo, cerca de los ríos, Río Abajo y el Río Pueblo Nuevo, y además caminábamos a todas partes.”

Notando una pausa en ese momento creí que ella ya no tenía nada mas que contarme, pero ella continuó como preparándome para alguna tarea sobre las veracidades de lo que iba a encontrar en la historia a lo cual le debía estar poniendo importancia.

“¡Lo ágil que era yo! Andaba por esas partes todo el tiempo. Tú no me lo creerás, pero en esos ríos uno podía pescar y sacar suficiente comida para hacer una buena cena todos los días. Uno podía pescar esos cangrejos grandotes, además de muchísimos camarones, y peces grandotes. Prácticamente todos los días yo traía a casa algo para la cena- cangrejos o pescados.” Solo guardaba silencio escuchándola relatar esa fascinante historia de un Panamá que ya no existía- esta persona que no parecía ser mas vieja que yo que en ese momento cursaba los cuarenta y tantos años de edad.

Al escucharla relatar me estuve recordando de los tiempos de mi juventud en que había visitado el río Río Abajo con algunos de mis primos más jóvenes. “Pero Luisa,” le dije entonces, “yo recuerdo haber visitado esos ríos en mi tiempos de pelao y solo eran unas charcas de agua para nosotros los chicos. Como lo gozábamos bañándonos y a pesar de llamarle rió, era nada mas que un pozo de agua turbia, lodosa.” Luisa, la perfecta anfitriona, solo sonreía y me dice, “Yo estoy hablando de los tiempos cuando yo era una niña, hasta cuando me volví una jovencita por aquí mismo.” No dejo ni hacer pausas en nuestra conversación cuando me dice, “¡Mira, tu no tienes idea de lo que eran estas partes por aquí!”

Por encima del bullicio de tantos niños que estuvieron nuevamente jugando en los afueras de la casa, Luisa continuó diciendo, “Eran tiempos en que no habían calles pavimentadas y caminábamos a toda partes. Lo que tu veías aquí antes eran pastizales y montañas y yo caminaba todo esto alrededor de estos montes y montañas. He caminado, esta que vez aquí tan lejos hasta por allá pasado ese Río Juan Díaz, hasta ese Chivo Chivo, y hasta por allá lejos en ese Chilibre,” me decía señalando en un imaginario horizonte. “¿De que años estamos hablando, Miss Luisa?” le pregunté tratando de ubicarla cronológicamente en esos tiempos de que ella me estuvo contando.

Llegó un momento en que hasta dudaba de las hazañas de esa doncella de entonces llamada Luisa. En cambio ella seguía recordándome, “Yo recuerdo que mi fah’da, sí mi padre, el era un hombre negro fuertísimo y él trajo a casa nuestras primeras crías de cabras. Sí señor, nosotros éramos fuertes porque tomábamos nada mas que leche de cabra todas las mañanas y comíamos viandas de esos camotes que crecen en la tierra. Así que teníamos la fuerza para hacer cosas que ustedes hoy ni se imaginarían. Sí, tomábamos leche de cabra en las noches y tomábamos té de monte. Para decirte algo, recuerdo que esos serían los tiempos un poco antes de que dijeran que Panama era una República; así es que, tú trata de calcular cuando fue eso.”
Luisa lo había dicho con tanta certeza que no me atrevía porfiarla.

“Ustedes cuando niños, ¿solo comían de las viandas que crecían en la tierra y también se alimentaban de la carne silvestre todo el tiempo?” le pregunto yo animándola para seguir su historia. “¡O no Señor!” me contesta sin reparo. “Te he dicho que en las mayoría de las veces nos íbamos al río. Realmente yo era la que me iba con mis hermanos menores porque los ríos estaban tan cerca de casa. Además, ¿tu vez ese río de Pueblo Nuevo que vez allí, ese que ahora llaman el Mataznillo? Uno podía a diario pescar peces muy grandes allí, todo lo que solíamos hacer era permanecer completamente callados después de poner la canasta-que era nuestra trampa- y esperar, pacientemente, que los peces entraran a la trampa. Era una trampa en que ellos podían entrar pero que no podían salir.”

Luego de atender a uno de sus nietos mas tiernos, todavía un bebe, Luisa continuaría su relato. Al marcharse el chiquillo nuevamente a jugar, Luisa me dice, “Muy bien pues, allá en el río permanecíamos por largas horas así que mientras esperábamos que los peces entraran en la trampa, nos íbamos a casar unos mariscos que parecían pequeñas langostas. Bajo las rocas las buscábamos, sí Señor.” Animada ella continuaba recordando esos días de su niñez.

