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Colón Está de Luto: No se Detuvieron los Devotos del Cristo Negro de Portobelo

Imagen del Cristo Negro de Portobelo gracias a nuestro amigo de flickr, Thyngum.

Hoy en Colón y en medio de su duelo por la represión violenta de la sociedad civil que se oponen a la venta de las tierras de su patrimonio, La Zona Libre de Colón, y a pesar de las dificultades que les han sido impuestas a los residentes de Colón, miles de seguidores de Cristo Negro de Portobelo encontraron alguna manera de converger en el famoso sitio de la costa atlántica de Portobelo. Continue reading

La Ciudad de Colón y la Inauguración del Canal de Panamá

Ya para el 1914 se había puesto en operación la gran lavandería en Cristóbal.

La Estación de tren del pueblo de Empire circa 1907 en donde se ubicaban las oficinas administrativas del Canal de Panamá. Noten la pare Westindian en frente esperando su tren. A lo mejor solicitaron su licencia de matrimonio.

A la Ciudad de Colón en el año de inauguración de1914 le tocaría presenciar la procesión de buques viajeros llenos de turistas desde la costa este de estados unidos, como si todavía fuera tiempos de la conquista del oeste de ese país. Ademas, todavía se verían llegar los buques Royal Mail de la flota Británica que patrullaba el archipiélago antillano del mar Caribe repletos de hombres y mujeres que tenían la misma intención de encontrar empleo.

Mas que simples viajeras las mujeres estaban ansiosas de llegar a trabajar y emplearse como sirvientas, camareras, mucamas, cocineras y niñeras quienes formaron un gran imán para atraer mas familias estadounidenses blancas a la Zona del Canal. Continue reading

El Día en que El Divino Redentor fue Excomulgado

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La noción que el Redentor de Israel apareciera como un “Cristo Negro” y, a la vez, un Nazareno tanto como un nazareo, consagrado al Señor nuestro Dios, no siempre fue una idea aceptable para los príncipes y reyes de La Reconquista. Continue reading

Encuentro con un Extraño Ceñudo

Aquí vemos al edificio No. 29-47 de la Calle Mariano Arosemena
donde eventualmente nuestros padres nos traerían a vivir en el corazón
de Calidonia.

Llegarían a ser tiempos en mi historia que mi primera experiencia con lo que el venerado Don George W. Westerman nombró “El problema Westindian,” que es un conjunto de problemas que todos nosotros los descendientes, directa o indirectamente, hemos detectado en personas de nuestra etnia, se me revelaría a la tierna edad de los cuatro años.

Una inolvidable mañana en ese mismo año de 1940, mi estado como miembro de la familia Green de Colón terminaría en la forma más abrupta. De hecho, sería una clausura brusca de esas cosas familiares durante momentos en que necesitaba ese importante amor y cuido familiar a que me había acostumbrando. Era justo un momento en mi vida en que yo me sentía, por fin, establecido y feliz con mis abuelos del ramo maternal de la familia y que comenzaba a olvidar las cosas infelices del mundo que me rodeaba.

Recuerdo claramente ese día- me pareció ser un sábado en la mañana- que mis tías bromeaban y me preparaban para acompañar a mi abuelo Seymour Green en su habitual excursión a la playa. El lo había hecho ritual de llevar a sus dos únicos nietos a darnos ese chapuzón en el mar en la playa cercana a la Ciudad de Colón.

No recuerdo que él haya invitado a sus propias hijas a este ritual ya que normalmente sólo nos llevaba a nosotros dos sus primeros y únicos nietos, que éramos entonces mi hermanita Aminta y yo. Me parece que el abuelo tomaba estas ocasiones para también reunirse con uno que otro de sus amistades de esos de la vieja guardia del Silver Roll. Para nosotros, que éramos tan solo niños, era una experiencia muy agradable debido a que disfrutábamos de la compañía de nuestro abuelo y que, además, invariablemente nos convertíamos en el centro de atención de los adultos. Eran todas amistades de mi abuelo y me sorprendía que fueran de ambos sexos, hombres y mujeres Westindian que por igual hacían alardes del hecho de que éramos los únicos niños presentes.

