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Reflectores, Noches Estrelladas y el Detective del Comisariato del Silver Roll

El rastro de devatación que dejó el Gran Incendio de Colón del 1940
Así se veían los reflectores esa oscura primera
noche del gran incendio de Colón del 1940.


Entre tanto volvía a escribir en mi recordado cuaderno Balboa, “ De todos modos el caso fue que el incendio que consumió a toda una ciudad no iba a llegar a tocar la vivienda en que yo y mi familia vivíamos, esos de la esquina de la calle tercera y la Avenida Meléndez en la histórica Ciudad de Colón.”

Mientras escribía mis memorias describiendo esos escenarios desde el punto de vista de un niño de tan solo cuatro años de edad, las escenas me hacían recordar que “nuestro Papá-abuelo había, por fin, llegado y estuvo visiblemente aliviado de encontrar a su familia a salvo. Se habían establecido a la otra mano de la calle frente al edificio en que vivíamos, el único hogar que conocíamos. Luego, él y algunos de sus compañeros Westindian de su trabajo se ocuparon de trasladarnos a otro sitio por la misma calle en donde presumiblemente estaríamos más seguros.”

La historia por primera vez escrita describía como, “habríamos de pasar algunos días y noches allí al aire libre, a cielo abierto. Las noches tropicales se volvieron noches de cielos estrellados, noches que ofrecían ciertas emocionantes vistas de grandes luces de búsqueda a distancia, que cruzaban los cielos en búsqueda de yo-no-sé-qué. Esas fueron las noches Colonenses de mis recuerdos. Además, todo para mí era emocionante estar escuchando las ruidosas explosiones que se oían en la distancia y que hicieron a los vecinos comentar sobre lo que estaban haciendo los “Bombieros” o bomberos para lograr apagar los fuegos.

Escribía precisamente de manera en que recordaba los sucesos y de cómo los vecinos Westindian en su hablar sonaban las palabras al pronunciar la palabra Bombero. Luego me establecí para continuar repasando, volviendo a leer ese trabajo práctico, corrigiendo con tildes y comas las oraciones. Había estado leyendo por un tiempo más, a la vez ignorando a la maestra cuando ella intentaba tomar control de la clase.

Volvería a escribir frenéticamente, “Salió el sol y me despertó para encontrar que nos habíamos mudado, trasladados a una tienda de campaña y que nuestro hogar estaba en medio de una ciudad entera de tiendas de campaña, o, al menos, así me parecía. La gente se subía a autobuses haciendo viajes al Comisariato Silver desde esa “ciudad de carpas” y también recuerdo que veíamos las chivitas ir y venir desde esos barrios de tiendas de campaña. De pronto pensé que tal vez nunca más podríamos vivir en el edificio de madera que yo tanto amaba ubicado en la Calle Tercera y Meléndez.”

Dejé de escribir momentáneamente con el propósito de prestar atención a la maestra aunque ella parecía ignorarme; luego continuó con su lección que en realidad para nada me interesaba. Sólo para despistar a la maestra y para que ella no se interesara en lo que yo estaba haciendo, fingí intereserme en esa clase y en la conversación que ella tenía con el resto de mis compañeros de clase.

La mente, sin embargo, la tenía en lo que estaba escribiendo en mi cuaderno Balboa remontándome a esos tiempo en que había creído haber nacido en la ciudad de Colón, en esos entonces era un Colón casi había olvidado. Las memorias en esa hora se apresuraban para llenar esos vacíos que habían dejado los momentos de aburrimiento, que parecían haberse asentados en mi por mucho tiempo en esa escuela.

Como escritor que germinaba recordé esos momentos de mi niñez en que yo mismo me había enseñado a leer y a escribir en español e inglés. Entonces el libro que había empezado a sacar y que servía de introducción a lo que debiera ser una novela de un autor llamado Pío Baroja, con un título raro de Sonata de Estío, de pronto perdió todo su encanto y se diluyó mi amor por la literatura Española. Sacando el confiado cuaderno, ahora lleno de mis escrituras y recuerdos, me parecía mas interesante, y nuevamente procedí a escribir, olvidando mis entornos por completo.

Escribo apresuradamente, “Poco después de que el incendio había sido apagado o controlado estuvimos en nuestro apartamento de la casona de madera nuevamente y una vez más seguía a mi Naní alrededor de toda la casa todo el día. Me parecía entonces que entre nosotros el interés estuvo centrado en las tardes y las noches, tiempos después de la llegada a casa de mi Papá Abuelo en el momento cuando él llegaba a casa de su trabajo, siempre con un periódico del día que yo le quitaba de la mano.

Las tardes eran exclusivamente para los tres cuando mi abuelo de pronto leía sobre esos ‘malditos hombres blancos,’ como él solía referirse siempre a ellos. Mientras tanto, la abuela se sentaba atenta delante de él, y yo me establecía entre sus gran piernas, con los brazos colgando sobre ellas, escuchando y tratando de seguir la lectura y sus comentarios acerca de la guerra.

Durante el día, generalmente, yo acompañaba a una de mis jovenes tías para ir de compras a la tienda Silver Roll o Comisariato, que no estaba muy lejos de cualquier sitio en la Ciudad de Colón. De hecho, todos los de mi familia Green habíamos nacido en la Ciudad de Panamá, y nunca habíamos vivido en la Zona del Canal Negra. Sin embargo, éramos iguales que todos los otros negros de la comunidad Silver Roll Westindian que vivían en esa Zona del Canal.

Hice una nota mental especial que, para ese tiempo, nunca había visto de cerca personas de la raza blanca gringa. De hecho, los únicos que recordaba haber visto fueron en los viajes de regreso a nuestro hogar desde el Comisariato Silver, por ser que teníamos que pasar por el área residencial de esas personas de raza blanca al salir de la Zona del Canal. En esos momentos de mi joven vida aun no había tenido ningún encuentro con personas de la raza blanca de los llamados ‘gringos.’ El único personaje de esa raza blanca gringa que yo temía en secreto era aquel ‘Gumshoe’, el vigilante o detective del almacén-comisariato del cual mis tías siempre hablaban en Colón.

En esos momentos de mi vida tampoco tenía conciencia de haber residido con mis padres en la Ciudad de Panamá. Más tarde cuando las hermanas de mi madre llegaban a Panamá a cuidarnos, después de nuestro traslado a la Ciudad de Panamá, ellas recordaban que yo había, en efecto, nacido cuando mis padres residían en la conocida Casa Gálvez, otro de los casones de mampostería que por mucho tiempo marcó la vida citadina.

Esta historia continuará.