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La Ciudad de Colón y la Inauguración del Canal de Panamá

Ya para el 1914 se había puesto en operación la gran lavandería en Cristóbal.

La Estación de tren del pueblo de Empire circa 1907 en donde se ubicaban las oficinas administrativas del Canal de Panamá. Noten la pare Westindian en frente esperando su tren. A lo mejor solicitaron su licencia de matrimonio.

A la Ciudad de Colón en el año de inauguración de1914 le tocaría presenciar la procesión de buques viajeros llenos de turistas desde la costa este de estados unidos, como si todavía fuera tiempos de la conquista del oeste de ese país. Ademas, todavía se verían llegar los buques Royal Mail de la flota Británica que patrullaba el archipiélago antillano del mar Caribe repletos de hombres y mujeres que tenían la misma intención de encontrar empleo.

Mas que simples viajeras las mujeres estaban ansiosas de llegar a trabajar y emplearse como sirvientas, camareras, mucamas, cocineras y niñeras quienes formaron un gran imán para atraer mas familias estadounidenses blancas a la Zona del Canal. Continue reading

El Escenario Sangriento

Patio de nuestro edificio en La Calle Mariano Arosemena donde occurrió todo este altercado.

Desde el episodio en que mi madre me culpaba por haber ocasionado mi propio y  casi desastroso accidente  con la Chiva del Comisariato, le observaba sus cambios anímicos muy de cerca puesto que yo sabía que ella padecía de períodos de depresión. Continue reading

Las Mujeres de los Tiempos de la Construcción de los Ferrocarriles

La presencia de mujeres quienes se atrevieron a seguir a los obreros Westindian a las áreas en donde se estuvieron construyendo las vías férreas fue un elemento vital para el ánimo de esos trabajadores. En primera instancia, esas mujeres, por ser las primeras pioneras, habían tenido que vencer temores, y, además ganarse el respeto y la admiración de esos hombres que, entre los varones negros, eran los más rudos de sus tiempos. Según mis experiencias sobre ese tema cuando estuve en esas áreas y de haber tenido trato con esas mujeres, ellas también fueron pioneras. De hecho, ellas habían sido atraídas a esas áreas de trabajo por otras mujeres que como pioneras habían tenido la valentía de acompañar a sus amigas o a sus maridos a esas remotas áreas.

Primeramente, si habían pocas facilidades para los hombres, para las mujeres en los tiempos de la construcción de los ferrocarriles no había facilidades adecuadas como viviendas. Los hombres, que trabajaban en numerosas cuadrillas hacían diferentes trabajos como eran los de instalar los rieles hechos del pesado acero, llevar y traer estacas, martillar, estacar, apalear, escarbar, acarrear y arrear los animales, además de estar ellos dinamitando. Todas esas actividades de trabajo se llevaban acabo bajo un sol caliente que, día a día, hacía de las labores un infierno.
En cambio, la llegada de las mujeres introdujo un cambio dinámico al escenario; cambio que hacía de sus momentos de descanso y hasta de todo un día una experiencia varonil mucho mas agradable. Con su presencia femenina ellos podían contar con alimentación, con agua, con limpieza y, lo mas esperado, conversación placentera que ablandaría los corazones de los peones mas rudos.

Me es de recordar que la vida diaria de los peones del campo alrededor de las construcciones, empezaba a las mismas tempranas horas de unos amaneceres neblinosos; igual se pudiera decir de los peones que trabajarían en las bananeras. Luego, los proyectos de mantenimiento y de construcción de vías adicionales requerían una fuente regular de obreros listos y a tiempo para ser movidos a cualquiera parte de esa región que necesitara atención inmediata. Así que, las cuadrillas se acostumbraban a moverse a diario, y las mujeres que los seguían a esos parajes remotos y vírgenes también.

Eran tiempos muy duros para algunas cuadrillas que tenían que amanecer y estar en el sitio de trabajo con toda puntualidad. Algunos construían en las noches sus chozas temporarias en donde pernoctarían si se les avisaba que iban a estar en algún sitio particular por más de unos cuantos días. Otros permanecían en las barracas que proveía la empresa. En los primeros años se ponían de acuerdo con los ingenieros de los trenes para transportar a los obreros que iban a estar trabajando en los ferrocarriles. Otros, en cambio, sobretodo los de las barracas, se acostumbraban a levantarse en la oscuridad de la madrugada día a día con poco tiempo para moverse en la oscuridad. Luego de una rápida lavada, si había agua disponible, se movían tan rápido como les era posible a un campamento base en espera de que los capataces escogieran sus cuadrillas del día.

