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Encuentro con un Extraño Ceñudo

Aquí vemos al edificio No. 29-47 de la Calle Mariano Arosemena
donde eventualmente nuestros padres nos traerían a vivir en el corazón
de Calidonia.

Llegarían a ser tiempos en mi historia que mi primera experiencia con lo que el venerado Don George W. Westerman nombró “El problema Westindian,” que es un conjunto de problemas que todos nosotros los descendientes, directa o indirectamente, hemos detectado en personas de nuestra etnia, se me revelaría a la tierna edad de los cuatro años.

Una inolvidable mañana en ese mismo año de 1940, mi estado como miembro de la familia Green de Colón terminaría en la forma más abrupta. De hecho, sería una clausura brusca de esas cosas familiares durante momentos en que necesitaba ese importante amor y cuido familiar a que me había acostumbrando. Era justo un momento en mi vida en que yo me sentía, por fin, establecido y feliz con mis abuelos del ramo maternal de la familia y que comenzaba a olvidar las cosas infelices del mundo que me rodeaba.

Recuerdo claramente ese día- me pareció ser un sábado en la mañana- que mis tías bromeaban y me preparaban para acompañar a mi abuelo Seymour Green en su habitual excursión a la playa. El lo había hecho ritual de llevar a sus dos únicos nietos a darnos ese chapuzón en el mar en la playa cercana a la Ciudad de Colón.

No recuerdo que él haya invitado a sus propias hijas a este ritual ya que normalmente sólo nos llevaba a nosotros dos sus primeros y únicos nietos, que éramos entonces mi hermanita Aminta y yo. Me parece que el abuelo tomaba estas ocasiones para también reunirse con uno que otro de sus amistades de esos de la vieja guardia del Silver Roll. Para nosotros, que éramos tan solo niños, era una experiencia muy agradable debido a que disfrutábamos de la compañía de nuestro abuelo y que, además, invariablemente nos convertíamos en el centro de atención de los adultos. Eran todas amistades de mi abuelo y me sorprendía que fueran de ambos sexos, hombres y mujeres Westindian que por igual hacían alardes del hecho de que éramos los únicos niños presentes.

Mientras los adultos se deleitaban nadando en la mar afuera, charlando y divirtiéndose, nosotros permanecíamos todo el tiempo en la arena llamando desde la orilla de la playa, “¡Abuelo, abuelo, ven acá!” tan sólo para captarle la atención. Sin embargo, él nunca se molestaba ni nos trataba como molestia; al contrario, era cuando él se volvía más amoroso que nunca con nosotros, y suave y gentilmente nos respondía “¡Aya voy ahora!” en esa su forma de actuar con los primeros nietos que los hicieron a todas sus amistades también volverse abuelos.

En todo caso, ese sábado de mañana sería diferente a todas las demás. No saldríamos a nuestro paseo de costumbre a la playa ya que mi abuela, Naní, no me había vestido como de rutina para alistarnos para acompañar a nuestro abuelo. Fue entonces que escucho a mi Papá Abuelo hablar con una persona que jamás había visto. Ellos dos estaban sentados en la sala y platicaban en tono muy bajo. Luego, en el momento en que entro en la habitación para acercarme a mi querido abuelo ese hombre con quien estuvo conversando se ciñe las cejas y mira en mi dirección de manera inmediatamente me intimida. El hombre sigue mirándome con ese ceño tan pronunciado en su rostro mientras que yo me mantenía al lado de mi abuelo todo el tiempo que estuvimos juntos.

Mi reacción fue pensar, “¿Por qué está él enojado conmigo? yo ni siquiera lo conozco”. Recordaba que hacía poco que había cumplido los cuatro años de edad, y él parecía ser un hombre ya muy maduro. “¿Por qué él esta tan molesto conmigo?” pensaba yo otra vez. Resultaría ser que ese hombre estaría mirándome todo ese día con esa fea mirada ceñuda, mientras que yo me colgaba de mi abuelo para que me protegiera. Yo me entristecía porque ninguno más parecía notar que ese hombre me causaba tanta incomodidad. Por la tarde del mismo día todos los de nuestra familia maternal se habían congregado abajo en la entrada del edificio en la acera para, al parecer, darnos el último adiós.

Aparentemente mi abuelo no estuvo allí ya que se había marchado sin yo darme cuenta. Mi tía Hilda, que era la que seguía a mi madre en edad, nos acomoda en la parte trasera del carro color negro de este hombre tan extraño y ella se sienta entre nosotros dos. Yo me acuerdo haber estado muy quieto a su lado lleno de temores que, aparentemente, ninguno parecía notar. Entre tanto, mi madre Rosa, de quien recuerdo muy poco en esos momentos ya que casi nunca estuvo en casa, queda sentada junto a ese hombre, quien muy pronto yo descubriría era en realidad mi padre.

