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Modelos de Liderazgo – El Reverendo Nightengale

El Reverendo Obispo A.F. Nightengale,  Rector de la Iglesia Episcopal de San Pablo en Santana.

El Reverendo Obispo A. F. Nightengale,
Rector de la Iglesia Episcopal de San Pablo en Santana, Ciudad de Panamá.

A esas alturas de mi vida la noción de las cualidades que dignifican a una persona debió haber ya estado fijo en mi mente. Sin embargo, yo seguía buscando. Para nada ayudaba el hecho de que no habían áreas físicas en la ciudad, lugares como bibliotecas, salas de conciertos, u otros emporios culturales, para ayudar mi búsqueda y brindarme herramientas con que yo pudiese acercarme a esos “modelos”. Así que, había llegado a la edad en que desarrollaba ese característico cinismo de adolescente, lo cual comenzaba a afear la buena crianza. Continue reading

El Reverendo Nightengale y la Iglesia San Pablo

Bishop Arthur F. Nightengale, Obispo Episcopal de la Iglesia San Pablo ubicada en Santana.

Bishop Arthur F. Nightengale, querido Obispo Episcopal de la Iglesia San Pablo ubicada en Santana.

En esa misma noche de mis primeras experiencias con la religión y las personas “Dantescas” de mi niñez recordaba que era el año de 1945 en que me aseguraba que yo no era “enemigo” alguno. Todavía mantenía esperanzas de llegar a conocer la historia de mi tío difunto Eric tanto como mi fallecido abuelo Joshua Reid. Continue reading

Mi Tía Berenice y su “Enfermedad del Sueño” 2da Parte

Mi pastel favorito hecho toda
una exquisitez por mi Tía Berenice,
Pineapple Up-sidedown Cake.

Hubo momentos en que podríamos todos estar en medio de una conversación interesante en que estuviéramos hablando expresando emociones e ideas con mi Auntie profundamente dormida, o así lo aparentaba. Pronto aprendí a hacerle frente a la enfermedad de mi querida Auntie. Entre tanto, la enfermedad que volvía esta mujer fuerte e inteligente una indefensa soñolienta parecía tener a los demás familiares sin cuidado. Indiferentes ante su padecimiento hacían crueles comentarios e hipócritamente se mofaban de ella y su narcolepsia. Había veces que me veía obligado a estar defendiendo a mi querida Tía de las mofas inevitables y de las crueles lenguas, incluso de la gente que la habían conocido desde su niñez.

En esos tiempos yo les consideraba gente sumamente insensible y notaba que les producía un placer malsano de verla en esas condiciones. Esta observación se concretaba, sobretodo, cuando nos encontrábamos en la iglesia los domingos cuando visitábamos su amada Iglesia de San Pablo. Su único placer en su único día de asueto en que ella pudiera sentirse normal, ella disfrutaba enormemente escuchar a uno de los famosos oradores entre nuestra etnia Westindian, el Obispo y Reverendo Nightengale, cuando daba sus sermones conmovedores. Al llegar a la iglesia mí Tía me dejaba en una de las butacas delanteras en donde me podía velar desde su asiento en el coro; luego de vestirse con su túnica del coro salía para luego unirse a los demás cantantes.

Desde el primer himno en adelante los fieles presentes se sentaban a esperar al pastor entregar el sermón del día señalando el momento en que mi Tía caería profundamente dormida en su lugar ante las miradas burlonas de toda la Iglesia.

Por mi parte nunca me atreví a despertarla ya que sabía con certeza que, aunque ella parecía estar profundamente dormida, estaba atenta a todo lo que se estuvo diciendo a su alrededor. Descubrí aquello acerca de ella a través de un juego que inventé estando yo con ella. Sabiendo lo bueno que era como cocinera además de ser una de las mejores reposteras que he conocido, siempre esperaba con ansiedad su llegada los fines de semana de su empleo de criada y cocinera en la Zona. De hecho, le tocaba tan solo un sólo día de descanso para estar en casa con nosotros ya que tenía que regresar apresuradamente el domingo por la tarde.

