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La Gloria Panameña Regresa a Suelo Patrio Indiscutible Campeón

Imagen del antiguo Club Atletico Roxy
de Panamá.
Foto gracias al Señor Oswald Baptiste

Ceremonia de Premiación de los
triunfadores de la competición
de 100 metros en las Olimpiadas
de Londres de 1948.


Retomando nuestro tema luego de un rico mes de
La Etnia Negra lleno de acontecimientos, regresamos para concluir las hazañas de nuestro astro Olímpico, Lloyd La Beach.

Aquel día del año 1948 en la pista de atletismo del mundialmente reconocido Juegos Olímpicos de esa histórica ciudad de Londres, no habría terminado del todo cuando el Panameño Lloyd La Beach una vez más, iba a estar ofreciendo a esa multitud de expectante fanaticada otra emocionante carrera que acabaría en la línea de meta en su reconocida forma de velocista con sangre de campeón. Entonces la multitud en las gradas se sintuó sin temor de aplaudir efusivamente a ese único competidor panameño.

Ese chico que había importunado a sus padres en su hogar de Jamaica para que le permitieran volver a su país natal, había seguido los anhelos de otros jóvenes de ascendencia Panameña “Westindian.” Esos quienes eran de ese linaje de los que a menudo viajaban entre los países islas del Caribe, Inglaterra, Estados Unidos y Panamá y era para estar declarándole al mundo entero su humanidad, así como su excelencia atlética, aunque lo estuvieran que estar haciendo casi enteramente a solas.

Los juegos de esas Olimpiadas no habían aun terminado para la mayoría de los atletas que estuvieron de participantes o en las gradas como espectadores en ese Estadio de Atletismo de Londres, y al día siguiente los participantes de la carrera de los 200 metros planos aparecían en sus carriles en sus bloques de partida para prepararse mentalmente para otra ronda de competencias en que se verían involucrados algunos de los velocistas más veloces del mundo conocido.

La multitud de fanáticos de pista y campo quienes habían estado siguiendo la carrera de ese velocista quien estuvo próximo a desafiar nuevamente a los velocistas de marcas establecidas por los grandes aspirantes a esos títulos como eran esos Melvin Patton y Barney Ewell de los Estados Unidos. Era una fanaticada ansiosa de ver al joven panameño, Lloyd La Beach, hacer una repetición de su rendimiento en la pista. La esperanza del muy poco conocido país de Panamá ya había demostrado que podía mantenerse nariz a nariz con esa élite de velocistas de la Universidad de California en esos famosos relevos de la ciudad de Fresno que eran tan exigentes como cualquiera de las competencias de rango oficial, en donde la gente siempre estuvo dividida en sus apuestas.

En esos juegos muchas personas tenían sus apuestas comprometidas en los reconocidos campeones de notar como eran Patton y Ewell. Sin embargo, Lloyd La Beach estuvo recordando cómo había casi golpeado ganándole a Melvin Patton en Fresno y marcando justo al lado de Patton para el mismo tiempo en los 100 metros planos, iba ese día a tener que finalmente conformarse con el segundo lugar al famoso “Pell Mel” como era el apodo de Patton en los círculos universitarios.

Sin embargo, en esos Juegos Olímpicos Mundiales los veteranos preferían morir a dejarse vencer de un velocista que les pudiera cobrar cada milímetro como fue ese corredor panameño. En la línea de partida estuvieron y después de que unos nerviosos corredores fueran eliminados de la competencia de los 200 metros planos por el juez de partida quien disparaba pistoletazos para detener la salida. Una vez más, el joven Lloyd La Beach iba a estar tan concentrado con sus poderes divinos al sentir como su ágil cuerpo bajo la velocidad requerida se mantenía en la pista hasta la línea de meta encontrándose en un empate a lo largo y al lado derecho del más rápido de los seres humanos vivientes del mundo entero.

Una vez más debemos recordar que no hay dispositivos electrónicos para cronometrar la velocidad real de corredores en el momento, pero en la línea de llegada los jueces declararon al Sr. Melvin Patton de los Estados Unidos ganador del primer lugar para ser premiado con la medalla de oro, con un tiempo de 21.1. El Sr. Barney Ewell de los Estados Unidos fue declarado ganador del segundo lugar para ser premiado con la medalla de plata, con un tiempo de 21.1. Por ultimo declaran al Sr. Lloyd La Beach del país de Panamá ganador del tercer lugar premiado con la medalla de Bronce, con un tiempo de 21.2.