“Y esos camarones, y yes man, las almejas, y cualquier cosa que el río daba ese día. Habían días que uno no cosechaba gran cosa pero habían otros días que si había mucha comida para nosotros. Nos quedábamos por allá por los ríos todo el día y nos íbamos por las tardes a cocinar a casa. Solo teníamos que pelar las viandas como el Ñame, la yuca y el Ñampí que a nosotros nos gustaba comer y otras cosas como esas.”

Esta historia continúa.

Selvas de Negros Acosados

Imagenes de la Escuela Pedro J. Sosa en Ciudad Panamá en la actualidad.

Obviamente en estos entornos estuvieron escondidos Negros, existiendo como Negros que vivían tan lejos como en la Provincia del Darién, las montañas de Coclé y Veraguas como también estuvieron los Indígenas. Ellos eran las gentes que habían por siglos llegado a conocer aquel sistema Esclavista en su totalidad y que luego iban a, frente a frente, estar a diario siendo atropellados por un sistema que estuvo implantando casi al mismo tiempo del descubrimiento del continente de las Américas por mas de cuatro centurias. Poco sabrían de una historia que no se atrevían a estar enseñando en las escuelas, y a la vez ocultando el pecado de todos los que todavía gozan de ese vil y infernal racismo en contra Indígenas y Negros.

No iba a ser difícil imaginar yo como era de fácilmente estar existiendo en entornos como los que había estado revelando Doña Luisa. Esas mismas vistas imaginarias eran la que yo tenía cuando me había sentido acosado por los maestros en la escuela primaria de nombre Pedro J. Sosa. Recuerdo que había pensado que no me iba ser difícil mantenerme día y noche fuera de vista de las gentes de los cuales en casa y en la escuela me estuvieron acosando a diario y maltratando sin tregua. Así que fueron sus tiempos de estos ancianos los mejores para mantenerse libres y sin ser acosados por racistas policias.

Chilibre desde Pueblo Nuevo y Río Abajo por las montañas atravesando no debería ser tan lejos como estar viajando unas 30 millas en auto en nuestros días. Así que para mi eran pruebas suficientes porque además en esos días de la juventud de Luisa y Jack estos bosques y selvas lo daban todo para que el intrépido Negro pudiese sobrevivir tranquilamente sin tener que robarle a persona alguna. Había también viajado explorando por estos bosques y selvas y era un privilegio que recordaba para siempre de my niñez y juventud adolescente. Conocía todos los caminos y cuando no iba a estar rezando en la gruta de la Virgen Madre de la parroquia Cristo Rey, los montes ofrecían guarida en conocidas sendas.

Recordaba estar gozando de todo ese verdor de las bóvedas de los arboles frondosos. En cambio los tiempos me habían transferido nuevamente al presente en que estuve observando a niños contentos y alegres jugando para la alegría de sus abuelos. La mente se me escapaba a esas escenas monteses cuando notaba que los adultos presentes estaban sentadas esperando que los de la cocina les sirvieran otra de las deleitantes preparaciones que habían cogido toda la tarde en preparar.

Esta historia continua.

De Compras Para un Festín Westindian


Imagenes: Mercado de abastos de viandas
Medio: Otoe o Yautía
Abajo: Yampi o Ñampi y Un gran ejemplar de Ñame (Yam)

Rápidamente nos dirigimos en el tráfico de mediodía de la ciudad de Panamá y por lo que parecía ser una hora paramos en diferentes lugares mientras yo permanecía poco envuelto y las mujeres se reavivaban en las compras. Recuerdo que la primera parada fue en un icono del área que era una feria de mercado al aire libre que ofrecía todas clases de frutas y legumbres como los tomates las cebollas y los verdes pepinos y la lechuga que gustan tanto en las mesas panameñas.

Luego nos encontramos en una de las muy recientes instalaciones de supermercados al estilo de estados unidos con nombres algo extraños para nosotros los foráneos de estados unidos, con nombres como Baturro, Gago en que compramos los ingredientes para las comidas que iban a hacer de la tarde una vieja fiesta de celebración Westindian. Como adiestrado marido había este servidor encontrado paciencia mientras las damas encontraban los insumos para aquella celebración de una vida que envejecía agraciadamente.