Uno de mis pasteles favoritos era el pastel de piña adornado con cerezas con el cual ella se esmeraba viendo mi aprecio por su gran talento. Poco tiempo de llegar a casa se quedaba dormida por estar demasiada cansada para cocinar. Entonces, empezaba yo mi jueguito con ella instándola a responderme. Mientras dormía en su silla en la cocina yo le decía, “¡Oye, Auntie…Auntie!” Molesta me contestaba, “¿Qué?” “¡AUNTIE!…Auntie! insistía yo. Entonces, por fin, lograría que ella me respondiera y por último ella me decía, “¡¿WHAT?!” Finalmente soliviantada por mis insistentes molestias.

“¿Que es lo que vamos a hornear hoy, Auntie; que hay que hacer primero?” le preguntaba. Alentado, entonces, por sus detalladas ordenes procuraba escuchar atentamente mientras ella me decía, “¡Suavízate dos barras de mantequilla! y crémalas hasta que me quede esponjoso.” Con eso ella retornaba tranquilamente a su eterno sueño. Al terminar lo indicado para esta etapa del proceso yo volvía a importunarla nuevamente. “¡Auntie, Auntie! ¿Cual es el próximo paso?” le decía. Ella se despertaba como si nada hubiese ocurrido para seguir sus instrucciones. “¿Ya sacaste la mantequilla?” Desde luego yo le contestaba, “Si tía, aquí esta toda cremosa, como me dijiste.” Y así continuábamos, yo mezclando los ingredientes como los huevos y la harina y otros ingredientes mientras ella retornaba a su inevitable sueño.

Muy pronto yo descubriría eso de la Tía Berenice, que no importaba cuanto tiempo ella había permanecido dormida, ella sabía exactamente lo que estaba pasando y recordaba todos los pasos que en esos momentos cruciales del proceso de estar horneando mi anhelado pastel y eso, podría ser a altas horas de la noche. Era para mi un reto poder sentirme completamente seguro de que ella, cuando estuviera yo listo con el siguiente paso la podría despertar con mis constantes llamadas de “Auntie, Auntie,” y ella despertaría sin haberse desubicado en el proceso.

Ambos continuábamos en esas tareas, ella dándome instrucciones y yo cocinando hasta concluir el proyecto culminando con mi mejor premio- poder disfrutar del gran tazón donde se había mezclado la masa con las orillas embarradas de ese delicioso manjar azucarado de harina, mantequilla, huevos y otras especias.

Luego, para mi alegría, esperaba que todo estuviera en el horno vigilando que no se quemara. Al momento preciso despertaba a mi Tía Berenice pidiéndole que viniera a probar si esos deliciosos dulces, tortas, y hasta las comidas navideñas estuvieran hechas. En esos días de mi juventud hicimos de estos proyectos culinarios todo un ritual entre nosotros dos. Nunca olvidaré que entre nosotros hubo un tiempo para conocernos y yo procuraba proteger a mi querida Tía sirviéndole, además, de ayudante y guardián para hacerle frente a su incomprendida condición.

Esta historia continuará.

 

Mi Tía Berenice y su “Enfermedad del Sueño” –1ra Parte

Mi querida Tía Berenice Reid Charles
1912-2005

Mi Tía Berenice, hermana mayor de mi padre, siempre me pareció ser una de las más talentosas mujeres de mis tiempos de niñez. Al menos era ella más talentosas para mi quería decir que ella se había enseñado a tocar el piano, además de poder leer música. Tenía además una voz, impresionante y muy buena para cantar. Además, era amiga de una joven con el nombre de Dolores Leacock, quien era estrellas de canto y unas de las mejores pianistas de esos entonces. Era a quien visitábamos conmigo de remolque en el área de la ciudad conocida como Barrio de Santa Ana. La Tía Berenice, además, era miembro del coro de La Iglesia Episcopal San Pablo, a la cual atendíamos semanalmente para disfrutar de las misas.

