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El Espíritu de la Africa Negra Unida



Nuevamente se me unía esa idea gloriosa de ver al Africa perdida unida en las Américas mientras observaba a los niños y adultos conviviendo como hermanos del mismo Clan. Era un día memorable día en que no podía más que ver mi contribución a que ese rezo mío anhelado por muchos años se hiciera realidad. Así que, mis sentimientos se voltearon a estar silenciosamente adorando a mi Dios y aI Dios de todos los dioses de nuestros ancestros africanos.
Admiraba esos preciosos momentos en que nos veíamos sumergidos en esa singular familia. Fueron momentos en que no veía ningunas brechas generacionales, sino una singular familia en que los miembros más ancianos se unían como raíces arraigadas para conectarse con los que se habían reencontrado por primera vez luego de tanto tiempo.

Todo se había logrado sin mucha planificación para lograr llegar a ese perfecto momento en que pudiéramos expresar como habían sido nuestras vidas durantes todo ese transcurso de tiempo en esta campiña panameña. Nosotros, los mismos que nos mandaron a ver y los que estuvieron escondiéndose del azotador racismo inmisericorde, somos del vientre de la misma Madre Africa.

Doña Luisa y yo, ambos saciados de las energías de nuestro entorno, estábamos sentados observándolo todo y a la vez gozando de nuestro singular afecto. Me sentía afortunado de haber encontrado a esta joya de la historia oral- una cuanta cuentos insuperable. Noté, de pronto, que Miss Luisa reflejaba en su rostro esa serenidad que decía, “Ya se lo he dicho todo y ojalá pueda ponerlo él a buen recaudo.” Su faz lo decía todo sobre su satisfacción de haber encontrado alguien que se interesara por su especial historia familiar que ella se había guardado todos estos años.

Me sentía incentivado por ese entusiasmo de una persona que había dado con la gran suerte de encontrar a un viviente libro de historia, personaje que había vivido esos momentos históricos para nuestra gente los Westindian de Panamá. De repente hice que ceremoniosamente nos sentáramos a estar tomándonos ese brebaje de té de monte nuevamente, acompañado de otras porciones del ricos bacalaitos salados.

Esta historia continúa.

La Autosuficiencia de Nuestros Antepasados

Agua bendita y natural de los arroyos.
Imagen gracias a Carmem L. Villanova, www.morguefile.com


La pequeña fiesta me había ofrecido el tiempo que necesitaba para empaparme de una atmósfera que creía muy pronto desaparecer. De pronto, una de las niñas que había estado ayudando en la cocina aparece y se acerca a su abuela. Traía consigo uno más de los platos que parecía agradar a la matrona, Luisa. Nuevamente, tuve tiempo de volver a mis reflexiones de lo que Luisa me había estado revelando- el tema de cómo los de su generación habían sido recogedores de frutas y mariscos, comida que no habían tenido ni que sembrar ni que estar muy pendiente por cosechar.

La noción de tanta abundancia de comida que estaba tan accesible y que no requería de mucha labor ni necesidad de irse de casería, me abría la vista a un mundo que solo en esa época se podía imaginar. Era un mundo de grandes y fértiles hatos y abundantes bosques y de fuentes de agua pura y cristalina que tampoco se tenía que recoger ni que pagar mensualmente por los muchos ríos y las copiosas lluvias continuas. La visión de ese mundo desaparecido me parecía algo ideal, algo muy emocionante, algo casi inimaginable en esta actualidad de tanta dependencia.

”Agua, agua dulce y filtrada naturalmente a la que no se tenía que añadir químicos,” pensaba yo de esas lluvias copiosas que llenaban los ríos y arroyos que llegaban, a veces, a inundar la tierra. Fertilizaba tanto la flora como la fauna y todo parecía sobre poblar nuestro universo hasta que llega el hombre blanco a reordenar toda la geografía de nuestro bello Panamá. Hasta esa hora se notaba la sobre población y todavía el consumo no había sido problema para unas gentes que lo consumían todo.

Entre tanto nuestro país permanecía siendo un Edén y podía ser como antes con suficiencia para todos, colonos, colonizadores, y hasta para los corsarios de Europa. De hecho, nuestros ancestros de Jamaica solo tuvieron que llegar, muchos sin contrato, para encontrar trabajo. Hasta podían irse al monte e instalarse sin que ninguno los molestara.

Era una etapa curiosa de nuestra historia en que todavía se organizaban las “Sociedades de la Población Blanca,” organizaciones que mandaban a buscar familias enteras de gentes blancas para llegar a instalarse en todas esas regiones del centro del país con el propósito de “blanquear” la población nativa. Además, se les incentivaba pagándoles el pasaje y titulándoles las tierras de los Indígenas, induciéndolos a que se quedaran o que se matrimoniaran con las indígenas y las negras.

Aparentemente, y por extensión, nuestros progenitores Westindian se beneficiaron de esas prácticas por ser tiempos en que a ninguno le importaba qué familia fuese que se había instalado, ya que nada se reportaba a las autoridades.

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¿Sabes Que Mi Madre Era Africana?

