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Una Historiadora Oral Revela Historia Olvidada

Entre tanto, estuve pensando, “He aquí nuevamente te has encontrado cara a cara con otros de esos abuelos que te iban a estar dando reseñas de esos tiempos en que ellos fueron solamente inocentes niños. Otros de los tiempos en tu vida de recién repatriado que te vas a encontrar con uno de esos que quieren llenarte de hasta los sabores en el aire de esos tiempos que eran vísperas de la nueva centuria numero 20 en Panamá.”

Realmente estuve agradecido de tener esa oportunidad de estar en compañía de una de Ias mas parlanchinas de todas esas gentes de la antigüedad. Sentado estuve asombrado, además de pidiendo a la paciencia que fuese paciente conmigo, rezando que no pudiese olvidar en nada algunas de las cosas que me pudieran ser útiles cuando al fin pudiese estar conectando los puntos que otros historiadores no han podido inspirarse en usar para revelar lo que los historiadores de la elite, aquellos que tienen la facilidad de poder hacer que se les publique sus relatos.

Además, estuve recordando mis estudios Afro-Cubanos de 1967 y todo el tiempo que había estado fascinado y acorralado en esa Biblioteca Publica de la Ciudad de New York, estudiando minuciosamente algo que los otros historiadores nunca en sus vidas se hubiesen interesado por explorar.

Entre tanto, me encontraba sentado pacientemente escuchando la historia de otra mujer relatando una mas de las historias de hombres, niñas y niños quienes fueron realmente valientes. Gentes jóvenes que sobrevivieron ese ambiente de lo que otros creyeron ser inhóspitos montes y montañas. Esos que en sus tiempos de niñez sobrevivieron y escaparon ser esclavizados.

Como Luisa lo estuvo relatando eran gentes quienes no habían tenido contacto alguno con el mundo exterior. Mundo que, además, si lo fuéramo a describir, era un entorno político enteramente rechazante a su raza. Eran personas que habían encontrado ese moderno siglo 20 que estuvo por terminar en que la vida social todavía estuvo marcada por esos aterrorizantes recuerdos de esos tiempos pasados.

Mientras Luisa se ausentaba para inspeccionar los acontecimientos de la cocina pude tratar de mantener la perspectiva de quien yo quería ser en toda esa historia que narraba la gentil Doña Luisa, de padre Jamaicano y de madre Africana. De hecho, me propuse a ser uno de los estudiosos pioneros en los estudios de la Etnia Negra del Continente Americano. Desde los años 70 había empezado la exploración del tema de la Etnia Negra de los Estados Unidos, algo que me había otorgado una Licenciatura o el Bachelors Degree Universitario.

Sin embargo, desde que había arribado a nuestra madre patria, Panamá, era nuestra historia cultural que me había intrigado, una historia que había comenzado en a mediados de los años de 1800. Totalmente absorto en el relato de mi anfitriona, la juvenil, Doña Luisa, me había entregado a saber mas de esas gentes de los montes aledaños; gentes como yo había sido de los del monte de Panamá.

Esta historia continúa.

Preparando Una Fiesta de Cumpleaños Inusual

Image courtesy of www.morguefile.com

Serían las 12 p.m. cuando concluimos con tantas presentaciones aquel día en que conocimos a toda la familia y hasta los vecinos. Luego pudimos estar más relajados para conversar sobre el tema de la vejez y el envejecimiento con nuestra locuaz anfitriona y reina, Luisa. Entonces fue que yo introduje el tema. “¿Sabía usted que somos profesionales graduados en eso de cómo envejecen las personas? Al igual que yo, mi esposa tiene grado de Magister o Maestría en eso de cómo las gentes envejecen. También ambos hemos laborado en lugares que sirven a los de la tercera edad o, como los llaman allá ciudadanos de edad, Señor Citizens,” le dije. “En verdad,” le sugerí, además, “no le recomiendo que le siga revelando a las gentes su edad real porque nadie se lo va a creer.”

Por primera vez Doña Luisa había permanecido callada escuchando lo que estuve alegando. Fue entonces que se me ocurrió sugerir que honráramos el momento celebrando unos cumpleaños que habían pasado. “Miss Luisa, me ocurre la idea de celebrar su cumpleaño, y, de una vez honraríamos el hecho de haberla conocido a Usted. Además, Usted es la única persona que conocemos en esta parte de Panamá.”

No había terminado de completar la oración cuando Doña Luisa me dice, “¡Muy bien! Entonces, ustedes están mas que bienvenidos…cuando quieran llegar, a cualquiera hora.” Los había dicho con tanta sinceridad que notamos que las pocas líneas de arrugas que rodeaban sus párpados se hicieron desaparecer dejando sus grandes ojos color café despejados y mas claros que jamás había visto.

Luego le digo a mi esposa, “Mira, amor mío, ¿porque no nos vamos de compras? Tu sabes, hacemos mercado para cosas que harán una gran fiesta.” Lo había dicho yo tan repentinamente que Miss Luisa se había quedado sorprendida mirándonos con esos ojos que parecían siempre hablar antes de que ella abriera la boca. Entonces, le dije a ella, “Miss Luisa, ¿porque no viene Usted con nosotros? Así puede escoger las cosas que a usted le gustaría comer en su fiesta.” Con esa invitación y en esa misma hora había hecho de Miss Luisa la huésped de honor en la fiesta que estuvimos planeando.