Mientras los adultos se deleitaban nadando en la mar afuera, charlando y divirtiéndose, nosotros permanecíamos todo el tiempo en la arena llamando desde la orilla de la playa, “¡Abuelo, abuelo, ven acá!” tan sólo para captarle la atención. Sin embargo, él nunca se molestaba ni nos trataba como molestia; al contrario, era cuando él se volvía más amoroso que nunca con nosotros, y suave y gentilmente nos respondía “¡Aya voy ahora!” en esa su forma de actuar con los primeros nietos que los hicieron a todas sus amistades también volverse abuelos.

En todo caso, ese sábado de mañana sería diferente a todas las demás. No saldríamos a nuestro paseo de costumbre a la playa ya que mi abuela, Naní, no me había vestido como de rutina para alistarnos para acompañar a nuestro abuelo. Fue entonces que escucho a mi Papá Abuelo hablar con una persona que jamás había visto. Ellos dos estaban sentados en la sala y platicaban en tono muy bajo. Luego, en el momento en que entro en la habitación para acercarme a mi querido abuelo ese hombre con quien estuvo conversando se ciñe las cejas y mira en mi dirección de manera inmediatamente me intimida. El hombre sigue mirándome con ese ceño tan pronunciado en su rostro mientras que yo me mantenía al lado de mi abuelo todo el tiempo que estuvimos juntos.

Mi reacción fue pensar, “¿Por qué está él enojado conmigo? yo ni siquiera lo conozco”. Recordaba que hacía poco que había cumplido los cuatro años de edad, y él parecía ser un hombre ya muy maduro. “¿Por qué él esta tan molesto conmigo?” pensaba yo otra vez. Resultaría ser que ese hombre estaría mirándome todo ese día con esa fea mirada ceñuda, mientras que yo me colgaba de mi abuelo para que me protegiera. Yo me entristecía porque ninguno más parecía notar que ese hombre me causaba tanta incomodidad. Por la tarde del mismo día todos los de nuestra familia maternal se habían congregado abajo en la entrada del edificio en la acera para, al parecer, darnos el último adiós.

Aparentemente mi abuelo no estuvo allí ya que se había marchado sin yo darme cuenta. Mi tía Hilda, que era la que seguía a mi madre en edad, nos acomoda en la parte trasera del carro color negro de este hombre tan extraño y ella se sienta entre nosotros dos. Yo me acuerdo haber estado muy quieto a su lado lleno de temores que, aparentemente, ninguno parecía notar. Entre tanto, mi madre Rosa, de quien recuerdo muy poco en esos momentos ya que casi nunca estuvo en casa, queda sentada junto a ese hombre, quien muy pronto yo descubriría era en realidad mi padre.

Inmediatamente partimos y antes de que yo pudiera apreciar la ciudad, que yo creía entonces me había visto nacer, estuvimos fuera de la ciudad rumbo a un lugar llamado Panamá, por carretera tomando un rumbo que no había recordado antes tomar. El viaje era largo y sería de noche antes de que llegáramos a hacer parada alguna. Por fin, paramos en un lugar que pronto conocería como Calidonia.

A pesar de mi tierna edad me recuerdo haberme sentido muy triste porque nadie nos había preparado para ese cambio tan brusco. Además, no nos habían considerado ni hablado acerca de ese hombre que era un extraño para mí y no nos explicaron nada del gran cambio que nos esperaba. Me había quedado dormido durante la mayor parte del viaje en el carro entristecido y presintiendo cosas inexplicablemente malas. Luego, la llegada a la ciudad iba a ser lo mismo, y recordaba como nuestra tía Hilda nos había arrastrado arriba de las escaleras desde las entrañas de un edificio que yo jamás había visitado aunque, de hecho, era de madera como todos los edificios en Colón- los llamados “edificios de tabla“. Luego, nos encontramos en cama tan pronto como entramos al lugar que ahora sería nuestro hogar.

La luz de la mañana me trajo la desagradable revelación de que estábamos en nuestro nuevo hogar, y que no veríamos a mi Naní ni a mi abuelo por un largo tiempo. Aún más triste era para mi puesto que quería alejarme de esos enfermizos entornos con ese hombre Westindian malhumorado a quien mi madre y mi tía estuvieron reconociendo ser mi padre. Incluso, hasta esos momentos este hombre parecía no reconocerme ya que todas sus atenciones se centraban en mi madre y mi tía todo el tiempo.