Pero antes de partirse requeriría poder llegar a comerse la primera y la mas importante comida del día. Con el desayuno era que comenzaba el día para la mayoría de los obreros que tenían que soportar muy pronto ese sol ardiente o, las lluvias torrenciales que al principio refrescaban, pero mas tarde volvía todo en un escenario húmedo, lodoso y peligroso, que podría amenazar hasta su vida misma.

Esos pasos rutinarios en la vida diaria en esos remotos parajes no iban a cambiar mucho para esos hombres y las mujeres que les seguían. Les iba a ser como lo fue con los primeros pioneros, a todos los que aventuraran a estar en esos sitios tan remotos. Para jóvenes como yo en mis tiempos como labrador, era obvio que aunque el paso del tiempo y la llegada de los grandes cambios físicos sobre esos paisajes causadas por esos labores, la Madre Naturaleza aun demandaría su tiempo e incidencias que probaraín su indomable poder.

Este servidor se siente afortunado de haber tenido una abuela quien vivió para ser una de esas pioneras. Fue ella una de las primeras mujeres que además de ser esposa y madre se volvería, subsecuentemente también obrera. En la corta entrevista que han leído en artículos previos no tiene todo lo que ella me contó de su vida y de sus tiempos. Fueron muchas las instancias en que yo la induje, no solamente a ella, sino a otras mujeres pioneras a hablarme de sus experiencias en la Provincia de Bocas del Toro, cuando tuve la oportunidad de estar allá en los años de 1955 y 1956.

Así fue que mis sueños de un día ser autor de libros que contasen mis experiencias en vida o mis ideas veraces o erróneas, que llamo “el escritor guarecido en mi” desde mi juventud, me hacían hacer de cualquier contacto con mis gentes Westindian un evento que podría mas tarde servir como un suceso que debería recordar. Érase, para mi, días en que después de haber estado laborando por mas de un año como obrero de campo bananero, las circunstancias me llevaron a estar vagando por las calles de un pueblo que perpetuamente he de conocer como “Bocas Town.” En esos días hubiese trabajado sin que me pagaran, no mas por tener algo que hacer, porque me sentía como un marinero atascado en esa isla.

Un día, a tempranas horas de la mañana salí, de casa con un viejo machete que heredé de los ocupantes de la casa que había alquilado. Así que con el alfanje en mano y un viejo saco de henequén sobre mi hombro izquierdo, salí de casa y caminé hasta que había llegado a mi destinación. Era que unos días antes bajo las mismas circunstancias había visto la casa metida entre montes solitarios. Al llegar al lugar empiezo a vociferar. “Buenos días! Buen días!” Seguí tímidamente aullando, hasta que alguien dentro de la vieja casa contestó. “¿Quien va allí?” decía la voz femenina que no salía. Entonces comencé en busca de algún varón con quien hablar sobre la posibilidad de hacer algunos trabajos.

Entonces contesté a la voz, “Doña, yo puedo limpiarle su patio.” Eso dije de forma respetuosa. En esos momentos ella sale de la casa que estaba rodeada de esas oscuras mallas de metal contra mosquitos y otros insectos, que le daban a ella una clara vista de todo su alrededor desde adentro de la casa, pero no a los que llegaban desde afuera. Repetí solícito, “Doña yo limpiare su patio.” Ella me mira como un viejo sargento de policía de arriba a bajo antes de contestar. “Yo no tengo dinero para pagarte, muchacho,” me dice. Mientras hablábamos yo notaba que estaba yo muy lejos de ella pero muy cerca de la línea que separaba su propiedad de los entornos esos, y me había puesto a cortar automáticamente la maleza que amenazaba con apoderarse del lote entero.

Los pocos machetazos que había dado con mi machete habían hecho maravillas, y persistí en estar cortando hasta que percibí una carpeta de grama muy bien establecida debajo de toda una alta maleza, que parecía estar dándome las gracias por los primeros rayos de sol que había visto desde meses o años. Así que, continúe trabajando hasta que el sol de la mañana me provocara un profuso sudor que cubría todo mi torso. Luego me detuve lo suficiente para quitarme la camisa empapada de sudor y colgarla sobre unos arbustos que se usaban en esas partes como marcadores de la línea de propiedad a secarse.

Entonces, me al agacharme nuevamente para continuar trabajando escucho a mi huésped decirme, “Mire muchacho yo no tengo dinero para pagarle, ¿sabes?” Nuevamente me detuve para, por primera vez mirarla fijamente y le dije, “¡Esta bien, no se preocupe! Me puede Usted pagar cuando pueda.” En esos momentos quería simplemente ignorarla, ya que disfrutaba del placer de estar sintiéndome útil al estar trabajando nuevamente, y era por el gozo de sentir mis músculos juveniles activos nuevamente.