Ella era buna escritora y buena con las matemáticas a la vez que era amable. A pesar de su físico y su fuerza corporal, para mi era una gran dama y fue una de las mejores cocineras de sus tiempos. Puedo con certeza contar como para nosotros la historia de nuestro fin de semana no acabaría con la misa de los domingos, sino que nos íbamos a estar visitar sus amistades, entonces les parecía que era yo hijo de ella y no unos de sus muchos sobrinos. Entre nosotros había esa química que iba yo a reconocer que nos gustaba eso de la culinaria. Así que para mi por ser que ella era conmigo sumamente paciente, había ella observado mi interés con sus talentos, aunque simplemente para mi fue por aquello de que había podido ganarse toda una vida entera trabajando en las muchas cocinas de la Zona del Canal norteamericana de Panamá. Iba a resultar siendo luego una larga vida hasta poder llegarse a retirar sin secuelas algunas.

Primeramente llegaría yo a estar conociendo a mi querida “Auntie,” por ser que así ella insistía que le llamáramos todos sus sobrinos. Así es que fue que había yo llegado a tener casi los ocho años de edad y bajo circunstancias para mi muy adversas, que llegaría a estar viviendo con ellas después del divorcio de mis padres. Aunque para mi eran tiempos difíciles, llegaría a estarme uniendo a esa tía mía, muy conocida entre los del lado paterno de mi familia los Reid. Recuerdo que junto estuve en casa extraña con mis hermanos menores, cuando fuimos arrastrados a casa de mi abuela, quien en esos entonces estuvo compuesto por dos tías. Eran hermanas de mi padre y la mayor siempre ausente y la menor en casa con mi abuela, Fanny Elizabeth quien trabajaba en la Zona del Canal de lavandera.

Mientras tanto mis padres, iban a estar procediendo a “sobre ponerse,” de esa catástrofe familiar, pero para nosotros los vástagos, ellos estuvieron preocuparse de sus propias vidas apartados de nosotros sus hijos. Llegarían a ser para mi tiempos después de que habían mermado la conmoción inicial del divorcio y de estar en una nueva familia, que me hice tarea de llegar a conocer mejor a esas tres mujeres. Queriendo de esa forma llegar a conocerlas y ver como ellas veían la vida común en esa parte de lo que era nuestro Panamá. Pero la tía Berenice era unas de mis metas primordiales, por ser que Auntie, era la mayor entre los hermanos de mi padre y también la hija mayor de la sobreviviente abuela Jamaicana. Para mi la más interesante entre ellas fue la Berenice, aunque en realidad sufría de esa condición anormal de quedarse dormida. Ha recientemente que he descubierto, que había ella podido llevar una vida normal sin alguna vez tenido tratamientos médicos algunos. Aunque había sido en realidad esa enfermedad de la narcolepsia que la hacia dormirse a cada rato durante el día y de la noche sin razones algunas.

Por supuesto, en esos tiempos de post la segunda guerra mundial, que era un Panamá de nuestra juventud, con escasez de profesionales de la medicina y peor aún, la desenfrenada ignorancia acerca de esos tipos de malestares y enfermedades especiales tropicales. Así que con la economía devastadora que regia a mí querida Auntie jamás iban a poder ayudar a que recibiera ningún tipo de tratamiento que la proveerla de mejoras en su vida de discapacitada. En esos principios de tiempos en que nos uniríamos con las tías y la abuela, para mi mente de niño, todo lo que estuve observando fue que ella parecía ser persona bastante normal y llena de vida. Además que ella podía hacer todas sus deberes a diario asombrosamente bien, ¡siempre y cuando ella no se sentara a descansar! Así es que desde ese momento en que ella se sentara cerraba los ojos y quedaba dormida.

Esta historia continuará.