Inmediatamente partimos y antes de que yo pudiera apreciar la ciudad, que yo creía entonces me había visto nacer, estuvimos fuera de la ciudad rumbo a un lugar llamado Panamá, por carretera tomando un rumbo que no había recordado antes tomar. El viaje era largo y sería de noche antes de que llegáramos a hacer parada alguna. Por fin, paramos en un lugar que pronto conocería como Calidonia.

A pesar de mi tierna edad me recuerdo haberme sentido muy triste porque nadie nos había preparado para ese cambio tan brusco. Además, no nos habían considerado ni hablado acerca de ese hombre que era un extraño para mí y no nos explicaron nada del gran cambio que nos esperaba. Me había quedado dormido durante la mayor parte del viaje en el carro entristecido y presintiendo cosas inexplicablemente malas. Luego, la llegada a la ciudad iba a ser lo mismo, y recordaba como nuestra tía Hilda nos había arrastrado arriba de las escaleras desde las entrañas de un edificio que yo jamás había visitado aunque, de hecho, era de madera como todos los edificios en Colón- los llamados “edificios de tabla“. Luego, nos encontramos en cama tan pronto como entramos al lugar que ahora sería nuestro hogar.

La luz de la mañana me trajo la desagradable revelación de que estábamos en nuestro nuevo hogar, y que no veríamos a mi Naní ni a mi abuelo por un largo tiempo. Aún más triste era para mi puesto que quería alejarme de esos enfermizos entornos con ese hombre Westindian malhumorado a quien mi madre y mi tía estuvieron reconociendo ser mi padre. Incluso, hasta esos momentos este hombre parecía no reconocerme ya que todas sus atenciones se centraban en mi madre y mi tía todo el tiempo.

En esos momentos de la mañana estaba yo consciente de que los adultos hablaban de un palomar y de hacer helado cuando yo decido escaparme para explorar este nuevo lugar. Me alejo de ellos mientras ellos observaban una bandada de palomas en una cornisa directamente fuera del balcón con barras de hierro forjado. Estuve observando las aves del palomar por un rato cuando de pronto me aburro de las actividades de las palomas.

Continué vagando por ese piso de madera de un amplio balcón y de pronto me encontró con una vecina, una chica Westindian, mucho mayor que yo en esos momentos. “¿Quién eres tú?” pregunta de manera amistosa y yo respondo, “¡Yo soy Juni!”

Examinándome, de pronto me dice su nombre que, inmediatamente, se me olvida y luego ella me dice, “¿Quieres jugar a tener casa?” “¡OK!” respondo mientras ella me lleva a un área cerrada del amplio balcón, en donde ella tenía sus juguetes preparados. Me sirve una taza de su pequeño juego de té de juguete y dice, “Tú eres el Papá y yo soy la Mamá, ¿de acuerdo? Pero antes de que yo llegara a pensar que ella me parecía ser demasiado grande para estar jugando con esos juguetes, escuché los llamados de mi madre, “¡Juni, Juni ven aquí ahora!” Le digo a la muchacha, “¡Tengo que irme!” y con eso corrí a encontrarme con mi madre quien, por primera vez en mi corta vida, habría tenido cosa alguna que ver conmigo.

Esta historia continuará.

La Casa Müller o “Casa Mullah”

Müller Building, Mullah Building, o Casa Miller, como
fue conocida localmente. La foto del inmueble poco antes de
su demolición en 1972 fue gracias al Sr. Justo Pardo Villalaz
El gran Hotel Tivoli ubicado en Ancón
de la Zona del Canal tenía cómodo alojamiento
para los viajeros Americanos (blancos) y Europeos
que visitaban la Zona. Imagen gracias a Panamaliving.com


En el año de 1976, un nuevo artículo noticioso por Earl V. Newland apareció en un periódico local, articulo que dedicó a los descendientes de los primeros miembros de la familia Müller en Panama. Este ciudadano quien fue forastero había pasado a través de Panamá entre esos quienes como norteamericanos trataban la ruta hacia California, enamorados todos por la “fiebre del oro,” que se había extendido a lo largo de Estados Unidos de Norteamérica.

Fue cuando, como todos sabemos, que a mitad de siglo XIX se descubrió oro en el país del “Mother Lode” o “Carga Madre” de Oro, de esas tierras por colonizar e todavía inexploradas. Se dice que ese Sr. Müller estuvo poco impresionado con lo que finalmente encontró en California, asi que después de que probablemente, no encontrara nada de ese metal brillante tan codiciado, rápidamente regresó a Panamá, donde finalmente logró encontrar fortuna.

