La Fonda de Gladys

La Fonda de Gladys llegó a ubicarse en la famosa Casa de Mimbre como podemos ver aquí.

La Fonda de Gladys llegó a ubicarse en la famosa Casa de Mimbre como podemos ver aquí.

La escena era un delicioso bocado de una de las chicas más hermosas que me estaría llamando e invitando a unirme a ella en lo que ella se imaginaba era el amor. Para un niño hambriento de amor esta sería la primera instancia en que una linda chica me ofreciera algún tipo de afecto. Mi reacción inmediata: amor al instante. En esos momentos me ocurre que desde los días de mi infancia nunca había podido siquiera acercarme a mi madre y a mi padre con un abrazo o una caricia o, incluso, para cualquier tipo de contacto físico que se pudiera identificar como “amor”.

Poco después de encontrarme en ese primer contacto íntimo con esa chica hispana que vivía al lado – una muchacha que había estado creciendo junto a mi, me encontraría aún menos listo para la desilusión que seguiría. Yo, por mi parte, la encontraba bastante enamoradiza – loca por el afecto de cualquier chico y, dado mis ideas juveniles sobre el amor y que una relación debería ser exclusiva, decidí no darle
seguimiento a más encuentros con ella.

Yo realmente pensaba que el amor debería ser correspondido y que la chica en que yo me fijaría debería tener ojos para nadie más que a mi. Pareciera un reto difícil, al estar justo al lado de esta chica nubíl y continuar considerándola como una hermana. Por lo tanto, traté de mantener mi relación con esa chica cordial y para eso decidí alejarme del edificio durante las horas diurnas.

Continué mi búsqueda por otro lugar para pasar el tiempo y, al mismo tiempo, ganarme algo de dinerito si fuera posible. Pues, mis necesidades crecían a medida que iba avanzando en la escuela-ropa escolar, útiles, y zapatos. Comienzo a visitar una sastrería improvisada en la parte superior de la colina de San Miguel- una manera de aprender un oficio cerca de mi casa. Sin embargo, no pude hacer una conexión duradera allí. Esa sastrería “de balcón” había dejada de ser un lugar atractivo para mi desde que mis padres se habían divorciada ya que siempre guardaría malos recuerdos.

No muy lejos de esa sastrería también se encontraba un pequeño restaurante o fonda como los nativos solían llamarle. La propietaria era una diminuta dama Westindian quien se llamaba Gladys. Esta Señora, fuerte y determinada, también era amiga de mi abuela, Fanny, y su fonda era una de las paradas favoritas de las hordas de trabajadores Afro Antillanos de la Zona del Canal cercano. Además,los trabajadores de la tintorería recién inaugurada de Gambotti y Pérez  justo al cruzar la calle, siempre proveían un constante flujo de clientes hambrientos.

La comida era sencilla, pero hecha al estilo casero- siempre fresca, abundante y bastante económica. Gladys preparaba el arroz normal con su porción de porotos de acompañante, carne guisada o pollo frito, y de vez en cuando incluía en su menú la carne al Curry a lo Westindian y otras delicias. Jamas, sin embargo, dejaría de lado su delicioso arroz con coco como tan sólo los Afro Antillanos en nuestro istmo podían hacerlo. Como se pueden imaginar, yo comienzo a dedicar todas mis tardes a la Fonda de Gladys y, así, asegurarme de tener un lugar sano en donde pasar el tiempo ayudando a una digna persona como Gladys.

De hecho, en agradecimiento por todo mi ayuda de barrer, lavar los platos, poner y quitar las mesas, trapear pisos, hacer mandados en el gran mercado, ella me ofrecía almuerzo y me compraba cosas que necesitaba como los útiles y mi ropa de escuela. Sería allí en ese pequeño rustico comedor de una sola habitación que yo pasaría tiempo trabajando y haciendo un poco de dinero para mi bolsillo.
Empecé, de hecho, a pasar más y más tiempo en el Fonda de Gladys, alternando mi tiempo entre la clínica dental y el comedor hasta que me convertí en un ser muy bienvenido en los dos lugares.

Esta historia continúa.

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