Luego nos encontramos en el área de lo que yo recordaba como el Mercado Grande y, a poco distancia, el Mercadito Municipal de Guachípali en el área conocido como Calidonia. En esos mercados que estaban divididos en secciones de líneas de puestos por sus especialidades de productos y servicios se desenvolvieron las mujeres. Se podía comprar toda clase de viandas y frutas tropicales, algunas que solo se podían encontrar durante su temporada del año. Compramos el Badú, que en otros países del trópico se les llama el Otoe. Además de los Ñames, la Cassava o lo que también llamamos la Yuca en Panamá y otras partes de la región centro y suramericana,

Ya que estábamos por dar de comer a un ejercito que componía ese Clan, daba gusto ver nuevamente los plátanos, verdes y amarillos que en realidad eran de un color casi anaranjado con manchas negras en su etapa madura. Ni hablar de los racimos de guineos verdes y maduros y otras frutas que, seguramente, les gustarían a los niños tanto como los encontraba yo en mi niñez. De pronto parecía yo como un alquilón de muelle cargando los sacos de henequén llenos de frutas como la ciruela silvestre, los verdes racimos de mamones, los sabrosos mangos y toda las viandas que harían de nuestra fiesta un buen festín de la gastronomía West Indian.

Al llegar a la casa de nuestra anfitriona ya no tuve que cargar mas puesto que los jóvenes varones del Clan llegaron y se encargaron de todo la carga. Nos disculpamos momentáneamente para ir a ver por nuestra hija que cursaba sus años de preadolecsencia en esos entonces. También era extraña a todo eso de estar inmigrando de pronto a un país que sus padres les aseguraban que era suyo también, aunque ella no entendía de esas cosas. Con el cambio tan abrupto de estados unidos a acá procurábamos hacer un ritual de estar animándola que todo iba a resultar muy bien para ella y que pronto podría tener hasta mas amistades que antes.

“Acompáñanos, hija, que tenemos unas personas que queremos presentante,” le dijimos a nuestra hija al llegar a casa y ella, sin protestar, se recogió, siguiéndonos para el corto viaje a casa de nuestras nuevas amistades en el mismo vecindario. En pocos momentos entrábamos por el sendero hacia esa casa escondida rodeada por enormes árboles de Mango. Sin que los perros se alarmaran entramos como si fuésemos del clan e inmediatamente Doña Luisa recibió a nuestra niña con un caluroso abrazo presentándola a los demás chicos de su edad.

Entre tanto las otras mujeres presente se unieron a mi esposa para entrar al enclave en que estuvieron preparando las exquisiteces del día. Muy contentas todas las mujeres se entretuvieron con la preparación de las frutas y viandas mientras yo me serenaba encontrándome atraído por los niños y jóvenes quienes encontraban en las afueras de la casa algún juego que los ocupara. Así esperaba yo un poco cansado que pudiésemos reanudar nuestra visita con nuestra nueva familia en ese Distrito de Pueblo Nuevo de un nuevo Panama.

Esta historia continuará.

Encantado con Una Amiga en Pueblo Nuevo

Imagen: Un frondoso arbol de mango
como el que crecía en el patio de Luisa
www.pacificworlds.com


Al parecer el recientemente
repatriado forastero que había vivido casi toda su vida adulta en Estados Unidos se había encontrado encantado con mujer en que no podía nada mas que permanecer con los ojos fijos en ella. Mujer que había de casualidad encontrado y que había estado notando ser una mujer verdaderamente singular. Había quedado fingiendo descansar la miraba hasta que la mujer se había perdido su forma visual y hasta que estuvo completamente fuera de vista. En cambio se había hecho notar mentalmente en donde ella había dicho que ella vivía.

El encuentro con la mujer le había intrigado tanto así que se había visto interesado en ese personaje que había parecido mas ágil y despierta a esas horas del día y que él en ese clima tan caluroso y húmedo de una típica mañana panameña.

Otro día que era un sábado en la mañana, olvidando las contiendas que había tenido con los canes mascotas del vecindarios, se aventuraba a convidar a su esposa en una excursión en busca de la frutas de mango, que caían desde las alturas de los arboles a esas tempranas horas de la mañana en el vecindario.