Asi que este afortunado quien en Panamá como tantos en Estados Unidos, que en cambio de nuestros ancestros Jamaicanos, a quienes encontramos no fácilmente hoy encontrar sus nombres y apellidos, esos quienes nunca trabajaron en las históricas obras, en cambio estan sus nombres y apellidos plasmados en monumentales obras aunque realmente no trabajaron en obras algunas. Así fue pues como ese hombre Müller, había encontrado su primer raro tesoro y su esposa, perssona con quien se casaría no mucho después de haber regresado a Panama. Su nombre realmente fue Oscar Muller.

En esta hora sabemos que el descubrimiento de oro había sido razón primordial para la construcción del Transìstmico Ferrocarril de Panamá, obra que aun hoy sus herederos llegaron desde el mas allá a reclamar del gobierno de Panamá. Iba a ser obra que también iba a estar acelerando la circulación de transporte de carga y de pasajeros en esos entonces y todavia hoy, ademas de ser marcó principal de una nueva era de actividades económicas.

Entre tanto la comodidad de los pasajeros de la vía férrea fue primordial, cuando viajaban entre el área del Noreste de Estados Unidos hacia las costas del Noroeste norteamericana, siempre con la seguridad por las costas de nuestras ciudades terminales de Panamá y Colón. Sin embargo no iba a resultar siendo asi para los que realmente trabajaban en las cuadrillas del Silver Roll. En cambio tiempos eran cuando la compañía estadounidense del Ferrocarril de Panamá había adquirido buena cantidad de terreno que dedica a la construcción del ferrocarril. Así que ese Carlos Muller, hijo de Oscar, hábilmente encuentra oportunidades y se asegura parcela de tres lote, alquiladas por supuesto, de la empresa ferroviaria, con fines de plantear gigantezca estructura del tipo de cuatro niveles de alto, tipo residencial que tenia 76 apartamentos casi todas alquiladas a miembros del Silver Roll desde sus comiensos.

En la planta baja del inmenso inmueble se dedicaron a ser para establecimientos comerciales, entre tanto, esa había sido el nacimiento de la Casa Müller en el año de 1910. Fueron tiempos de una época en que miles de trabajadores de la etnia Antillana laboraban en las construcciones de la Zona del Canal de Panamá, quienes se vieron con urgencia necesitando viviendas para sus familias. Aquello resultaría en lo que iba a ser justamente el lugar y tiempos de la historia en que iban a estar naciendo los distritos de Calidonia en el Municipio de Panama, que tan sólo tenía 800 habitantes, casi todos Negros Antillanos trabajadores en el Silver Roll, cuando habría de comenzar ese proyecto de construcción de la Casa Müller.

El Corregimiento de Río Abajo, Juan Días y Chivo-chivo, comenzaría años después como área en donde las familias Silver pudiesen construir sus propias viviendas. El cercano histórico Distrito del Marañón, San Miguel, El Granillo, El Chorrillo y Malambo y varios otros, de la nueva ciudad urbanizada de Panamá, nacieron de estos hombres Westindian Silver asalariados en la Zona Americana.

Eran ellos al principio primordialmente hombres Negros solterones quienes en su conjunto tenian grandes cantidades de efectivo todas las quincenas. Luego ellos tuvieron familias y parientes que llegaban a reunirse con ellos, esos eran quienes fueron los primeros de sus descendientes panameños y moradores de esas áreas hoy conocidas como Corregimientos en la Provincia de Panamá. En cambio esa gran cantidad de gentes con dinero en efectivo fue primordialmente el objetivo que entusiasmò al empresario Müller, ya que eran tiempos en que ningunos de los otros grupos de personas extrangeras fueran tan grandes o tan asalariadas como esos Silver que existieron en toda la Republica de Panamá, que además, pudiesen lograr apoyar a empresas algunas con esa clase de inversión.

A dar luces a los hecho encontramos que en esos entonces de la historia la construcción del edificio Müller se pudo encontrar que fueron muy pocos los arquitectos que habían en todo el pais de Panamá. Ademas quien fuera propietario del proyecto estuvo buscando a persona alguna que fuese capataz de emprender tales generos de construcciónes.

