Una Tonelada de Dinero

ton-a-money-e1311148149753

En esta etapa de mi vida me di cuenta de que eran tiempos especiales para mí, un punto de inflexión. Yo había visto la vida con mis padres, tías y tíos- la vieja ola de los del Silver Roll- y ahora pensaba que mi vida no estaba resultando nada mejor. El divorcio de mis padres me había dejado sintiendo un cautivo en un cultivo de odio y conflictos familiares que me habían sometido y obligado a aceptar por muchos años. Mi condición precaria era una infancia carente de preparación para un futuro significativo y ahora yo estaba en el comienzo de otro año escolar encontrándome en sexto grado ya sintiéndome desmoralizado.

Ese primer día que entré al salón de clases di con algunos personajes de mi antiguo barrio de San Miguel. La sala estaba llena de gente con quien, de alguna manera o forma, yo había pasado tiempo en algún momento en el pasado; algunos otros yo realmente no conocía bien. Todos éramos los únicos Westindians en esa clase, y aunque nosotros como jóvenes nos debimos haber conocido, yo me sentía como si yo no tuviera la menor afinidad con ninguno de los demás. Quiero decir, que casi ni nos hablamos entre nosotros. Me llenaba de miedo haber llegado a reconocer este hecho- que yo vivía tan cerca de ellos y me sentía tan alienados de todos ellos.

Sin embargo, mis días de infancia parecían haber terminado a finales de ese año de 1950 cuando llego a la encrucijada de la desconocida y temida mayoría de edad- el rito de paso que me esperaba por la cual no me sentía nada preparado. De hecho, lo que más me preocupaba era que mi crianza, educación, e incluso, las enseñanzas que había recogido de esa escuela de barrio en los últimos cinco años, no me habían preparado ni inculcado esas cualidades dignificantes en la formación de una persona culta.

Yo estaba siempre en busca de esos modelos de valores y la moral que una persona podría considerar y emular. Esa fue una de las razones por la cual continué visitando esos hombres Westindian en lo que, a esas alturas, se había convertido en mi refugio- la clínica dental. Más que formarme en algún tipo de vocación o comercio, yo buscaba a personas que me manifestaran esas cualidades que eventualmente me ofrecieran valores dignos de emular.

Algunos de esos hombres habían comenzado a trabajar a una edad muy joven; más joven, tal vez que yo en ese momento. Yo acababa de celebrar mi cumpleaños número catorce ese año y contemplaba dejar la escuela para encontrarme trabajo en una cosa u otra- cualquier cosa, sólo para calmar la inquietud en el alma.

Los chicos en los tiempos de mi padre, cuando llegaban a la edad de catorce años, se consideraban de edad para buscar algún tipo de trabajo. Esa era una percepción general en la mayoría de las familias de clase obrera, y fue, quizás, la razón más fuerte para mi inquietud. Repensando esa medida, sin embargo, me acordé de que todo lo de valor que yo poseía en ese momento de mi vida me la había, prácticamente, enseñado yo mismo- un autodidacto en su forma básica.

Entre los hombres Afro Antillanos que conocía en el momento, la mayoría parecía no importarles no haber recibido ningún tipo de educación en lo absoluto. Su conversación se centraba en conseguir de alguna manera apoderarse de dinero, dinero, dinero. Y para empeorar las cosas yo llegue a sospechar que ellos se mofaban de mis ambiciones de educarme. Luchaba con esa errónea percepción, sin embargo, al entender que tendría que adquirir todos esos saberes especiales modernos y las nuevas técnicas para satisfacer las actuales ideas globales. Estas ideas y los ideales de la cultura, valores, e incluso las costumbres eran muy importantes para mí aunque me seguía eludiendo ese antiguo misterio de como ganarme una “tonelada-de-dinero.”

Esta historia continuará.

Comments are closed.