En esos momentos de la mañana estaba yo consciente de que los adultos hablaban de un palomar y de hacer helado cuando yo decido escaparme para explorar este nuevo lugar. Me alejo de ellos mientras ellos observaban una bandada de palomas en una cornisa directamente fuera del balcón con barras de hierro forjado. Estuve observando las aves del palomar por un rato cuando de pronto me aburro de las actividades de las palomas.

Continué vagando por ese piso de madera de un amplio balcón y de pronto me encontró con una vecina, una chica Westindian, mucho mayor que yo en esos momentos. “¿Quién eres tú?” pregunta de manera amistosa y yo respondo, “¡Yo soy Juni!”

Examinándome, de pronto me dice su nombre que, inmediatamente, se me olvida y luego ella me dice, “¿Quieres jugar a tener casa?” “¡OK!” respondo mientras ella me lleva a un área cerrada del amplio balcón, en donde ella tenía sus juguetes preparados. Me sirve una taza de su pequeño juego de té de juguete y dice, “Tú eres el Papá y yo soy la Mamá, ¿de acuerdo? Pero antes de que yo llegara a pensar que ella me parecía ser demasiado grande para estar jugando con esos juguetes, escuché los llamados de mi madre, “¡Juni, Juni ven aquí ahora!” Le digo a la muchacha, “¡Tengo que irme!” y con eso corrí a encontrarme con mi madre quien, por primera vez en mi corta vida, habría tenido cosa alguna que ver conmigo.

Esta historia continuará.

El Terror del Silver Roll

Arriba: Foto de mi hermana Aminta y yo Cobert circa 1942.
Medio: Aminta Meléndez y su padre, Don Porfírio Meléndez circa 1904.
Abajo: El busto de Doña Aminta Melendez (anciana) instalado en el Parquede
la Avenida Central en Colón, Rep. de Panamá.

Después de esos sucesos notorios causados por el Incendio de Colón del 1940, nuestra familia los Green, vuelve a su vida normal junto a sus retoños quienes parecían los primeros brotes de la segunda generación, mi hermana Aminta y yo, el Cobert Júnior, o Juni, como solían abreviar los nombres haciendo sobrenombre del nombre de mi padre. Mi hermana, Aminta, un año menor que yo, había sido nombrada por mi madre con el nombre de la notable figura histórica, Aminta Meléndez, hija de un importante personaje colonense y, aunque la menos mencionada de los dos, una de las destacadas revolucionarias de la Independencia en relatos sobre la corta historia revolucionaria de nuestra República.

Aminta Meléndez (1886-1979) fue personaje clave en la independencia de la República de Panamá durante la Revolución del 1903, aquella que provocaría la separación de lo que fuera el Departamento de Panamá de su unión con Colombia. La historia relata que en 1903, la niña Doña Aminta iba a estar cumpliendo sus 18 años de edad cuando su padre, Don Porfírio Meléndez, jefe de la Junta Revolucionaria de Colón en esos momentos extremadamente peligrosos de la historia de Panamá, envía a su hija a Panamá en una importante misión.

Así fue que viajando a solas en un tren de carga de Colón a Panamá ella lleva una carta secreta escrita por su padre en la cual le solicita a los militares estadounidenses que intervengan para impedir que el ejército colombiano invadiera a Panamá y asumieran control del país. La solicitud se le concede a la joven Aminta al lograr su importante misión, que lo hizo sin parpadear y sin estremecerse de temor levantando sospecha alguna. A partir de ese momento Aminta Meléndez se convierte en una de las figuras revolucionarias más importantes aunque casi olvidada en los anales de la historia Panameña.

Nuestra historia, sin embargo, continuaría con la pequeña Aminta Reid y yo el único varón heredero reanudando nuestro lugar en una de las primeras familias del Silver Roll de esos que se habían habituado a la vida de dual identidad en el país de Panamá de sus tiempos. Apegados como estuvo nuestras gentes Silver a la Zona del Canal de Estadounidense desde mi perspectiva, que incluso tan a tardía, como fue la fecha del año en que había escrito esa primera historia sobre mis experiencias con mi familiares en Colón, que los de nuestras gentes Silver parecían estar inconscientes de que ambos países, los Estados Unidos y Panamá, habían estado actuando como si fuésemos elencos recíprocas y supérfluas, grupo de personas tan sólo reconocibles siempre y cuando que fuésemos útiles.

