El Obrero es Digno de Su Paga

goldtoothA medida que pasaban las semanas me mantenía ocupado en esa clínica dental y mientras mejoraba mis habilidades en mi nueva vocación pensaba seriamente en resumir mis clases en el tercer año del Instituto Nacional de Panamá.

Sin embargo, ya me sentía atrapado en esa mesa en que seguía trabajando a diario, pensando en como yo podría esperar un poco mas. Entre tanto, mis propias necesidades- el hecho de que mi propia boca requería urgente atención desde que me habían extraído la mayoría de mis dientes superiores a causa de una infección en las encías- no las había logrado satisfacer. Me preocupaba enormemente que a la edad de dieseis años yo parecía un vagabundo desdentado que se reusaba a mostrar una sonrisa.

La familiaridad que me había abierto esa oportunidad para aprender y trabajar en esa ocupación de odontología mecánica se había convertido en otra prisión. Esos mismos señores que yo consideraba como unos tíos desde mi infancia se habían convertido en mis propios carceleros ya que esa familiaridad me impedía hablar con ellos como si fuese otro trabajador común y corriente. ¿Como le podía exigir que me reconocieran como un técnico hecho y derecho y, por consiguiente, que me pagaran al menos lo mínimo por mis capacidades?

De pronto, un día, se me cumplen las esperanzas de tener una mejor presentación cuando mis tías deciden costear el trabajo para que me confeccionaran una nueva y respetable sonrisa con un puente delantero. Yo no pensaba que los chicos de mi barrio notarían la diferencia inmediatamente pero, ya que ellos nunca le habían prestado mucha atención a mi condición física. En cuanta a las muchachas, sin embarga, ella hasta llegaron a pensar que yo había perdido el interés en ellas; pues, ellas interpretaban mi seriedad para con ellas como rechazo.

Mi nuevo aspecto con mis nuevas chapas que, incluso portaba un diente de oro, cambió todo eso. Las muchachas volvieron a estar saludándome con ese respeto que yo había añorado pero por estar ocupado con mi nueva vocación me estuve ausentando de su compañía y del barrio. Además, nunca me creerían en mi afán por estar ocupado con algo tan distinto a lo que ellas acostumbraban. Entre tanto, mi rutina de trabajo que comenzaba desde las tempranas horas de las mañana hasta las las nueve o diez de la noche, me mantenía ocupado pero con hambre. Sin dinero para comprarme un refresco o un bollo de pan para apaciguar el hambre siempre sentía esa implacable hambre del obrero dedicado pero sin paga.

Aquello de poder irme a casa a comer se me había olvidado ya que en casa nunca había nada de comer a menos que yo lo preparara. Los “Chinitos” del barrio tampoco presentaban una opción puesto que ellos no vendían comida preparada. De mi abuela que ya se había jubilado de su trabajo como lavandera en la Zona del Canal, tampoco se podía esperar nada de alimentación. Ella nunca fue buena para la cocina. Si yo no la apoyaba en esos menesteres no iba haber de comer en casa.

De hecho, a ella se le acababa casi todo el dinero de su jubilación tan pronto que ella cobraba los $ 25.00 – el monto por mes de su jubilación. En eso yo la ayudaba complementar sus escasos ingresos buscándole nuevos clientes para su sociedad o “Susú” y su negocio de lavandera. Yo era el que le iba a recoger y entregar los bultos de ropa para lavar y planchar todo desde ese tercer piso de la Casa Magnolia.

Generalmente, pues, era una gran lucha y quedaban pocas monedas para hacer compras de comida. Los bocadillos y refrescos para saciar mi creciente apetito eran muy escasos. En todo este escenario, mi abuela parecía fingir no darse cuenta de mis necesidades. Cuando tenía las pocas monedas, mi menú para todo el día era una pequeña gaseosa y la ocasional micha de pan seca y sin nada que me apagara el hambre de adolescente. Tampoco contemplaba abordar al Tío Clyde con ese tema de pagarme aunque sea una pequeña mesada por todo el trabajo que yo le estaba haciendo. Él parecía estar muy ocupado con los asuntos de su comercio.

Esta historia continuará.

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