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La Frustrada Escapada del General Lorenzo

Vista delos muros de la Prisión Chiriqui
en la histórics sección de Las Bovedas

Imagen gracias al Señor George Chevalier

Aquella noche de vísperas de navidad pensaba el venerable Victoriano Lorenzo en su redentor Jesucristo y su apresamiento. El solo pensar en su salvador y le daba impulso a su deseo de escape. Además sus pensamientos divagaban a esos años en que había sido reo de confianza en la provincia de Chiriqui. Por nueve largos años había purgado condena por homicidio y conocía las mañas de los custodios en sus rutinas.

De pronto, como un jaguar acorralado, se encontraba fuera de los recintos de la celda fría, y con su característica destreza de combatiente experimentado, pronto se encontraba afuera en los pasillos dejando al guardián armado dormido. Sigilosamente se desliza por las escaleras de abajo pensando en el piso duro de las calles en las afueras de ese edificio por lo que sería mejor que tratar de caminar encima de tablas que pudieran en cualquier momento dilatar sus movimientos.

En un momento estaba afuera del edificio pegado a las paredes oscurecidas, aunque la luna se había escondido por un rato detrás de nubarrones que avisaban lluvia. Aun no estaba a salvo aunque las paredes de estos edificios del casco viejo no reflejaban las potentes reflectoras dirigidas a reconocer evadidos como en una prisión real. Cruzando de un edificio a otro escudriñaba la calle solitaria de una ciudad dormida.

De pronto, antes de que pudiera alcanzar la calle totalmente, sonaron las alarmas del cuartel. Paralizado en ese momento, la sangre le corría apresurada por las venas y se llenaba sus pulmones del aire fresco de la noche. De repente escucha lo que sabía eran los guardias tras él. Las tropas, ahora en total alerta, lo interceptaron y lo acorralaron mientras Lorenzo trataba de meterse a una de las oficinas de algún oficial. Capturado nuevamente lo conducen hacia su celda, el cuarto que habían habilitado en la prisión especialmente para un alto oficial como lo era él.

El General Lorenzo no volvió a abrir la boca ni dijo palabra alguna aunque los guardias lo maltrataban maniatándolo y, luego, tirándolo contra una de las paredes de su celda. Embravecidos, cerraban con llave la puerta y las rejas de afuera, para asegurarse de que esta vez no habría ningún descuido de su parte. Victoriano Lorenzo pasaría así cinco meses más en encierro total. Además, los oficiales encargados de él les impondrían aislamiento completo, manteniéndolo incomunicado hasta de sus familiares a quienes les negaban permisos de visitas. Luego de su fallida escapada los familiares del capturado general jamás volverían a ver su rostro ni escuchar hablar a ese hijo de la patria panameña. Precisamente, era su voz que sus enemigos buscaban callar.

En el 13 de Mayo del 1903, la Ciudad de Panamá llegaría a mostrar vida nuevamente ya que, de repente, había aparecido una hilera de tropas; es mas, eran varias compañías del ejército Colombiano que entraban a la ciudad fuertemente armados acarreando hasta cañones. El sonido constante de ese desfile de caballerías hacía tomar noticias a hasta los más dormilones de esa ciudad normalmente desértica. Esta historia continua.

El Plan de Escape del Capturado General

Imagen cortesía de www.AAAClipart.com

El General Victoriano Lorenzo había estado encarcelado más de un mes sin poder tener conocimiento de sus gentes de los alrededores de Penonomé. El edil, acongojado y al borde de la desesperación, empezaba a fraguar un escape. Su objetivo era de intentar escapar aunque el riesgo sería mucho mayor de resultar un fracaso puesto que lo volverían a encerrar con más seguridad.

Entre tanto, para ese que estaba seguro de que, eventualmente, lo asesinarían ya que el juicio ante la junta militar era nada más que una formalidad, cualquier intento era mejor que entregarse a la espera de una muerte segura. Aunque la inactividad de estar aprisionado haría que estuviera a la desventaja físicamente con guardianes mucho mas jóvenes él aun estuvo sintiendo esa juventud a los 35 años de edad.

Mientras tanto, el capturado caudillo pensaba tener que escapar cueste lo que cueste, aunque eso de tratar de escapar era noción que jamás hubiese contemplado. Sus pensamientos vagaban como uno que deliraba y se decía, “Si solamente pudiera llegar a los predios de Penonomé nada mas por un corto rato podría …” Eran pensamientos que entretenía mientras se ahitaba con esa idea de hacer su escapada. Entonces se pone a notar que el guardia de turno había descuidado, al parecer, lo que tenía que ver con su persona.

Había decidido que la noche del 23 de Diciembre, un noche adecuada para poder escapar, ya que con las celebraciones servirían como un fondo de distracción. Esa noche Victoriano Lorenzo esperaba pacientemente, orando que los guardias se entretuvieran en alguna de sus celebraciones. Tenía que escapar y ese era el día mas apropiado para tales fines, pensaba él. En sus oraciones se transformaba en uno de los ancestros que con sus pleagrias atraían los espíritus de divinales; de esos santos que entre sus gentes Ngobe habían vivido en los tiempos mucho antes que sus abuelos. Sus silenciosos llantos a las apariciones de los guerreros de antaño parecían pedirle paciencia.

Esta era una guerra para divinales y habían ellos llegado a calmar sus llantos para que entendiera que su muerte no quedaría impune para la posteridad. Sin embargo, ansiaba escapar como tigre encerrado, ese espíritu de animal selvático que odiaba el encierro y Victoriano tan solo podía ver ese verdor de la serranía que lo había visto nacer. Conocía esos montes y esas selvas sabiendo que no había ejercito de Blancos que podía encontrarlo ni derrotarlo en los alrededores de sus montañas. Iba a tratarlo aunque le costara la vida esa noche de Jesucristo. Tenía esa intensa fe de poder convertirse en aquel que pasara desapercibido a ese guardia que lo cuidaba de cerca.

Poco después de la media noche él escuchaba los guardianes de su encierro conversando. Con las celebraciones de la Navidad el lugar estaba de fiesta y, por ende, prevalecía un ambiente mas relajado. Victoriano estaba seguro de poder llegar a sus entornos de las montañas y campiñas que conocía muy bien y se llenaba de confianza mientras esperaba pacientemente que se durmiera el solitario guardia quien celaba la puerta. Finalmente, el guardián, cansado de la larga vigilia, inclina su silla contra la pared justo afuera de la celda en donde, pensaba él, poder observar bien su prisionero.
Esta historia continuará
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