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El Comisariato Silver: Mis memorias

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Los queridos iconos de la época,
Popeye y Betty Boop.


Ya que estamos en el tema de los
Comisariatos y mientras que los recuerdos de esos establecimientos siguen frescos en la memoria, les daré un cuadro de lo que significaba ir de compras en esas gigantescas tiendas, únicas en su clase. Aun en mi madurez me traen sensaciones sumamente agradables.

El mero hecho de estar allí de compras en esos Comisariatos de la Zona del Canal de Panamá, que en sus tiempos fueron quizás algunos de los almacenes más grandes que cualquiera de las exixtentes y jamás vistos en todo este hemisferio Americano, producía sensaciones de opulencia y de sentido de ser unos de los “privilegiados.”

Recuerdo claramente como niño pequeño eso de estar siendo remolcado, virtualmente arrastrado, por mis jóvenes tías, quienes todavía eran adolescentes y que me impulsaban a caminar más rápido cuando nos dirigíamos hacia casa, mientras yo saboreaba una enorme barra de chocolate con nombre de “Baby Ruth,” que me habían comprado en el comisariato.

Nuestras remembranzas de aquellos días me regresan a ser tan dulces y divinamente memorables, eso que para esos entonces tenía tan solo tres años de edad, tan solo un pelao a quien, más adelante, le tocaría misión de describir las diversas experiencias que eran menos agradables en ese Canal Zone o “Zona del Canal.” En mi inocencia, sin embargo, esas tempranas excursiones de compras al Comisariato o al almacén de la compañía de la administración del Canal, (Company store) eran agradables incursiones al reino “de la Zona,”- un mundo que con frecuencia llenaba amenudo las conversaciones de adultos y niños que se crusaran en mi vida.

Tal era su popularidad que las variadas facciones políticas y los elegidos de los gobiernos de turno Panameño de la época (1930’s-1940’s) usaban ocasiones para estarse quejando ante los gobernantes y autoridades de los Estados Unidos en el Canal. Era que sus demandas fueron que la existencia de los Comisariatos era comercio injusto y desleal tomado por los Americanos contra los comerciantes Panameños. Las denuncias ademas se dirigían a la gran cantidad de empleados que trabajaban para los estadounidenses y quienes hacían sus compras en esos grandes y bien surtidos almacenes de la Zona del Canal, formando así una clientela cautiva.

De hecho, los Negros Westindian habían alcanzando, en su estatus de “siervos preferidos,” ese sentido de haber “alcanzado estado de igualdad,” viéndo los Comisariatos Silver como reflexión del estado “separado pero iguales,” situación anhelada en la condición de los negros de los Estados Unidos, algo que tanto habían estado luchando ellos por obtener en casa en los EEUU.

Para esos entonces dichos almacenes estuvieron ubicados en sitios estratégicos, en donde la gente negra Westindian con ciertos “privilegios,” podrían fácilmente tener acceso a ellos. El primer comisariato Silver a que puedo recordar haber visitado estuvo cerca del complejo de servicios separado para empleados Westindian Silver Roll o de Plata, estuvo justo directamente afuera de la ciudad de Colón, en donde vivía yo con mis abuelos maternales y sus hijas quienes eran mis tías.

“¡Tu recuerdas todo!” era lo que declaraban a menudo mis tías todavía adolescentes. Incluso hasta el día de hoy mi única tía sobreviviente, no deja de sorprenderse cuando se enfrenta a algunas cosas que yo recuerdo cuando estuve con ellas en mi niñez. Sin embargo, las cosas que han quedado impresas en mi memoria, son cosas que al parecer nunca han cambiado para mí, y aun siguen siendo como los había yo recordado cuando era tan solo un muchachito, y son cosas que quedarían indelebles que he reservado para mis crónicas de esa gente de mi raza Westindian de Panamá. No me imaginaba que mi capacidad tan atinada de “recordar” las gentes antiguas de mi Clan Antillano de Panamá, y que sus experiencias se convertiría en materia importante, algo de materia prima de una historia que antes tan solo era historia oral única de mis memorias.

El Comisariato Silver de Colón, en esos tiempos de la historia, siempre estaba repleto de una variedad de mercancía y de colores, sus anaqueles estuvieron herméticamente empaquetada como son los productos de hoy día y que se encuentran en los anaqueles de tiendas comerciales modernas. Tanto la mercancía seca como los alimentos empacados se desplegaban vistosamente, lo cual inspiraba asombro y agitación tanto a un niño como era yo y tambien a los adulto.

Había entonces toda clase de ropa, y cosas como implementos de cocina, herramientas para trabajo en casa, libros y revistas, tarjetas postales, caramelos lujosos, y dulces y pastillas de todo color y variedades, tambien como los chocolates que no se iban a poder igualar excepto por los comerciantes entre los mismos americanos.

Nada en mis jóvenes ojos podía conseguir que me moviera más aprisa con las tias, que la idea de caminar esa distancia tan lejos al comisariato, para luego ser premiado con una barra de chocolate acaramelado de casi un pie de largo, de la marca Baby Ruth, o un Almond Joy, o una gran barra de chocolate Hershey. Creo que mis costumbres de colecionar las envolturas comensaron en esos entonces cuando trataba de leer los vistosos y coloridos envoltorios de los chocolates.

De allí tambien nació mi costumbre de cobrar mi pequeña “comisión” para con mis tías, que hacia que yo estuviera dispuestos a acompañarlas al centro de servicios en donde estuvo ese Silver Clubhouse, lugar en que podíamos gozar de una película y en donde podría yo llenarme de la cultura americana en imágenes de dibujos animados como Popeye el marinero, la Betty Boop y el Gato Félix. Ademas de algunas otras películas para gente de mayor edad que yo y que me emocionaban tnto como ese del “Gato Negro.” Esos simples momentos atesorados fueron suficiente para que llegara a casa de día o de noche cansado, pero satisfecho e impresionado con esas imágenes de una vida y unos tiempos que muy pronto iban a pasar.

El Comisariato Silver en Cristóbal, que se encontraba en uno de los areas reservados para los de la raza negra, en el lado Atlántico del Gran Canal, fue, básicamente, mi introducción a una de las primeras instituciones en la Zona del Canal de Panamá, e iba a servirme de gran ejemplo de como era la vida en la Zona del Canal para Negros Westindian, incluso después del gran fuego de 1940, esa conflagración que destruiría gran parte de la Atlántica Ciudad de Colón iba yo a estar añorando estar allá. Ese acontecimiento memorable sería clave para que mi familia se mudase a los barrios de la Ciudad de Panamá tan cerca pero lejos en esos entonces.

Continuaremos en siguientes entregas con artículos sobre los eventos que impactaron nuestras vidas, nosotros los de la primera y segunda generaciones de la raza de Negros Westindian. Somos esas personas de esa extraña mezcla de gente que lograron ser los emergentes en la población Panameña como una parte pero que es totalmente diferente.

Gustase o no, somos nosotros los Negros de la raza Westindian o Antillana los que serían llamados a ser parte íntegra del síndrome de la futuras sociedades afluentes Americanas de Iberoamerica.

Esta historia continuará.