Huyendo de Casa y Escuela

Soñaba con la paz y tranquilidad de la selva.

Soñaba con la paz y tranquilidad de la selva.

El hecho de que un niño tuvo que soportar seis años completos de abuso emocional era lo suficiente para crear en cualquier joven un síndrome de cualquier tipo psicológico.

Así fue especialmente para los niños Afro Antillanos en las escuelas públicas de habla española que ya, a esas alturas, se habían convertido en campos de batalla de conflictos alentados principalmente por las actitudes racistas de los maestros. Los conflictos en la escuela, sin embargo, nunca serían peores que los que los niños estarían arrastrando desde sus hogares atormentados por los padres y parientes racialmente acosados en el trabajo y la sociedad.

Mis experiencias escolares dejarían tan duradera impresión en uno niño tan precoz y consciente como yo, que me haría testigo de los efectos de las acumuladas presiones de la distorcionada vida en el Silver Roll en el estilo de vida de las personas Negras de la Zona del Canal y la mayoría de nosotros que estábamos vinculados con ellos de alguna manera. Las diversas manifestaciones de este fenómeno so sólo asumarían patrones negativos en Panamá, sino que los seguirían en el éxodo hacia el norte donde los niños de mi generación se reunirían de toda la República de Panamá.

En Panamá, en ese año de 1948, siendo aún menores de edad, buscábamos la comprensión y el espíritu enriquecedor que todos los seres humanos buscan desesperadamente para seguir a nuestras familias en su búsqueda de días mejores y más prósperos. También fue el año en que finalmente fui promovido a quinto grado en la Escuela Pedro J. Sosa, pero no podía evitar sentir la sensación de abandono. Se suponía que debía estar llevando el nombre de mi padre y, sin embargo, no me sentía parte de ninguno ni de ninguna parte, sobre todo, porque yo no había visto a mi madre desde hacía tres años.

Aunque me había, por lo tanto, establecido en una “vida en el hogar,” mis sentimientos de desamparado parecían acompañarme siempre ya que estar con mi abuela era extrañamente como estar solo y sin protección.

En secreto y en mis rezos pedía que mis tías estarían tan atrapadas en sus trabajos que no pudieran volver a casa para someternos a nosotros sus jóvenes esclavos que parecían odiar. El hecho es que tanto mi hermana como yo nos sentíamos como los esclavos de la casa ya que se esperaba que hicieramos todas las tareas pesadas del hogar sin que ellas tomaran cuenta de nuestras necesidades y sentimientos como niños. Aunque con mucho gusto ayudaba a mi abuela con su negocio de lavandería y el Susú e incluso hacía el mercado y cocinaba en el hogar, jamás recibí una sola palabra de aliento o de reconocimiento.

La escuela era sólo un refugio temporal de mi frígida experiencia en casa y en el quinto grado volví a una con la esperanza de no eperimentar el mismo y traumatizante escenario que me había ocurrido en el cuarto grado con ese maravilloso ejemplo de la profesión docente que había roto mi composición en mil pedazos.

Yo diría que en quinto grado fue cuando yo conscientemente comencé a planear mi escape definitivo. A la primera señal que me iría mejor salir corriendo, yo arrancaría. En mis ensueños me imaginaba en medio de la selva rodeado de paz y tranquilidad y fuera de las traumas y presiones de la ciudad y de mi familia. Soñaba con una vida en la que yo pudiera tener la libertad y la estabilidad mental para cuidar de mí mismo y prosperar, incluso, aunque lo tuviera que hacer solo viviendo en una choza hecha con mis propias manos .

El sueño de alcanzar este estado de perfecta libertad del abuso emocional y físico que estaba experimentando creció gradualmente más real y posible cuando fui creciendo y sintiendo más hábil para valerse por mí mismo.

Esta historia continuará.

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