Eran tiempos de la historia en que los tiempos en que se estuvieron viéndose que el tratar de encontrar persona alguna como ese sujeto apodado “El Maicero“, un tal Joaquín Rodríguez Londoño, quien era muy conocido en el Panamá fue cosa de otros mundos. Tiempos eran en que alguien que se hiciese cargo de una obra tan importante como esa en su genero en esa época era cosa rara. Entre tanto el Sr. Müller estuvo insistiendo, en el diseño que fuese similar al del Gold Roll Hotel Tivoli en la cercana zona canalera. El Hotel Tivoli vuelto un icono arquitectónico de sus tiempos también, además de ser otra obra que, en nuestra humilde opinión, no debió de haberse hecho tampoco desaparecer. Quería ese propietario algo con ese diseño tropical de amplios pasillos y de altos cielorrasos, etc que complimentara al cercano Tivoli Hotel.

Debemos aclarar que el arquitecto “Maicero” era de nacionalidad Colombiana y puede usted leer más acerca de él aquí, y además ver otros de los edificios que fueron acreditados a su ingenio de maestro de obra architectonica. Entre tanto ese edificio Müller eventualmente también tendría esa forma triangular muy única, tan favorecida por ese arquitecto y se dice que esta forma de construir, favorecía a los tiempos que serían como un conmemorar del primer barco transatlántico que cruzara el Canal.

Una vez que fue completada la construcción se vería en parte de la planta baja una pequeña cárcel para mujeres, o centro de detención de mujeres. ese centro de detencion se había establecido allí con su estación de policía ademas de tener estación de servicio de bomberos, para casos de incendios que eran muy frecuentes en esos momentos de la historia. Un poco más tarde, ese centro de detención fue transferido a otras localidades y se abrieron varias tiendas comerciales en su reemplaso. Hubo unas tiendas de calzado, la farmacia de la familia Boyd y un comercio de auto partes de Gaspar Omphroy, que abrió sus puertas para ser el primer negocio de venta de piezas de automóviles en todo Panama.

Con el tiempo llegarían aperturas de otras tiendas de venta de ropa, frutas, una Oficina de la Lotería, y por supuesto había limpia botas tradicionales en las aceras, etc,. Al mismo tiempo el “Sr. Müller ”; muy astutamente iba a comenzar a ofrecer a sus inquilinos un bono de un mes libre de alquiler si detectaran indicios de cualquier incendio y hiciesen intentos de apagarlos. En última instancia, aquello se iba a convertir en un sable de doble filo ya que muchas personas comenzaron a causar incendios a fin de evitar el pago del alquiler. En cualquiera de los casos, a lo largo de los 65 años de existencia de la Casa Müller ocurrieron muy pocos incendios de consideración algunas.

Entre tanto lo que sí ocurrió y que fue algo que puede este quien escribe dar testimonio de los hechos. Fuera cuando debí tener alrededor de 9 ó 10 años edad, alrededor del año de 1945 cuando, durante un sábado de Carnaval, una multitud de personas se habían agolpado en el edificio como siempre lo hacian todos los años. Congregados en el tercer piso del inmueble estuvieron, para ver las vistosas procesiones de esos muy famosos Carnavales con sus comparsas, y gentes disfrazadas y las multitudes agolpadas en las aceras por toda la Avenida Central abajo. Aquello no era en lo absoluto inusual, ya que se había convertido en tradición eso de subirse a la casa Müller, y otros de los edificios de pisos múltiples similares a lo largo de la concurrida avenida, para tener las mejores vistas de los magníficos desfiles, y espectáculos y los Toldos de noche, construidos para los bailes a cielo abierto que surgieron alrededor del área durante la semana de carnavales.

Llegaría a resultar que al parecer la estructura del piso de madera en el área del balcón se debilita, por el peso de tantas personas, y el suelo se derrumbó, enviando a hombres, mujeres y hasta niños al piso siguiente. Recuerdo haber visto a unos cuantos niños, quizá unos cinco o seis de ellos, sentados despues del percanse, colgados de las conexiones de barras que hacían de balcón, sobre el cual se habían posados de los hierros los cuales los habían salvado de muerte segura. Gracias a Dios no hubo víctimas fatales, en cambio se reporto que los adultos que llegaron a estar desembarcados en la planta baja del edificio no habían tampoco sufrido lesiones graves.

Otras de las cosas peculiares sobre ese Edificio Müller, muy conocido por la población Westindian Silver como “Edificio Mullah” o “Casa Miller“, fue aquello que nadie realmente habló de su ubicación exacta o de una dirección exacta en sentido de nuestro moderno sentido de ver las cosas. Ese edificio estuvo realmente situado en la mera Avenida Central, hoy conocida como la Vía España, entre las calles 22, 23 y 24. En esos entonces tan solo uno necesitaba mencionar “Edificio de Müller” o indicarlo en cualquier remisión postal y allí lo encontrarían a uno.