Entre tanto, esos primeros años de vida con nuestros abuelos maternos sería la primera etapa en un despertar para mi de la situación arriba descrita. Iba a ser lo que iba a identificar como los momentos en que fueron el despertar de mi alma o espíritu, y además producir en mi un breve sabor de la vida urbana, en lo que después llegaría a identificar a Colón como parte del interior del país de nuestro Panamá. Además sería lo que vendría yo a identificar como momentos en que tomaba yo conciencia de mi alma o espíritu, y que para mi, un niño panameño llamado Cobert y Júnior, iba a aparecer con conciencia viva de inconformidad.

Tiempos eran además en que historiadores todavía vislumbraban a nuestra gente Silver Roll y a su Panamá como todavía estar saliendo de momentos de esas historias esclavistas, y en que el uno emergía de agonías de una esclavitud humana mundial, y el otro de un colonialismo Español, de igual calaña cruel una Latinoamericano, para estar sintiendo los talones del colonialismo norteamericano. En cambio esos fueron los momentos en la experiencia de un Panamá saliente de una agonía para estar sintiendo un norte americanismo que le causaba confusión y de la cual no estuvo todavía preparada para bien o para mal.

Esos años de las décadas de 1930 y 1940 fueron años en que el poderío Estadounidenses consideraba suya esa población creciente de negros Westindian, que para ellos eran meros peones para ser por ellos utilizados, explotados. En realidad éramos aquellos quienes se habían encontrado en un mundo en que los juegos políticos locales o mundiales eran de total dominación y que además en que las planificaciones sociopolíticas era de planificar con cálculos megas grandes.Hubieron momentos en que el pueblo Silver necesitaba permanecer tan invisible como fuera posible.

Sin embargo, éramos los Negros más visibles en todo el país debido a que nuestros haberes con la Zona del Canal tuvimos obligados en muchas ocasiones a residir bajo la jurisdicción del Gobierno Panameño. Aun residiendo á al otro lado de las valladas que separaban la zona del canal Estadounidenses de nuestro Panamá, sin embargo, vivíamos iguales a los que estuvieron “privilegios” de vivir allá, cantábamos las mismas canciones en las mismas melodías y celebrábamos las mismas fiestas estadounidenses que esos negros de la zona del canal negra.

Siempre cuando escribo sobre mis temores de infancia me recuerdo de “todas las ocasiones en que había visitado el Clubhouse Silver y sentía ese temor de que alguna vez nos encontraramos cara a cara con el malvado “Gumshoe” del que mis tías siempre estuvieron hablando. De hecho, cada vez que mis jóvenes tías o que mi abuelo mencionaran ‘el hombre blanco‘, pensaba que eso de nunca haber realmente visto una de esas personas a quienes podía yo identificar o confundir por un ‘Gumshoe‘ al visitar la tienda del comisariato Silver.

Serían muchos años después que llegaría yo a entender que el misterioso ‘Gumshoe‘ era el detective del almacene que llamábamos “comisariato,” señores detectives empleados para velar contra las infracciones del contrabando. Eran señores de la raza blanca gringa que fueron empleados para obtener información sobre los empleados Silver Roll y sus actividades delictivas.

Al pensarlo bien ahora, cada vez que tuvimos que pasar por los hogares de las gentes gringas blancas durantes nuestro camino regreso a casa después de comprar en la Zona, yo notaba los juguetes de niños tirados en el césped delante de sus hogares, aunque nunca veía niño blanco alguno. Para mi en esos tiempos de mi niñez permanecía esa mística que rodeaba esas gentes gringas, mística que iba a permanecer siendo un fantasmal mal, presencia que temer aunque no se dejaban ver.

Lo que eventualmente iba a ser para mí un hecho, de que era inevitable que algunos de esos juguetes de esos niños blancos harían su llegada a las áreas pavimentadas que eran pasarelas que deberíamos cruzar. Así, fue que un buen día, cuando mi tía Minnie y yo estuvimos volviendo a casa después de háber hecho las compras, yo recogí un juguete que era bus, hecho de plomo; que era una réplica en miniatura, realmente agradable de un autobús escolar, tipo americano.