Sin embargo, las gradas del estadio se prendieron de aplausos para el latinoamericano Lloyd La Beach el chico maravilla de la competición quien se iba a ver mas que premiado con éxito internacional y a quien en los noticieros internacionales con la velocidad del rayo mandaban cables contando como el único corredor de pequeño país de Panamá, quien la mayoría de los panameños ni siquiera conocían había prácticamente casi vencido a los escogidos del fuerte pais de las Américas que ere los Estados Unidos.

Aquel verano, Lloyd La Beach se gradúa de la Universidad de California y luego de los Juegos Olímpicos él regresa a su querido Panamá. Las aclamaciones de sus hermanos y compañeros del casi desconocido Club Atlético Roxy del barrio de Calidonia en Panamá iban a estar en espera del reconocimiento debido de las autoridades del gobierno y sus entes deportivos.

La espera en la sección del aeropuerto abierto al publico panameño de la Base militar de Albrook, la única instalación en esa época de la historia que recibía viajeros que llegaban por aire y que servía a toda la República de Panamá, estuvo repleto de una gran multitud de admiradores algo que nunca antes se había visto en el pequeño país y su pequeño campo aéreo desde que los acuerdos se habían concretado entre la República de Panamá y los Estados Unidos que permitiera que vuelos internacionales aterrizaran y despegaran en esas instalaciones militares.

Fue un día excepcional en que uno de los suyos habían llegado a casa victorioso, con no solamente una medalla, sino dos valiosas medallas de la mundialmente famosa Juegos de Olimpiadas. Fue día en que la mayoría de los presentes en ese aeródromo eran de las gentes de la raza de Plata, esos Negros Silver Roll de la Zona del Canal cuyos antepasados habían realmente salvado las construcciones del Canal de Panamá.

Los pocos usuarios que se encontraban allí observaban a esa turba de exaltada gente de barrios bajos actuando como si el lugar entero era de su propiedad. Raro no estuvo que no hubo siquiera fotógrafos profesionales en toda esa multitud. La mayoría de los emocionados admiradores habían olvidado de haberse llevado sus propias cámaras de caja con el fin de poder captar esos momentos históricos que, lamentablemente para nosotros los que hoy vivimos, no hay fotos de esos fantásticos días y horas de gloria que sobrevivieran de haber capturado la radiancía de uno de los inmortales hijo y campeones entre los descendientes de los Hombres de Plata de Panamá.

Esta historia continuará.

Lloyd LaBeach y su Vida en UCLA

El gran Jesse Owens.

Barney Ewell (izq), Mel Patton (centro),
y Harrison Dillard durante una sesión de
práctica para los juegos olímpicos de
Londres 1948.


Para ese inmortal
Lloyd LaBeach el panorama de la Ciudad de Ángeles fue la cosa más impresionante que había visto en su joven vida. Mientras tanto iba el todavía tener que esperar prever el plan que Dios tenía para él mientras tomaba humildemente su lugar entre otros “ángeles” en esa misión de estar obligando a su pequeño país llamado Panamá a que reconociera a sus Hijos Westindian sobresalientes. Incluso mucho antes de que el joven Lloyd llegara al dormitorio del campus universitario en esa noche, había él comenzado a sentir ese secretado de energía que el siempre daba bienvenida tan naturalmente a su joven cuerpo.

Después de su llegada a Los Ángeles esa misma noche él había comenzado inmediatamente a sentirse tan cómodo cual cualquier otro estudiante universitario entonces ese atleta pronto había comenzado ese proceso de estar desafiando sus propias habilidades académicas así como sus valores atléticos. Muy pronto iban los otros atletas a estar descubriendo que Lloyd iba a ser todo lo que habían escuchado decir de él. Las sesiones de entrenamiento iban a estar muy pronto volviendo a hacer sentir esa vieja alacridad de su juventud en Panamá. Ese joven daba bienvenida a esos días calientes del clima meridional de California del sur y era mientras él se preparaba para sus primeras reuniones competitivas que eran tan excitantes para todos esos los velocistas y corredores serios, que como él desearían hacer dejar su marca, entre el personal del equipo de entrenadores de UCLA y el público en general.