Es sólo con sentida emotiva retrospectiva que hemos estimado que esa Casa Müller y otras de los similares iconos arquitectónicos de la época, se deberían haber preservado y no los fueron. En la actualidad hubiese podido haber servido como unas de las maravillas y atractivo turísticos de esa época, ya que estructuras de maderas tan antiguas de ese tamaño no existen hoy en día y una replica tan solo existe en “Mi Pueblito Afro-Antillano.” De hecho, la Casa Muller fue conocida como el edificio residencial más grande hecho de madera y de ese tipo que jamás fue construido en todo el mundo conocido.

En el lado del Océano Atlántico de la ciudad de Colón también tuvimos ese “Leviatán”, que también fue demolida, y en la ciudad estadounidense de Nueva Orleáns otro que antes del reciente Huracán Katrina se perdería. Hubo de esos entonces de la historia edificios similares que inspiraron gran admiración y que fueron como símbolos de una era Panameña y manera más lujosa y artística de ver la vida cotidiana moderna.

La Casa Müller fue demolida a los principios de los años de la década de 1970 como la fotografía indica. Quizás puede usted ver los anuncios que aparecen en la foto en color blancos apostados en sus paredes, cerca de cada vivienda, en que notificaban a los residentes que el edificio pronto desaparecería, y en el que se estuvo aconsejando a que buscaran otros lugares de vivienda. En nuestras próximas entregas tomaremos vistazos de la vida y el ambiente que surgió alrededor de la Casa Müller y otras áreas similares de la Comunidad Silver en Panamá.

Nuestro agradecimiento va dirigidos al autor de un artículo de archivo del Diario La Prensa por la breve historia y también un agradecimiento especial al Sr. Justo Pardo Villalaz por la espléndida fotografía del edificio Müller en sus últimos días que hoy es memorial de nuestra historia Panameña.

Esta historia continuará.

La Vida Urbana No Parece Mejorar el Problema de la Vivienda

En esta antigua imagen podemos apreciar
la entrada al Comisariato “Silver” en la
Zona. Imagen gracias a afropanavisions.com

La foto resalta las condiciones deplorables
en que vivían los del Silver Roll en medio de
la gran urbe en Ciudad Panamá en Calidonia.

Estas deplorables condiciones de vida para los de la comunidad Westindian en la Zona del Canal, explicaría el estudio, darían lugar a una serie de problemas debido a la disminución en la moral y la eficiencia del grupo, como el desmejoramiento de la salud y la exposición a enfermedades contagiosas.

Tras las revelaciones de las conclusiones de esos estudios la vivienda en la zona norteamericana se convertiría en tema de exámenes minuciosos, incluso hasta cuando las unidades de viviendas estuvieron bastante limitadas por las restricciones de los tratados. Llega a tal punto que a solamente una pequeña porción de los empleados se les haría acceder a vivienda alguna.

Con el paso del tiempo el Congreso de los Estados Unidos mostraría un creciente interés en mejorar la oferta habitacional de los del Silver Roll y, gradualmente, comienza a asignar fondos para mejorar las condiciones de las viviendas en la Zona del Canal Negra. Al mismo tiempo, y de acuerdo con las condiciones del reciente tratado con Panamá, se modifica el número de empleados Silver autorizados para vivir en la zona, mostrando una brusca caída en solicitudes. Además, el codiciado “privilegio” de poder comprar en los Comisariatos Silver de la zona, concesión muy codiciada tradicionalmente, sería otorgado único y exclusivamente a aquellos empleados y sus familiares que realmente estaban autorizados a vivir en las viviendas de la Zona del Canal Negra.

El Gobernador de la Zona del Canal de Panamá David Parker, reporta ante un Comité del Congreso de los Estados Unidos, y expresa que los privilegios de viviendas en la Zona Silver Roll, representaba un “bono adicional” de $ 2,000 para cada trabajador individualmente entre los que estuvieran beneficiados por vivir allá. En cambio lo que el gobernador no menciona, sin embargo, fue que esas familias pagaban alquiler en esas unidades de vivienda, y que además experimentaban muchas alzas en los alquileres a lo largo de sus relaciones con funcionarios de vivienda de esa zona del canal.

Por otra parte, la situación socio/económica en las ciudades urbanas terminales de Panamá y Colón, en las áreas habitadas principalmente por gentes de la etnia Westindians, se convirtieron en focos de insalubridad y hacinamiento. En un específico estudio de un cuadrante de diecisiete bloques de una área estudiada en 1946, el Banco de Urbanización y Rehabilitación, ordenada por el Gobierno de Panamá en septiembre de 1945, sus estudios hicieron muy evidente que, de las 4,600 unidades de vivienda de esa área en particular, el 86% eran de unidades habitacionales de un solo cuarto.

