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Entrega Especial Dedicada a Rapsodia Antillana en su Primer Día del Trabajador: Homenaje a Los Trabajadores del Silver Roll


Imagenes:
1 Barco repleto de obreros Barbadianos 1909 llega a Panama. www.canalmuseum.com

2 Vagón de Paga estacionado en Colon
www.czimages.com

Tanto la vieja como la nueva Zona del Canal de Panamá, y en realidad el país entero de Panamá, nunca hubieran alcanzado lo que ha llegada a ser hoy día si no hubiese sido por esa actitud perseverante de los empleados Negros del Silver Roll. Los infortunios que vivieron esos varones negros, los primeros en llegar a las áreas de construcción del canal, fueron incalculables. Esos quienes eran jóvenes, de tan solo los catorce años de edad, en muchos casos, se enfrentaron a esos nuevos y peligrosos retos en esta nueva tierra con un espíritu de perseverancia. En su mayoría eran niños quienes se hacían pasar por hombres, y en la mayor de los casos sus muertes prematuras fueron por juvenil inexperiencia en el trabajo. La perseverancia no iba a servir de nada a niños trabajadores en uno de los más peligrosos escenarios de labor de esos tiempos.

Fueron tiempos en que esos individuos padecían el extremo calor que se generaba en esos proyectos al aire libre en días soleados, en que el aire parecía no llegarles abajo en las fosas gigantescas en que trabajaban. Luego, esas naturales y constantes lluvias, en que día tras día la humedad de su vestimenta nunca secaba. Además de los grandes desafíos fiscos tenían que enfrentarse a la soledad y la depresión de ánimo, causadas por los días de incesante lluvia, en que parecía que nunca cesaría de llover, mientras que los derrumbes y los fangales mantenían su piel negra color de hierro oxidado. En medio y a pesar de todo el peligro su espíritu indomable siempre encontraba cánticos y rezos que levantara el ánimo, mientras las muertes de sus compañeros parecían ser cosa de nunca acabar.

Pese a esa inminente amenaza de muerte segura y el enloquecedor ruido incesante de los explosivos había que seguir, muchos se decían, cuando, sin hablar de enfermedades, se acostaban de noche en sus barracas para nunca más despertar. No había hombre que se lamentara y, animados por visiones de un futuro como hombres prósperos y libres, se rehusaban a pronunciar queja alguna.

Para nosotros, los historiadores que ponemos al descubierto esas escenas que vivieron ellos en que día tras día y, al parecer, hora tras hora, pasaban velozmente esos trenes de la muerte, no es asunto fácil. Pasaban esos ferrocarriles constantemente con los restos de cientos de sus camaradas; hombres que, sin que los velaran, serían enterrados en un sitio desconocido por muchos con el nombre de “Monkey Hill,” que significaba la “Colina de Monos.”

Se dice que ver a un hombre llorar no era cosa extraña en esos días, que entre tanto la índole de hombres como esos, era de ser los mejores trabajadores de sus tiempos y de todos los tiempos. Sin embargo, reconocieron que estuvieron siendo estafados, pero, como opinaban muchos, “Era más o mejor salario que lo que nos estuvieron pagando en nuestra patria,” aceptaban su realidad.

Pero este quien escribe estas palabras no puede cesar de lamentarse por esos “Mártires Cristianos,” porque mis estudios y experiencia de estar entre esos veteranos de mis gentes me han hecho saber, que ellos, en su mayoría eran Cristianos, que llevaban nombres bíblicos, y que profesaban ser cada uno de ellos Cristianos y sus comportamiento era de gentes que tenían valores Cristianos.

Es además que estamos enfocados en esos primeros años en que el gobierno de Estados Unidos de América retomaba la construcción de lo que esos hombres conocían como la “Gran Zanja.” Tiempos en que todos los hombres negros tuvieron que permanecer viviendo en carpas militares de campaña hechas de lona, que los jefes yankees movían a cada rato mas cerca de los trabajos que se estuvieron haciendo. Así fue que esos hombres negros se encontraban aislados desde el primer día en que llegaban a esa zona de trabajo, y jamás se vieron acostumbrados a tener mujeres cerca ni a estar frecuentando los muchos burdeles que habían en las nuevas ciudades que se habían construido en los entornos del canal formando lo que hoy son áreas urbanas controladas por el gobierno panameño.

De hecho, los historiadores de nuestros tiempos documentarían como esos obreros, esos hombres Cristianos, experimentarían el más vil tratamiento como si fuesen enemigos y ateos. Serían sumariamente separados del resto de la fuerza laboral, y como hemos descrito, no serían ofrecidos ni el módico de vivienda decente, ni adecuadas condiciones de trabajo. Así vemos que desde a mediados del siglo XIX, los obreros negros que le estuvieron trabajando a los Yankees en los proyectos de los ferrocarriles y las bananeras, se vieron obligados a organizarse en esos lugares al occidente de la república para lograr que en esos tiempos de intransigentes denegaciones de derechos a hombres negros, o a gentes de color en general, se les diera el mismo tratamiento que se les daba a los “Cristianos Yankees.”