El joven LaBeach había finalmente encontrado ese verdadero desafío que él necesitaba, mientras que esa tarde estuvo notando a los otros atletas negros, nervioso estuvo antes de encontrarse con esos nativos negros de Estados Unidos, que llegaban a encontrarse a ese compañero velocistas natos de pista y campo desconocido hasta esos entonces y que era de un país llamado Panamá. El periodo de calentamiento para todos los velocistas ese día era el usual de estar saltando y corriendo anticipadamente como jóvenes gacelas africanas. Lloyd se había acercado al grupo ensamblado de corredores convocados en los bloques para los preparativos familiares que indicarían que iba a comenzar la primera carrera. Eran todos los sprinteres todo de descendencia Africana y exhibieron el acostumbrado aire competitivo de jóvenes acostumbrados a estar intimidando a sus oponentes.

Pronto había estallido de la pistola del oficial de partida y estuvieron corriendo animadamente en una carrera que registraría tiempos más cortos y que seria carrera de una vuelta alrededor de la pista y que refrescaría esos músculos excitados de los atletas, mientras que la muchedumbre en las gradas de los que apoyaban a conocidos velocistas rugía animadamente. Ese entusiasmo de la muchedumbre no fue aun reconocido inmediatamente por el velocista Panameño, joven quien después de haber participado en esa sesión de calentamiento que lo haría sudar que después lo mantendría listo y caliente todo el día.

Entre tanto el público que había asistido ese día había estado impresionado por el funcionamiento del atleta desconocido en la línea del final de esa carrera. La muchedumbre en el estadio de UCLA aplaudió a ese joven LaBeach y el personal de entrenadores quienes habían trabajado con él se le acercaron para felicitarle por una carrera perfecta. Ellos los del equipo de entrenadores habían estado trabajando con el para que perfeccionara su forma de correr y cuando los del altoparlante habían anunciado. “El ganador es Lloyd LaBeach,” fue cuando el personal de entrenadores lo estuvo alentando para que se presentara al publico presente quienes los estuvieron elogiando y todavía lo aplaudían.

En ese día solamente el nuevo corredor oriundo de ese país de Panamá había sorprendido carrera tras carrera a esa muchedumbre de fanáticos de Los Ángeles. Algunos que estuvieron allá ese día habían salido de casa a ver a sus campeones favoritos como lo era ese Mel Patton a quien le decían cariñosamente “Pell Mell,” ese quien había sido el hombre quien dominaba la velocidad de las 100 yardas planas de todo los tiempos, aun el estuvo sorprendidos por el cabriolito desconocido de Panamá, quien virtualmente le había dado una lección en como correr sprint de campeonato.

De hecho, el cabriolo LaBeach incluso había sorprendido al equipo de entrenadores de UCLA entre los que estuvieron los no creyentes en las habilidades de un desconocido de un país tan desconocido como era Panamá. El joven se había tan solo ese día hecho que su nombre y el de su país sonara no sólo aquel día de su primera reunión atlética, encima había rastrillado un expediente que rompía marcas en reuniones atléticas subsecuentes. Lloyd LaBeach incluso había igualado a ese famoso Jesse Owens como los únicos dos atletas de mundo de la pista y campo de haber igualado y hasta habían rotos sus propios marcas mundiales en el plazo de menos de 24 horas.

Lloyd había permanecido de un ánimo espiritual muy alto mientras que estuvo en esa universidad de UCLA entrenando y además estuvo pasando todas sus clases con grados excelentes, siempre con miras adelantadas a verse graduando en ese verano de 1948. Sin embargo, el entrenamiento intensivo que había él estado experimentando iba a estar sirviéndole bien y manteniéndole hombro a hombros con corredores de talla mundialistas con quienes él pronto estaría enfrentándose en las Olimpiadas próximas a celebrarse ese verano en Londres, Inglaterra, que iba a ser ese rematado para una brillante carrera para ese joven de la raza Westindian Panameña.

Esta historia continúa.