Además hasta incluso, el lenguaje cotidiano de la gente de la etnia Silver iba a estar reflejándose en estas adaptaciones urbanas, tan dolorosas y penosas a ser parte de su incómoda realidad de vivienda. A lo largo de mi infancia, habría yo de escuchar miembros de mi familia y vecinos hablar en términos del cuarto o de los “dos cuartos” de alquiler. Eran tiempos en que nunca se hablaba de un apartamento o de tener una casa entera, y además esas habitaciones a menudo cadecían de áreas privadas o de instalaciones privadas sanitarias o de cocinas apartadas. Las familias que tenían varios niños tenían que bastarse con un baño compartido entre varias familas y con áreas de diminutas e improvisadas “cocinas,” usualmente en las afueras de la vivienda como en los balcones, usualmente en frente de las entradas a sus hogares.

Además, estas áreas dedicadas a la lavandería también eran áreas comunales, a menudo ubicadas en la planta baja de los edificios en el área conocido como el “patio.” Equipadas con uno o varios grifos de agua junto a sus correspondientes lavaderos estas áreas, además, fungían como área social que eran compartidas por todos los vecinos. En muchos casos estas áreas servían como la única fuente de agua potable para familias enteras. Estos lugares eran primordialmente usados por las mujeres y colgaban su ropa en los alambrados comunales apoyados por largas y fuertes varas dejándola secar al sol tropical resplandeciente.

A pesar de las dificultades, sin embargo, las familias de la etnia Westindian generalmente lograban mantener los establos de ducharse que llamaban “cuartos de baño,” escrupulosamente limpios. Entre las amas de casa había un código no escrito de pulcritud para con la limpieza de los caños y las regaderas que la mayoría de ellas y sus hijos seguían fielmente ya que consideraban estos sitios de conexión humano lugares dignos de poder llevarse a cabo con decencia sus necesidades intimas.

Tales eran esos tiempos históricos que resultaron ser vida de escasez en viviendas inadecuadas para las gentes de la etnia Silver. Así que el trabajador Westindian, al verse limitado en esos grandes caserones de alquiler, se encontraría inmerso en miserables condiciones de vida. De hecho, le parecía que toda la raza estaba afectada negativamente por esas condiciones de vida, en esos los primeros barrios urbanos de Panamá. Eran tiempos históricos, sin embargo, en que todos pertenecíamos a la sociedad Panameña, siendo los hijos del Silver Roll esperanzados por cambios de actitud por parte del gobierno nacional.

Luego de muchos años y varias generaciones de esfuerzo frustrado en tratar de hacerle frente a tales condiciones- siempre en espera de algunos cambios en actitud del gobierno panameño- comienzan las grandes olas de migración de toda la etnia Westindian. Las primeras, generalmente, tomarían dos rumbos siendo la primera al exterior, a Estados Unidos. La otra sería a las áreas que se vuelven suburbios de las principales urbes de Panamá y Colón. Su principal motivo- poder poseer su propia y única vivienda familiar.

Siempre quedaría un número importante de nuestra etnia Silver Roll arraigada a los centros tradicionales de la Zona estadounidense del Canal de Panamá expuestos a las indignidades y limitaciones que todavía incluían el racismo y el clasismo. Además, quedaron muchas familias de nuestra etnia Silver que tuvieron que hacerle frente a los peligros del nuevo vivir en las urbes en condiciones deplorables sin seguridad personal. Pudiéramos añadir a estos grupos los que se rehusaban a inmigrar; esos quienes, después del traspaso de las “instalaciones” culturales de la zona del Canal Silver a manos panameñas, harían su hogar en las antiguas viviendas añadidas a la nueva historia urbana de Panamá.

Esta historia continuará.

Lord Cobra-El Eterno Trovador- 1ra Parte

Lord Cobra, el trovador netamente panameño,
en su mejor momento.

Fue en medio de la procesión fúnebre para darle el ultimo adiós al celebre poeta y canta-autor Westindian que alguien dijo,”!Él nos ha dejado y se llevó el Calypso a cielo!” Este hombre, sazonado por la actividad creativa de su prolífica vida no murió en su ciudad natal de “Patois Town” en Bocas del Toro, enmarcado por la soledad de un cementerio y los rieles del ferrocarril que apuntan hacia una infinidad de plantaciones de banano. Continue reading

Lord Kon Tiki

Lord Kon Tiki, uno de los más populares intérpretes del Calipso de Panamá.

Lord Kon Tiki, uno de los más populares intérpretes del Calipso de Panamá.