Un rico plato de almejas al vapor

Mientras me acomodaba, nuevamente, para seguir observando a los niños más pequeños gozar de alguna u otra merienda escuchaba que Doña Luisa me decía, “¿Sabes que mi madre era Africana y mi padre era Jamaicano?” No sería la primera vez que ella me había informado de ese hecho. Al parecer, estar allí observando a tantas gentes de su clan tan joven le había hecho recordar a su madre Santa, y continuaba diciendo sin esperar una respuesta, “Y éramos todos juntos diecisiete de nosotros…y todos crecimos aquí mismo, cerca de los ríos, Río Abajo y el Río Pueblo Nuevo, y además caminábamos a todas partes.”

Notando una pausa en ese momento creí que ella ya no tenía nada mas que contarme, pero ella continuó como preparándome para alguna tarea sobre las veracidades de lo que iba a encontrar en la historia a lo cual le debía estar poniendo importancia.

“¡Lo ágil que era yo! Andaba por esas partes todo el tiempo. Tú no me lo creerás, pero en esos ríos uno podía pescar y sacar suficiente comida para hacer una buena cena todos los días. Uno podía pescar esos cangrejos grandotes, además de muchísimos camarones, y peces grandotes. Prácticamente todos los días yo traía a casa algo para la cena- cangrejos o pescados.” Solo guardaba silencio escuchándola relatar esa fascinante historia de un Panamá que ya no existía- esta persona que no parecía ser mas vieja que yo que en ese momento cursaba los cuarenta y tantos años de edad.

Al escucharla relatar me estuve recordando de los tiempos de mi juventud en que había visitado el río Río Abajo con algunos de mis primos más jóvenes. “Pero Luisa,” le dije entonces, “yo recuerdo haber visitado esos ríos en mi tiempos de pelao y solo eran unas charcas de agua para nosotros los chicos. Como lo gozábamos bañándonos y a pesar de llamarle rió, era nada mas que un pozo de agua turbia, lodosa.” Luisa, la perfecta anfitriona, solo sonreía y me dice, “Yo estoy hablando de los tiempos cuando yo era una niña, hasta cuando me volví una jovencita por aquí mismo.” No dejo ni hacer pausas en nuestra conversación cuando me dice, “¡Mira, tu no tienes idea de lo que eran estas partes por aquí!”

Por encima del bullicio de tantos niños que estuvieron nuevamente jugando en los afueras de la casa, Luisa continuó diciendo, “Eran tiempos en que no habían calles pavimentadas y caminábamos a toda partes. Lo que tu veías aquí antes eran pastizales y montañas y yo caminaba todo esto alrededor de estos montes y montañas. He caminado, esta que vez aquí tan lejos hasta por allá pasado ese Río Juan Díaz, hasta ese Chivo Chivo, y hasta por allá lejos en ese Chilibre,” me decía señalando en un imaginario horizonte. “¿De que años estamos hablando, Miss Luisa?” le pregunté tratando de ubicarla cronológicamente en esos tiempos de que ella me estuvo contando.

Llegó un momento en que hasta dudaba de las hazañas de esa doncella de entonces llamada Luisa. En cambio ella seguía recordándome, “Yo recuerdo que mi fah’da, sí mi padre, el era un hombre negro fuertísimo y él trajo a casa nuestras primeras crías de cabras. Sí señor, nosotros éramos fuertes porque tomábamos nada mas que leche de cabra todas las mañanas y comíamos viandas de esos camotes que crecen en la tierra. Así que teníamos la fuerza para hacer cosas que ustedes hoy ni se imaginarían. Sí, tomábamos leche de cabra en las noches y tomábamos té de monte. Para decirte algo, recuerdo que esos serían los tiempos un poco antes de que dijeran que Panama era una República; así es que, tú trata de calcular cuando fue eso.”
Luisa lo había dicho con tanta certeza que no me atrevía porfiarla.

“Ustedes cuando niños, ¿solo comían de las viandas que crecían en la tierra y también se alimentaban de la carne silvestre todo el tiempo?” le pregunto yo animándola para seguir su historia. “¡O no Señor!” me contesta sin reparo. “Te he dicho que en las mayoría de las veces nos íbamos al río. Realmente yo era la que me iba con mis hermanos menores porque los ríos estaban tan cerca de casa. Además, ¿tu vez ese río de Pueblo Nuevo que vez allí, ese que ahora llaman el Mataznillo? Uno podía a diario pescar peces muy grandes allí, todo lo que solíamos hacer era permanecer completamente callados después de poner la canasta-que era nuestra trampa- y esperar, pacientemente, que los peces entraran a la trampa. Era una trampa en que ellos podían entrar pero que no podían salir.”

Luego de atender a uno de sus nietos mas tiernos, todavía un bebe, Luisa continuaría su relato. Al marcharse el chiquillo nuevamente a jugar, Luisa me dice, “Muy bien pues, allá en el río permanecíamos por largas horas así que mientras esperábamos que los peces entraran en la trampa, nos íbamos a casar unos mariscos que parecían pequeñas langostas. Bajo las rocas las buscábamos, sí Señor.” Animada ella continuaba recordando esos días de su niñez.