El juguete estuvo ciertamente en mi camino cuando cruzábamos la vereda por lo que lo recogí y lo estuve examinando, disfrutando de la pesadez del juguete que era pequeño, pero con la sensación de ser pesado en mis pequeñas manos.La tía Minnie, sin embargo, quien había notado lo que había hecho, jalò de mis brazos tan bruscamente que el furor me asusta, mientras le decía, “¡Ellos no lo desean!” Como medio quejándome del jalón. Ella contestó bruscamente, “¡Cállate y vente!” Mientras continuamos apresuradamente nuestro camino a casa.

En todo el camino a casa estuve absolutamente intrigado por el pequeño juguete autobús escolar, y llegue en esos momentos a estar consciente de que, aparte del juguete del colorido ábaco, que el peluquero japonés de Colón me había regalado, como recompensa por portarme bien durantes mi primer corte de pelo, no había tenido ningún otro juguete.

Ese pequeño autobús escolar de plomo se iba a convertir en el segundo juguete de mi propiedad en toda mi vida y lo había consumido toda mi atención.Ese incidente, sin embargo, me había impresionado por la reacción general de pánico y temor de mi joven tía, e igual notaria que sería con la mayoría de las personas Silver, en su reaccionar con cualquier asunto relacionado con los de esas “personas blancas.”

Esta historia continuará.

Reflectores, Noches Estrelladas y el Detective del Comisariato del Silver Roll

El rastro de devatación que dejó el Gran Incendio de Colón del 1940
Así se veían los reflectores esa oscura primera
noche del gran incendio de Colón del 1940.


Entre tanto volvía a escribir en mi recordado cuaderno Balboa, “ De todos modos el caso fue que el incendio que consumió a toda una ciudad no iba a llegar a tocar la vivienda en que yo y mi familia vivíamos, esos de la esquina de la calle tercera y la Avenida Meléndez en la histórica Ciudad de Colón.”

Mientras escribía mis memorias describiendo esos escenarios desde el punto de vista de un niño de tan solo cuatro años de edad, las escenas me hacían recordar que “nuestro Papá-abuelo había, por fin, llegado y estuvo visiblemente aliviado de encontrar a su familia a salvo. Se habían establecido a la otra mano de la calle frente al edificio en que vivíamos, el único hogar que conocíamos. Luego, él y algunos de sus compañeros Westindian de su trabajo se ocuparon de trasladarnos a otro sitio por la misma calle en donde presumiblemente estaríamos más seguros.”

La historia por primera vez escrita describía como, “habríamos de pasar algunos días y noches allí al aire libre, a cielo abierto. Las noches tropicales se volvieron noches de cielos estrellados, noches que ofrecían ciertas emocionantes vistas de grandes luces de búsqueda a distancia, que cruzaban los cielos en búsqueda de yo-no-sé-qué. Esas fueron las noches Colonenses de mis recuerdos. Además, todo para mí era emocionante estar escuchando las ruidosas explosiones que se oían en la distancia y que hicieron a los vecinos comentar sobre lo que estaban haciendo los “Bombieros” o bomberos para lograr apagar los fuegos.

Escribía precisamente de manera en que recordaba los sucesos y de cómo los vecinos Westindian en su hablar sonaban las palabras al pronunciar la palabra Bombero. Luego me establecí para continuar repasando, volviendo a leer ese trabajo práctico, corrigiendo con tildes y comas las oraciones. Había estado leyendo por un tiempo más, a la vez ignorando a la maestra cuando ella intentaba tomar control de la clase.

Volvería a escribir frenéticamente, “Salió el sol y me despertó para encontrar que nos habíamos mudado, trasladados a una tienda de campaña y que nuestro hogar estaba en medio de una ciudad entera de tiendas de campaña, o, al menos, así me parecía. La gente se subía a autobuses haciendo viajes al Comisariato Silver desde esa “ciudad de carpas” y también recuerdo que veíamos las chivitas ir y venir desde esos barrios de tiendas de campaña. De pronto pensé que tal vez nunca más podríamos vivir en el edificio de madera que yo tanto amaba ubicado en la Calle Tercera y Meléndez.”