El verdadero nombre de Lord Kon Tiki, una de las leyendas de Calipso de Panamá, es Alberto Allen Brayan y nació en Calidonia, República de Panamá, el 5 de septiembre de 1934. Sus padres fueron Constantino Allen y Aydé Brayan. Continue reading

Un Tributo a un “Silverman” Bobby Grant

“Bobby” Grant- mejor que un padre y amigo.
Que Dios te guarde en su Gloria.

Gatun Locks
Imagen: http://www.pancanal.com

En el décimo octavo día de abril del año 2008, el “Silverman” William Evans Grant Lescano pasó a la Gloria de Nuestro Señor, y sus restos fueron puestos a descansar en el Cementerio Monte Esperanza el 21 de Abril de ese mismo año. Era cariñosamente conocido como “Bobby” Grant por todos los de la comunidad Westindian de la Ciudad de Colón en la Republica de Panamá.

“Bobby” Grant nació el 21 de febrero de 1912 a su padre Walter E. Grant, un inmigrante de la isla de Barbados, y a su madre Albertina Lescano, ciudadana Panameña persona de habla hispana nativa de Panamá. Bobby nació y creció en el viejo distrito de Calidonia en la Ciudad de Panamá, alrededor del conocido Edificio Müller, uno de los más concurridos puntos de enlace dentro del enclave Westindian desde mucho antes de la declaración de Independencia de la Republica de Panamá en 1903.

Bobby Grant fue el más joven de cinco hermanos que comprendían una familia de cuatro hermanas y de un varón hermano menor, quienes eran educados y sustentados por su padre dueño de la famosa Barbería de Walter Grant. El local, situado a un costado de la Avenida Central y la calle 24, era en sus tiempos un conocido centro de la ciudad de Panamá cerca del “Mercadito de Calidonia.”

La barbería del Señor Walter Grant fue única entre todas las barberías por mucho tiempo de nuestra historia panameña que servía a una clientela totalmente de la raza Westindian en toda nuestra República de Panamá. Su apogeo se extendió a mas de las primeras cuatro décadas del vigésimo siglo pasado y ese establecimiento atrajo clientela de la comunidad negra Westindian. Además su clientela no era sólo de la ciudad de Panamá sino de otras áreas de la América Central y de todos los conocidos lugares del Caribe Anglo Sajón.

Era en realidad un lugar en que se podía encontrar la amistad que tanto requería toda una comunidad Westindian asediada por el racismo, tanto en la Zona del Canal como en las urbes Panameñas. Además era punto de reuniones en donde las gentes de color pardo podrían contar con estar dejando mensajes y notas orales para familiares en lugares tan lejanos como era Barbados, Jamaica y otros puntos de Centroamérica como eran Costa Rica, Guatemala, Honduras y Nicaragua. Tiempos de la historia eran en que amigos y miembros de familias, quienes estuvieron perdidos por largos tiempos, podrían estar seguros de poder nuevamente conectarse.

La educación de nuestro Bobby fue en unas de las “Escuelas Inglesas” que fueron populares en esos tiempos dirigidos y funcionados por el Teacher Killimott de Jamaica. Surgió que cuando cumple mayoría de edad se le encontró trabajando en los muelles y era el año de 1922, luego de eso se había encontrado trabajando en la esclusa #6, luego se vio trasladarse a la Cafetería del Fuerte Sherman bajo en mando de la Armada norteamericana. Eran tiempos en que algunos jóvenes del Silver Roll comenzaban a laborar a los 15 años de edad, y nos contaba Bobby que cuando se vio llegando a ese último sitio de empleo tendría alrededor de los diecisiete años de edad.

Eran tiempos en que nos confiaba Bobby que él había conseguido su primer empleo verdadero y que él iba a estar trabajando en otros empleos hasta que lo contrataron en el hospital de Colon permanentemente muchos años después. Su último empleo y el lugar de donde finalmente estuvo retirado fue de las Esclusas de Gatún. Las memorias agradables permanecerán con nosotros quienes lo hemos conocido como hombre y amigo. Era compañero de trabajo hombre de familia además de un ser verdadero “Silverman,” quien ha resistido en todo momento eso de hacer borrar cualquiera de los esfuerzos y sacar de la memoria los anales de nuestra historia en la República de Panamá.

Bobby Grant, sobretodo, era un hombre apacible y un fiel amigo a todos los que le conocían. Nosotros quienes hemos sobrevivido William Evans Grant Lescano, hemos heredado una bandera que significa la conducta ejemplar, eso que ha dejado impresión espiritual profunda en nuestro carácter como descendientes de la “gente del Silver Roll” de la Republica de Panamá. Los años que han a Bobby Grant guardado esos 96 años, son para nosotros una vida libre de culpabilidad y para no ser tan pronto olvidados.

