Hogar, Hambriento Hogar

 

realacademia

Con el tiempo yo iba formando una cada vez más realista cuadro de mis entornos en casa y en mi comunidad de Calidonia. Veía que nosotros los varones Westindian terminábamos siendo jóvenes que jamas podríamos aspirar, como una gran fuerza, a vernos independizados. Al menos, así lo consideraba yo quien estaba día y noche entre las mujeres del clan. Peleaba entre si mismo con esa gran frustración de estar aferrado a ellas.

Tanto mi abuela como mi tía Berenice habían sido trabajadoras en esa Zona del Canal. Comparaba las vidas de mis dos abuelas, la una que no salía de la Ciudad de Colón y la otra en Panamá muy casera y retirada. Al menos mi abuela Fanny con quien estaba yo viviendo, era muy astuta para ser personaje quien había llegado en estudios hasta el quinto grado de primaria. Pero, su mayor disgusto era estar en la cocina.

En esos momentos de mi vida yo notaba que ambas de mis abuelas y las mujeres que ellas criaban también evolucionaban como madres a quienes muy poco les gustaba las tareas del hogar, especialmente las de la cocina. Se pudiera decir que aunque estuvieran en casa, pocas eran “amas de casas.” Además, casi todas, aunque no empleadas fuera de casa, nunca cocinaban. Eran ellas las que que deberían estar buscando salvar la dignidad y el futuro de los varones como yo y salvaguardando a nuestra etnia Westindian, pero en materia de alimentación- tanto físico como espiritual- ellas se encontraban deficientes. Puedo decir que a ellas, o mejor dicho por culpa de ellas, les debo aquello de gustarme la cocina y llegar a ser el comprador de víveres y otros provisiones para el hogar. Además de estar alienadas al hogar, las mujeres en mi casa estaban totalmente alejadas de la vida escolar de nosotros los niños.

Yo, por mi parte, me pasaba ayudando a mi abuela Fanny en sus negocios del Susú (su Sociedad) y su servicio de lavandera. Diligente y obedientemente visitaba a los hogares a donde me mandaba repitiendo la misma frase, “Mi abuela manda este encargo, o aquí esta la ropa.” Me di cuenta que era yo con quien ellas contaban ya que nunca estuve renuente a ir de mandados para mi abuela por todas las calles de los barrios. Sin embargo, yo no estuve notando nada de avances ni significante progreso en sus medios. Sería, tal vez, porque yo no podía descifrar o comprender sus negocios. En este estado de ignorancia yo, sin embargo, era el “hombre clave” en todo ese negocio.

A pesar de que eran cosas simples, más admiración me causaba el cómo ellas se “comunicaban,” especialmente cuando aun no habían teléfonos en las casas. Su “red”, por así decirlo, operaba sencilla y honorablemente y mi abuela y las mujeres que componían su círculo de participantes tenían una extraordinaria habilidad de comunicarse sin saber el idioma de las otras. Mi abuela, sobretodo, sabía muy poco Español. Sin embargo, se comunicaba muy bien con sus vecinas latinas.

Siendo ellas las de una generación de esos Westindian Panameños que no se sentían obligados a asimilarse por estar, por ejemplo, graduados de la universidad o instruidos en los viejos English Schools, demostraban una especial capacidad en supervivencia.

Sin embargo, en el tema de dar buen ejemplo, yo seguía buscando. Recuerdo haber encontrado una feria de libros en los predios de la Plaza Santana, y como Negrito de la raza Westindian no había encontrado texto alguno de la Real Academia entre los Negros de mi etnia ni libros de autores con quien pudiese sentir alguna afinidad con los que no podían hablar en la “lengua de su madre.” Tampoco pude encontrar alguna obra teatral escrita por Negros con quienes yo me podría identificar como tal.

Esta historia continuará.

Comments are closed.