Dejé de escribir momentáneamente con el propósito de prestar atención a la maestra aunque ella parecía ignorarme; luego continuó con su lección que en realidad para nada me interesaba. Sólo para despistar a la maestra y para que ella no se interesara en lo que yo estaba haciendo, fingí intereserme en esa clase y en la conversación que ella tenía con el resto de mis compañeros de clase.

La mente, sin embargo, la tenía en lo que estaba escribiendo en mi cuaderno Balboa remontándome a esos tiempo en que había creído haber nacido en la ciudad de Colón, en esos entonces era un Colón casi había olvidado. Las memorias en esa hora se apresuraban para llenar esos vacíos que habían dejado los momentos de aburrimiento, que parecían haberse asentados en mi por mucho tiempo en esa escuela.

Como escritor que germinaba recordé esos momentos de mi niñez en que yo mismo me había enseñado a leer y a escribir en español e inglés. Entonces el libro que había empezado a sacar y que servía de introducción a lo que debiera ser una novela de un autor llamado Pío Baroja, con un título raro de Sonata de Estío, de pronto perdió todo su encanto y se diluyó mi amor por la literatura Española. Sacando el confiado cuaderno, ahora lleno de mis escrituras y recuerdos, me parecía mas interesante, y nuevamente procedí a escribir, olvidando mis entornos por completo.

Escribo apresuradamente, “Poco después de que el incendio había sido apagado o controlado estuvimos en nuestro apartamento de la casona de madera nuevamente y una vez más seguía a mi Naní alrededor de toda la casa todo el día. Me parecía entonces que entre nosotros el interés estuvo centrado en las tardes y las noches, tiempos después de la llegada a casa de mi Papá Abuelo en el momento cuando él llegaba a casa de su trabajo, siempre con un periódico del día que yo le quitaba de la mano.

Las tardes eran exclusivamente para los tres cuando mi abuelo de pronto leía sobre esos ‘malditos hombres blancos,’ como él solía referirse siempre a ellos. Mientras tanto, la abuela se sentaba atenta delante de él, y yo me establecía entre sus gran piernas, con los brazos colgando sobre ellas, escuchando y tratando de seguir la lectura y sus comentarios acerca de la guerra.

Durante el día, generalmente, yo acompañaba a una de mis jovenes tías para ir de compras a la tienda Silver Roll o Comisariato, que no estaba muy lejos de cualquier sitio en la Ciudad de Colón. De hecho, todos los de mi familia Green habíamos nacido en la Ciudad de Panamá, y nunca habíamos vivido en la Zona del Canal Negra. Sin embargo, éramos iguales que todos los otros negros de la comunidad Silver Roll Westindian que vivían en esa Zona del Canal.

Hice una nota mental especial que, para ese tiempo, nunca había visto de cerca personas de la raza blanca gringa. De hecho, los únicos que recordaba haber visto fueron en los viajes de regreso a nuestro hogar desde el Comisariato Silver, por ser que teníamos que pasar por el área residencial de esas personas de raza blanca al salir de la Zona del Canal. En esos momentos de mi joven vida aun no había tenido ningún encuentro con personas de la raza blanca de los llamados ‘gringos.’ El único personaje de esa raza blanca gringa que yo temía en secreto era aquel ‘Gumshoe’, el vigilante o detective del almacén-comisariato del cual mis tías siempre hablaban en Colón.

En esos momentos de mi vida tampoco tenía conciencia de haber residido con mis padres en la Ciudad de Panamá. Más tarde cuando las hermanas de mi madre llegaban a Panamá a cuidarnos, después de nuestro traslado a la Ciudad de Panamá, ellas recordaban que yo había, en efecto, nacido cuando mis padres residían en la conocida Casa Gálvez, otro de los casones de mampostería que por mucho tiempo marcó la vida citadina.

Esta historia continuará.

Una Rebatiña Por la Seguridad

Mi viejo cuaderno Balboa.


Después de los acontecimientos descritos de la semana anterior, nuevamente me había encontrado en el aula de clases, era aula del sexto grado y último año de la educación primaria. Tan agotador había sido aquello de estar recaudando fondos que sufragaran los gastos de la feria y ese grandioso baile del viernes anterior en que habíamos bailado toda la noche como pareja que, para mí, el aula se había convertido en un lugar en que llegaría yo a comandar un aire de respeto y en esa ahora atención pasiva de mis compañeros de clases. Continue reading