Las Madres de las Iglesias Beji Nite en Panamá

La invasión del 1989 por los EEUU. Las iglesias Beji Nite de Panamá jugarían un importante papel en la sanación de la nación. Imagen, Wikipedia.

Tendría una experiencia más personal en el caso de Madre Campbell a quien mi abuela y mis tías, con respeto y amor, llamaban “Madame”. A medida que la fui conociendo cuando acompañaba a mi abuela a las zonas boscosas de lo que hoy se conoce como Curundú, fui apreciando su inmensa sabiduría. Siempre nos deteníamos en su finca la cual estaba generosamente salpicado de altos cocoteros que estaban siempre cargados de cocos. Ella nunca dejaba de ofrecernos la deliciosa agua de coco directo de la fruta dura, pues era toda una experta en cortar y abrir los durísimos frutos con su machete de confianza.

Madame era una mujer delicada, casi diminuta, pero tenía una muy poderosa constitución e incluso una imponente presencia. Estando en su finca nunca la encontraría ociosa o sin sus botas de goma que siempre llevaba puestas como cualquier otra mujer llevaría su delantal.

Posteriormente en mi vida toparía con la Señora Campbell nuevamente para ser objeto de una sanación de una seria enfermedad de nuestros tiempos modernos, una dolencia causada por el estrés. Mucho más tarde Madame movería su centro de “Pocomania” de su ubicación original en Curundú justo detrás del estadio Olímpico a una parcela de tierra en la conocida zona de Río Abajo, el único otro lugar en la ciudad capital de Panamá que estaba disponible para la compra por la gente Westindian o del Silver Roll.

Tampoco puedo olvidar la figura de otra gran “Mother”, la Madre Wright del viejo Barrio del Chorrillo que, en esa zona muy poblada de la ciudad, se convertiría en una cómoda presencia para las personas a lo largo de su historia vibrante como pueblo urbano, pero especialmente durante la desastrosa invasión de 1989 impuesto en Panamá por los Estados Unidos de América. Encimo del fuego que llovió desde el cielo, los misiles y bombas en ese día nefasto, el espíritu de nuestros antepasados habría invocado a nuestro Dios para prevalecer contra las puertas del infierno que habían vertido tragedia sobre nuestro pueblo panameño.

Durante mis habituales excursiones con mi abuela, Fanny, y mis tías, incluso hasta mi entrada en la escuela secundaria, recordaría mis visitas a la zona residencial de San Francisco de la Caleta que albergaba una pequeña capilla- una choza realmente- donde la Madre Lindo daba lugar a sus maravillosos servicios religiosas semanales de origen afro-caribeño.  Era uno de los centros muy concurridos de las iglesias Beji Nite de Panamá.

Poco después de haber comenzado mi primer año en el Instituto Nacional, me encontraría ansioso por acompañar a mi abuela a estos servicios afro-caribeños que nunca darían paso a un momento aburrido puesto que se daba el canto de himnos, baile en “el espíritu”, sesiones en trance, curaciones tanto físicas como espirituales y muchas bendiciones. Las horas pasaban rápidamente cuando, a la conclusión del servicio, ya en la oscuridad de la noche, dejaría a todo participante lleno de optimismo y regocijo. Mi abuela y yo salíamos a coger un autobús de vuelta a casa a nuestro viejo Edificio Magnolia en el corazón de Calidonia.

Serían momentos en nuestra historia para recordar con gran aprecio y dar gracias por el valioso legado que mi familia compartió conmigo- un joven peculiar que parece haber sido destinado a ser lo que soy hoy en día, un escritor que haría una crónica de la existencia de las “Madres fuertes” de África entre el pueblo Silver People de Panamá.

Esta historia continuara.

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