Al parecer, aquella fiesta que yo había confeccionado en unos momentos fue mas de lo que Miss Luisa había podido imaginarse, y no parecía estar del todo convencida de que yo tan solo quería tener el privilegio de compartir con ellos ese momento de verla a ella rebasar los noventa y cuatro años de edad mas conservada de lo que habíamos antes visto en persona alguna hasta ese momento. Con los preparativos, sin embargo, Miss Luisa parecía estar más convencida y se mostró aplacada. Nos era realmente obvio que Doña Luisa no estaba acostumbrada a que hiciesen tanta alharaca alrededor de su persona, pero se dejó llevar por el momento. Así fue que estuvimos de acuerdo mientras todos montamos en mi auto Sedan de la marca Dodge, para ese viaje que, a la vez, nos mostraría en donde se compraban los insumos para la casa.

El viaje fue corto al llegar a lo que era un pequeño mercado al aire libre en ese distrito cercano de Río Abajo.

Esta historia continúa.

Encuentros con Los Viejos “Zonians”

Se aproximaba el tiempo en que toda una vida, una historia, y
una cultura…dejaría de existir.


Por casi dos horas quedé encantado escuchando de esa natural historiadora oral reseñas de su vida de niña que dejaba a un ávido historiador como yo imaginándome como iba a escribir y publicar algo de lo que ella me estuvo relatando. Continue reading

El comienzo de Una Perdurable Amistad

Imagen de la yarda de Luisa
gracias a Puravida en Morguefile.com


Pocos días después, en un sábado dormilón en que apenas había dado la cara ese astro rey tropical, decidí reencontrarme con la especial vecina y su familia. Reuní a mi esposa y mi hija y pronto nos encontramos en los alrededores de unos cuantos grandes arboles Mangoteros. Bajo ese sombrío y húmedo lugar nos encontramos acosados por unos canes mascotas en el momento en que nuestra vecina que acababa de conocer nos decía en el ingles criollo Antillano, “Entren que los perros no les harán daño, …¡entren!” “Esta es mi esposa!” rápidamente respondí yo recordando lo sospechoso que eran los maridos.

El hombre que yo había espiado sentado afuera en el porche resulto ser el hijo de la señora. “This is my son!” Este es mi hijo, dijo ella mientras llegábamos y eso me hizo volver la mirada al hombre sentado viéndonos con la sospechosa mirada de jefe de tribu. Era en realidad la segunda ocasión que había tenido de poder ver de cerca a esa mujer, que para mí parecía ser de mi edad. Pues no me imaginaba que pudiera tener un hijo tan anciano de cabellera blanca así de algodonosa.

En ese instante se agruparon otros miembros de la familia mientras nos presentábamos como nuevos vecinos como yo la había conocido por casualidad. “O, está muy bien,” dijo la señora notando nuestra timidez mientras ella despachaba a unos niños a que nos recogieran algunas frutas de mango para que nos los llevásemos. “¡Aquí están bienvenidos!” dijo con énfasis esa bella dama presentando a sus hijas y nueras y dándonos un recorrido visual de los miembros de la familia que estuvieron exhibidos en las fotos en las paredes de esa amplia sala que servia también de aposento.

“Esta que ven allí, murió muy de joven, y esa esta graduada de Licenciada de la Universidad, y esa otra todavía no sale de la secundaria,” decía ella mientras procuraba que nos acomodáramos para disfrutar de esta visita con nuestra anfitriona y matrona del clan. Estuvimos un tiempo así de cómodos ya casi conocidos un tiempo mas, y parecía ser que nuestra ama de casa se había dado cuenta que estuvimos por marcharnos cuando de repente ella dice, ” Aquí como me ven aquí tengo mas de los noventa años de edad!”

Mi Señora y yo que habíamos sido estudiosos de una facultad de gerontología nos miramos en completo asombro. En realidad habíamos sido gerentes y administradores de un centro hospitalario para personas mayores en uno de los estados del medio oriente en Estados Unidos y éramos poseedores de una Maestría en el ramo, realmente parte de una elite de pioneros en la materia por casi 17 años. Todavía creíamos que en nuestro Panamá no íbamos a poder ejercer nuestra profesión por no poder convencer a los del rango de la educación lo viable y valioso de nuestros conocimientos.

Sin embargo escuchaba a mi mujer decirle a la doña, “En realidad Señora Usted no está hablando en serio.” El nerviosismo había hecho que mi esposa sonriera y hasta se le salieron algunas risitas ahogadas mientras le decía una y otra vez, “You can’t be telling the truth, Miss,” considerando que a sus cuarenta años de edad aparentaba tener la misma edad que esa Doña.

Entre tanto, yo me encontraba completamente enmudecido ante esa revelación. Recordando nuestro primer encuentro y como había estado a punto de piropear a esa mujer unos días antes guardé total silencio. Cuando encontré el aliento de poder hablar nuevamente le decía en tono mas respetuoso, “Miss, you don’t look or act a day over thirty years of age,” recordando que estuve por galantear con una mujer de mas de los noventa años de edad.

De hecho, fueron mis primeras palabras después de un rato de estar allí. “Señorita, Usted no aparenta ni actúa como persona que tiene un día mas de los treinta años de edad,” dije recuperando mi compostura. Nuestra anfitriona reía abiertamente al decir en esa voz Westindian clara y cristalina, además de enfatizar en ese acento Ingles criollo antillano, “Well, you bettah believe me. An’ you can call me Luisa.”

Esta historia continuará.