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Los Nuevos Reclutas, los Jefes Jamaicanos y los Capataces Yankees


Entre los obreros Westindian algunos recordarían esos tiempos entre 1880 y 1889 en que habían trabajado con los franceses. Serían recuerdos de esa época en que hubo entre ellos ese auge económico y social. La época francesa fue un tiempo en que se les había presentado oportunidades para que ellos, como trabajadores, pudiesen enviar encomiendas o remesas a casa en Jamaica. Luego, antes de que empezaran nuevamente los trabajos de los Estados Unidos en el Canal de Panamá, la economía, que había empeorado entre los negros Westindian después del retiro de los franceses, propulsaría la decisión de seguir con el engrandecimiento de los bananales.

Sería en esa misma región en el extremo norte oriental del país, como es Bocas del Toro, y Puerto Armuelles en la Provincia de Chiriqui, que se usarían a los trabajadores Westindian a lo máximo. Su utilidad como excelentes trabajadores cementaría el monopolio de ese nuevo rubro, que para la mayoria de las personas del mundo sería conocido como el banano, y terminaría siendo una poderosa industria mundialmente, como todavía es la marca de banana “Chiquita.” Esa fruta tropical había adquirido una patente y la historia nos indicaría luego que a los negros Westindian, también, se les iba a etiquetar con la patente de trabajadores de los gringos.

Una nueva era, sin embargo, se había abierto para unos trabajadores Westindian en que los nuevos reclutas, individuos que nunca antes habían pisado tierra panameña, se unirían a esos trabajos de las nuevas excavaciones para el Canal de los Estados Unidos. Esta vez serían los Barbadenses y otros negros de las islas pequeñas, y algunos pocos Westindian de raza blanca, quienes estarían llegando a tierra panameña a trabajarles a los jefes Yankees. Estos nuevos reclutas, en gran parte, se mantendrían separados de los revoltosos obreros negros de Bocas del Toro, quienes mantenían continua pugnacidad para que se les reconociera mejoras en sus condiciones de trabajo.

En cambio, los jamaicanos que habían estado en territorio panameño desde el tiempo de los franceses serían también contratados individualmente, y ellos conformarían el grupo de los supervisores negros quienes recibirían a las hordas de trabajadores de Barbados, Martinique, Santa Lucía, Aruba y Trinidad. De entre los recién llegados de Jamaica aparecerían individuos de otra clase; ellos serían los trabajadores que habían pagado su, para esos tiempos, costoso pasaje al cual se les cobraba la taza para su paz y salvo, suma que requería el gobierno jamaicano para todo aquel que quisiese irse a aventurar a trabajar en Panamá.

El gobierno Jamaicano había de recordar la miseria de sus ciudadanos que habían quedado varados en la ciudad de Panamá luego de la desastrosa aventura francesa en 1889 cuando se había declarado en bancarrota la Compañía del Canal Interoceánico Francés. Habían quedado muchos hombres desempleados y existiendo en condiciones muy precarias en esa tierra lejana de Panamá y el gobierno Jamaicano se vio obligado a interceder en el rescate de muchos de sus ciudadanos.

Para los nuevos reclutas jamaicanos, sin embargo, sería una decisión individual. Llegaban, pues, los contratados muy contentos al fin de estar laborando por 10 centésimos de dólar la hora. Después de todo, trabajar en cualquier cosa era mejor que estar ganándose paga de esclavo en sus países de origen. Mientras que en el teatro de Bocas del Toro los obreros trabajaban tranquilos por tiempos y la economía del área florecía, los trabajos en la nueva área canalera comenzarían a penas desembarcaran los nuevos contratados quienes se encontraban con sus jefes Jamaicanos y los capataces Yankees.