Hoy nosotros, los de descendencia de esos ancestros Westindian Panameños, nos preguntamos, “¿Y, qué iglesia abogaba por niños negros Cristianos abandonados y descuidados en Panamá?” Esos niños que sabían que sus padres tenían que trabajar largas horas separados de sus hijos. Esos quienes hoy sufren las secuelas de esas horas, días y también muchos años, en que aprendían comportamientos que enseña el abandono. Son comportamientos de abandono que los padres justificaban con un simple, “Yo estuve trabajando!” Es entonces que vemos esas cadenas de comportamiento negativo llegar a estar surgiendo en los estudios de sociólogos, como comportamientos que denotan cultura y costumbre entre los que son las víctimas.

Con todo lo que somos, mis experiencias que incluyen mis viajes y todos los estudios que he hecho, me indican fuertemente que debemos honrar a nuestros antecesores Westindian. Así que, os imploro a orar por el honor y todas las bendiciones a esos ancestros. A esos que están con nosotros en vida y a esos que nos han presidido en ese paso al mas allá de la gloria. Todo honor les damos y las gracias por hacernos lo que somos hoy en el siglo XXI- ciudadanos con todo los derechos de nombrarnos Panameños Westindian.

A todos esos los que laboraron año tras año sufriendo insultos a diario, abusos en un extenuante clima en que estuvieron separados, tal vez evitando esa atmósfera pecaminosa que se desarrollaba a sus alrededores al entrar ese siglo XX; a esos que escaparon de las enfermedades y la muerte a temprana edad, esperando que el Señor los llamara a su reposo en sus años dorados- les extendemos todos los honores en este día de aniversario de las reformas laborales para todos los obreros. Bendecimos y honramos, además, a los que laboraron durante todo ese épico siglo XX en que lograron, con su gran esfuerzo, la construcción de una de las maravillas del mundo moderno. Oramos por todos ustedes que descansen en la Paz del Señor; a todos los que pasaron a la gloria del Señor nuestro Dios. “¡Bendito sean en este Día del Trabajador del año de Nuestro Señor del 2007!”

Las Mujeres de los Tiempos de la Construcción de los Ferrocarriles

La presencia de mujeres quienes se atrevieron a seguir a los obreros Westindian a las áreas en donde se estuvieron construyendo las vías férreas fue un elemento vital para el ánimo de esos trabajadores. En primera instancia, esas mujeres, por ser las primeras pioneras, habían tenido que vencer temores, y, además ganarse el respeto y la admiración de esos hombres que, entre los varones negros, eran los más rudos de sus tiempos. Según mis experiencias sobre ese tema cuando estuve en esas áreas y de haber tenido trato con esas mujeres, ellas también fueron pioneras. De hecho, ellas habían sido atraídas a esas áreas de trabajo por otras mujeres que como pioneras habían tenido la valentía de acompañar a sus amigas o a sus maridos a esas remotas áreas.

Primeramente, si habían pocas facilidades para los hombres, para las mujeres en los tiempos de la construcción de los ferrocarriles no había facilidades adecuadas como viviendas. Los hombres, que trabajaban en numerosas cuadrillas hacían diferentes trabajos como eran los de instalar los rieles hechos del pesado acero, llevar y traer estacas, martillar, estacar, apalear, escarbar, acarrear y arrear los animales, además de estar ellos dinamitando. Todas esas actividades de trabajo se llevaban acabo bajo un sol caliente que, día a día, hacía de las labores un infierno.
En cambio, la llegada de las mujeres introdujo un cambio dinámico al escenario; cambio que hacía de sus momentos de descanso y hasta de todo un día una experiencia varonil mucho mas agradable. Con su presencia femenina ellos podían contar con alimentación, con agua, con limpieza y, lo mas esperado, conversación placentera que ablandaría los corazones de los peones mas rudos.

Me es de recordar que la vida diaria de los peones del campo alrededor de las construcciones, empezaba a las mismas tempranas horas de unos amaneceres neblinosos; igual se pudiera decir de los peones que trabajarían en las bananeras. Luego, los proyectos de mantenimiento y de construcción de vías adicionales requerían una fuente regular de obreros listos y a tiempo para ser movidos a cualquiera parte de esa región que necesitara atención inmediata. Así que, las cuadrillas se acostumbraban a moverse a diario, y las mujeres que los seguían a esos parajes remotos y vírgenes también.

Eran tiempos muy duros para algunas cuadrillas que tenían que amanecer y estar en el sitio de trabajo con toda puntualidad. Algunos construían en las noches sus chozas temporarias en donde pernoctarían si se les avisaba que iban a estar en algún sitio particular por más de unos cuantos días. Otros permanecían en las barracas que proveía la empresa. En los primeros años se ponían de acuerdo con los ingenieros de los trenes para transportar a los obreros que iban a estar trabajando en los ferrocarriles. Otros, en cambio, sobretodo los de las barracas, se acostumbraban a levantarse en la oscuridad de la madrugada día a día con poco tiempo para moverse en la oscuridad. Luego de una rápida lavada, si había agua disponible, se movían tan rápido como les era posible a un campamento base en espera de que los capataces escogieran sus cuadrillas del día.