“Y esos camarones, y yes man, las almejas, y cualquier cosa que el río daba ese día. Habían días que uno no cosechaba gran cosa pero habían otros días que si había mucha comida para nosotros. Nos quedábamos por allá por los ríos todo el día y nos íbamos por las tardes a cocinar a casa. Solo teníamos que pelar las viandas como el Ñame, la yuca y el Ñampí que a nosotros nos gustaba comer y otras cosas como esas.”

Esta historia continúa.

Orgullo Westindian

La Represa Madden
del Canal de Panamá


Entonces los estudios del caso de la Zona del Canal revelarían que realmente toda esa área de las excavaciones y de las construcciones de infraestructuras como fueron las calles, aceras, viviendas y los muchos rellenos y desagües que construían la Compañía Administradora del “Canal Zone” sería, para unas cuantas familias, un modo de vivir. Continue reading

De lo Mundano a lo Espiritual

Billete del sorteo del "Miercolito"

Billete de chancecito

La Lotería Nacional, aquella institución que por generaciones como la mía había captado la atención de miles de radioyentes y que, en la actualidad, se veía a través del aparato casero llamado la televisión, no dejaba de protagonizar el ritual nacional de todos los domingos y los miércoles. Continue reading

Luisa la Maravilla de la Gerontología

Billeteras de la Lotería Nacional
de Beneficencia de Panamá

Por primera vez los tres de mi pequeña familia nos deleitábamos de estar entre ese clan con la matrona Luisa. Ellos, para este que les escribe, eran esa herencia de nuestra Etnia Negra Panameña. Era aquello ante mis llorosos ojos alegres quien nos daba esa tan acogida bienvenida, cual había yo soñado toda la vida mientras estuve en el extranjero. Fue en estos instantes que debí confesar que nuestra bienvenida no había sido de hijo prodigio. A pesar de anfitriona, así de triste había sido nuestra bienvenida a suelo patrio, después de lo que fue más de un año de estar como gitanos, moviéndonos de un alquiler al otro en diferentes áreas de la Ciudad de Panamá.

Estuvimos en este área en nuestra quinta mudanza y había sido aquello de haber encontrado mis compatriotas no ser muy serviciales, ni ser personas que habían sabido mostrar bienvenida a gentes que ellos consideraban inmigrantes todavía, en especial aquellos Westindian que intentaran volver a la Madre Patria. Habíamos ya adquirido algo de rechazos y en lo general esos “tropezones” que son esos estorbos y tropiezos mentales que la juventud estadounidense llama “head tripping.” Aquello era en especial entre los varones de mi generación con quienes me había estado poco a poco encontrando.

Había en ese día entre los varones del Clan encontrado lo mismo, que sabía que eran indicios de que realmente no me estuve acoplando a la cultura panameña del amante de la bebida alcohólica. Las veces que mis viejos conocidos de la secundaria me habían invitado a un bar a pasarme la tarde con ellos me había ido muy incomodo. Encontraba a los viejos distanciados por esa razón de que yo no había ingerido ni una cerveza u otra bebida alcohólica. En cambio allá junto a la amiga, Doña Luisa, me encontraba con la proverbial matrona, ese espíritu de la madre Africa en verdad, que parecía de una vez entender nuestro espíritu herido.

Su espíritu de madre mandaba esos bálsamos espirituales curativos hacia nosotros y en esas horas estuvo sanando las heridas de quienes ella consideraba sus gentes. Aquello estuvo ocurriendo ante mis ojos como si fuese un sueño que estuve teniendo de mis gentes Westindian en ese Panamá sufrido en pleno atardecer de esa centuria numero 20.

Entre tanto la Reina Luisa, poseída, de esa real gracia, como si fuese carga divina, había permanecido a mi lado conversando conmigo intensamente sobre aquello de cómo ella aun estaba empleada con la Lotería Nacional de Beneficencia. En cambio yo tan solo pude estar considerando que ella era aquella “nonagenaria” billetera. Era a esa edad una de las miles vendedoras billeteras que se habían acogido a esa profesión.

Esa Luisa era la maravilla de mi idealizada tesis gerontología, por razones de que ella a esa edad de 94 años estuvo por sentarse por horas como las miles de vendedoras de los billetes oficiales de esa generacional Lotería de Panamá.

Esta historia continua.

Bacalaito con Té de Hinojo de Anís

Caisimón o Hinojo de Anís (piper auritum)

Caisimón o Hinojo de Anís (piper auritum)

Bacalaítos fritos o Codfish Bakes

Eran momentos de mi vida en que no dejaba de impresionarme del hecho de que estuve en la compañía de una mujer anciana y, sin embargo, era una de las mujeres más hermosas de su generación. Luisa había retenido ese encanto de mujer joven y, cuando pude, sin delatar mi admiración, me dedicaba a estarla observando. Me decía yo mismo, entre sorbos del vital aire que nos mantiene con vida en esta tierra, “O, mírala, como ha retenido esa mirada y la virtud de mujer jovencita.” Eran las cosas que se me ocurrían cuando notaba que nuevamente nos interrumpían para entregarnos, una vez más, algún platillo o aperitif. Continue reading