Al llegar a uno de los alrededores de unas viviendas que estaban rodeadas de árboles frondosos del rico mango, los perros en la propiedad se alborotaron a ladrar a los extraños que invadían su territorio. La vereda que era un camino de tierra corto que dirigía al hogar de algunos vecinos y que estuvieron rodeados de arboles que daban la fruta de mango, resultaron ser de repente mala idea. Los canes de las casas estuvieron furiosos y a la vez contentos de haber sorprendido a unos extraños tratando de llegar sin permiso a coger el rico mango.

“Morning, Morning!”le dijo sin temor a los canes que seguían caminando hacia delante hasta que llegaron a un claro que era la parte delantera de la yarda del inmueble rodeado de los frondosos arboles en verdor. La sombra de los arboles los había temporalmente cegado y estuvieron a la vez bajo esa humedad natural de esos lugares que son libres de grama o de malezas naturales del trópico. “Morning, Morning! Just you’all come in!” Los había recibido la voz de mujer que les decía, “Los perros no los van a molestar ahora, entren, entren!”

Era la rescatante voz de la amiga, mujer elegante que había admirado unas mañanas anteriores. Ella los alentaba a que llegaran a donde estuvo ella esperándoles.

Esta historia continuará.

Relato de un Repatriado que Encuentra su Pasado

La Madrugada en una
calle desértica en Pueblo Nuevo
Imagen gracias a Morguefile


Aquel sentido de ciudad desolada que al principio de siglo prevalecería en el interior del país y en la mayoría de los barrios de las dos principales ciudades a los dos extremos del zanjón que luego sería el reconocido Canal de Panamá, persistiría a lo largo de casi todo el siglo 20 en el país de Panamá. A pesar de que hemos tratado de reconstruir este singular escenario en un país como cualquier otro de los piases de Centroamérica, deseo hacer un alto en nuestro relato para compartir una anécdota que serviría como trasfondo y, tal vez, una lupa histórica que habría servido para descubrir todos los acontecimientos descritas en entregas anteriores.

Eran tiempos en que me pude sentir, nuevamente, como un real estudioso que se consideraba parte de lo que le estuvo ocurriendo. Sin embargo, en toda mi trayectoria personal podía afirmar que era un observador de algo que mis contemporáneos encontraban superfluo y sin “valor económico” alguno. Aquello de estar estudiando a su propia gente negra, para la mayoría de Negros Westindian, aun permanecía algo extraño mientras que para este que escribe estas humildes líneas insistía unido a la idea de que aquello sí era valioso. Tan valioso que algún día sería un tema que a duras penas se encontraría entre la juventud universitaria, hasta entre los Negros en Estados Unidos.

Si bien aquel fenómeno de tener un país con una de las mas grandes poblaciones de gentes de la raza Negra provenientes del África, que aseveran los historiadores estuvo tan activa en el país hasta después de de la mitad del siglo 19 y que, de pronto, los encontraríamos escondidos de los historiadores, me era algo sumamente extraño. Así que siempre estuve en busca de alguna razón que me hiciera chillar de felicidad como el gran Galileo de la antigüedad, “¡Eureka, lo he encontrado!” Aun así espero que esta aserción que propongo hacer no sea suficiente para la mayoría de los sabios de la historia Panameña.

He aquí que relato una experiencia que tuve el gusto y el honor de vivir en 1994. Era que habíamos recientemente mudado nuestro hogar entero, hasta el coche y las hoyas de cocinar, y lo mas valioso de todos nuestros libros de estudios que habíamos acumulado desde los años que cerraron la década de los años 60’s cuando éramos universitarios. Nos habíamos mudado por la tercera vez, como hacen todos los inmigrantes desconcertados que no logran encontrar lugar adecuado para asentar el hogar que habían dejado atrás con ilusiones de rehacerse en otro país.

Sin embargo, este era mi país de nacimiento y todavía me sentía un “roba trabajo,” uno que no tenía derecho ni de presentar sus títulos ante la “sacrosanta” Universidad de Panamá. De todas maneras los rechazos esperados herían y como parte de la impuesta terapia que me había a mi mismo recomendado, estuve de caminata a tempranas horas de la mañana como visitante en unos de los vecindarios antiguos que había conocido desde mi temprana niñez y adolescencia.

Pueblo Nuevo, extrañamente, aun yacía como las demás nuevas partes de la ciudad que permanecía dormilona y que solo se molestaba en despertar en las tardes. Las noches se volvían un paraíso para las jaurías de perros domesticados, pero en la mañana me propuse a hacer una pequeña expedición exploratoria.

Esta historia Continuará.