Pero antes de partirse requeriría poder llegar a comerse la primera y la mas importante comida del día. Con el desayuno era que comenzaba el día para la mayoría de los obreros que tenían que soportar muy pronto ese sol ardiente o, las lluvias torrenciales que al principio refrescaban, pero mas tarde volvía todo en un escenario húmedo, lodoso y peligroso, que podría amenazar hasta su vida misma.

Esos pasos rutinarios en la vida diaria en esos remotos parajes no iban a cambiar mucho para esos hombres y las mujeres que les seguían. Les iba a ser como lo fue con los primeros pioneros, a todos los que aventuraran a estar en esos sitios tan remotos. Para jóvenes como yo en mis tiempos como labrador, era obvio que aunque el paso del tiempo y la llegada de los grandes cambios físicos sobre esos paisajes causadas por esos labores, la Madre Naturaleza aun demandaría su tiempo e incidencias que probaraín su indomable poder.

Este servidor se siente afortunado de haber tenido una abuela quien vivió para ser una de esas pioneras. Fue ella una de las primeras mujeres que además de ser esposa y madre se volvería, subsecuentemente también obrera. En la corta entrevista que han leído en artículos previos no tiene todo lo que ella me contó de su vida y de sus tiempos. Fueron muchas las instancias en que yo la induje, no solamente a ella, sino a otras mujeres pioneras a hablarme de sus experiencias en la Provincia de Bocas del Toro, cuando tuve la oportunidad de estar allá en los años de 1955 y 1956.

Así fue que mis sueños de un día ser autor de libros que contasen mis experiencias en vida o mis ideas veraces o erróneas, que llamo “el escritor guarecido en mi” desde mi juventud, me hacían hacer de cualquier contacto con mis gentes Westindian un evento que podría mas tarde servir como un suceso que debería recordar. Érase, para mi, días en que después de haber estado laborando por mas de un año como obrero de campo bananero, las circunstancias me llevaron a estar vagando por las calles de un pueblo que perpetuamente he de conocer como “Bocas Town.” En esos días hubiese trabajado sin que me pagaran, no mas por tener algo que hacer, porque me sentía como un marinero atascado en esa isla.

Un día, a tempranas horas de la mañana salí, de casa con un viejo machete que heredé de los ocupantes de la casa que había alquilado. Así que con el alfanje en mano y un viejo saco de henequén sobre mi hombro izquierdo, salí de casa y caminé hasta que había llegado a mi destinación. Era que unos días antes bajo las mismas circunstancias había visto la casa metida entre montes solitarios. Al llegar al lugar empiezo a vociferar. “Buenos días! Buen días!” Seguí tímidamente aullando, hasta que alguien dentro de la vieja casa contestó. “¿Quien va allí?” decía la voz femenina que no salía. Entonces comencé en busca de algún varón con quien hablar sobre la posibilidad de hacer algunos trabajos.

Entonces contesté a la voz, “Doña, yo puedo limpiarle su patio.” Eso dije de forma respetuosa. En esos momentos ella sale de la casa que estaba rodeada de esas oscuras mallas de metal contra mosquitos y otros insectos, que le daban a ella una clara vista de todo su alrededor desde adentro de la casa, pero no a los que llegaban desde afuera. Repetí solícito, “Doña yo limpiare su patio.” Ella me mira como un viejo sargento de policía de arriba a bajo antes de contestar. “Yo no tengo dinero para pagarte, muchacho,” me dice. Mientras hablábamos yo notaba que estaba yo muy lejos de ella pero muy cerca de la línea que separaba su propiedad de los entornos esos, y me había puesto a cortar automáticamente la maleza que amenazaba con apoderarse del lote entero.

Los pocos machetazos que había dado con mi machete habían hecho maravillas, y persistí en estar cortando hasta que percibí una carpeta de grama muy bien establecida debajo de toda una alta maleza, que parecía estar dándome las gracias por los primeros rayos de sol que había visto desde meses o años. Así que, continúe trabajando hasta que el sol de la mañana me provocara un profuso sudor que cubría todo mi torso. Luego me detuve lo suficiente para quitarme la camisa empapada de sudor y colgarla sobre unos arbustos que se usaban en esas partes como marcadores de la línea de propiedad a secarse.

Entonces, me al agacharme nuevamente para continuar trabajando escucho a mi huésped decirme, “Mire muchacho yo no tengo dinero para pagarle, ¿sabes?” Nuevamente me detuve para, por primera vez mirarla fijamente y le dije, “¡Esta bien, no se preocupe! Me puede Usted pagar cuando pueda.” En esos momentos quería simplemente ignorarla, ya que disfrutaba del placer de estar sintiéndome útil al estar trabajando nuevamente, y era por el gozo de sentir mis músculos juveniles activos nuevamente.