La singularidad de nuestra herencia Panameña nos hace hoy valorar esa vanguardia de paciencia y de perseverancia, así como fue con nuestros antepasados. A ellos todos rogamos, “descanse en la paz de nuestro Dios hasta que nos veamos otra vez.”

*Los invito, estmados lectores, a visitar la página de Bobby Grant en Find-a-Grave.

Esta historia continuará.

De Compras Para un Festín Westindian


Imagenes: Mercado de abastos de viandas
Medio: Otoe o Yautía
Abajo: Yampi o Ñampi y Un gran ejemplar de Ñame (Yam)

Rápidamente nos dirigimos en el tráfico de mediodía de la ciudad de Panamá y por lo que parecía ser una hora paramos en diferentes lugares mientras yo permanecía poco envuelto y las mujeres se reavivaban en las compras. Recuerdo que la primera parada fue en un icono del área que era una feria de mercado al aire libre que ofrecía todas clases de frutas y legumbres como los tomates las cebollas y los verdes pepinos y la lechuga que gustan tanto en las mesas panameñas.

Luego nos encontramos en una de las muy recientes instalaciones de supermercados al estilo de estados unidos con nombres algo extraños para nosotros los foráneos de estados unidos, con nombres como Baturro, Gago en que compramos los ingredientes para las comidas que iban a hacer de la tarde una vieja fiesta de celebración Westindian. Como adiestrado marido había este servidor encontrado paciencia mientras las damas encontraban los insumos para aquella celebración de una vida que envejecía agraciadamente.

Luego nos encontramos en el área de lo que yo recordaba como el Mercado Grande y, a poco distancia, el Mercadito Municipal de Guachípali en el área conocido como Calidonia. En esos mercados que estaban divididos en secciones de líneas de puestos por sus especialidades de productos y servicios se desenvolvieron las mujeres. Se podía comprar toda clase de viandas y frutas tropicales, algunas que solo se podían encontrar durante su temporada del año. Compramos el Badú, que en otros países del trópico se les llama el Otoe. Además de los Ñames, la Cassava o lo que también llamamos la Yuca en Panamá y otras partes de la región centro y suramericana,

Ya que estábamos por dar de comer a un ejercito que componía ese Clan, daba gusto ver nuevamente los plátanos, verdes y amarillos que en realidad eran de un color casi anaranjado con manchas negras en su etapa madura. Ni hablar de los racimos de guineos verdes y maduros y otras frutas que, seguramente, les gustarían a los niños tanto como los encontraba yo en mi niñez. De pronto parecía yo como un alquilón de muelle cargando los sacos de henequén llenos de frutas como la ciruela silvestre, los verdes racimos de mamones, los sabrosos mangos y toda las viandas que harían de nuestra fiesta un buen festín de la gastronomía West Indian.

Al llegar a la casa de nuestra anfitriona ya no tuve que cargar mas puesto que los jóvenes varones del Clan llegaron y se encargaron de todo la carga. Nos disculpamos momentáneamente para ir a ver por nuestra hija que cursaba sus años de preadolecsencia en esos entonces. También era extraña a todo eso de estar inmigrando de pronto a un país que sus padres les aseguraban que era suyo también, aunque ella no entendía de esas cosas. Con el cambio tan abrupto de estados unidos a acá procurábamos hacer un ritual de estar animándola que todo iba a resultar muy bien para ella y que pronto podría tener hasta mas amistades que antes.

“Acompáñanos, hija, que tenemos unas personas que queremos presentante,” le dijimos a nuestra hija al llegar a casa y ella, sin protestar, se recogió, siguiéndonos para el corto viaje a casa de nuestras nuevas amistades en el mismo vecindario. En pocos momentos entrábamos por el sendero hacia esa casa escondida rodeada por enormes árboles de Mango. Sin que los perros se alarmaran entramos como si fuésemos del clan e inmediatamente Doña Luisa recibió a nuestra niña con un caluroso abrazo presentándola a los demás chicos de su edad.

Entre tanto las otras mujeres presente se unieron a mi esposa para entrar al enclave en que estuvieron preparando las exquisiteces del día. Muy contentas todas las mujeres se entretuvieron con la preparación de las frutas y viandas mientras yo me serenaba encontrándome atraído por los niños y jóvenes quienes encontraban en las afueras de la casa algún juego que los ocupara. Así esperaba yo un poco cansado que pudiésemos reanudar nuestra visita con nuestra nueva familia en ese Distrito de Pueblo Nuevo de un nuevo Panama.

Esta historia continuará.