El Banquete de Iguana

Una hermosa Iguana roja.

Una hermosa Iguana roja.

Achiote como el que preparamos en casa para saborizar la comida criolla.

Achiote como el que preparamos en casa para saborizar la comida criolla.

Para un niño de la etnia Westindian de segunda generación un tanto aislado de lo que yo pensaba eran los prejuicios raciales, las ideas e ideales de los de la primera generación como lo eran mis padres, tíos y tías, estaban sumidos en la supervivencia. En aquellos tiempos todavía se creía que las habilidades asociadas con ese Padrón de Plata de la Zona del Canal eran adecuadas incluso para los de nuestra generación del Silver Roll de Panamá.

Sin embargo, yo no estaba consciente de la magnitud del prejuicio racial que existía en la República de Panamá hasta mis años de adolescencia. Muchos eventos me habrían hecho más consciente de ese fenómeno y sería testigo de como los niños Westindian de mi edad llegaban a unirse a nosotros, los que vivíamos en las ciudades, en la escuelas de Panamá producto de las muchas políticas racistas que se estuvieron realizando en la Zona del Canal por sus administradores.

Yo, como muchos residentes de Calidonia, observaba frecuentes y acalorados eventos políticos al estilo panameño desde mi ventaja de nuestro balcón en San Miguel. Fui testigo de otros eventos que, eventualmente, significarían problemas para mi generación de Afro Antillanos así como lo habían sido para mis padres y hasta para mis abuelos en el pasado.

En esos entonces de mi vida buscaba alivio para mi estado mental, alguna manera de encontrar sentido de pertenencia, ya que en casa de mi abuela me había transformado, por decirlo así, en miembro de mi etnia Westindian. En ese humilde apartamento en Casa Magnolia vine a sumergirme en la cultura y la lengua de los Afro Antillanos lo cual lo contrasté, conscientemente, con mis años de infancia en que estuve creciendo como niño Hispano, haciéndome parte de “mi” sociedad panameña.

Un día, una de nuestras vecinas- dama a quien le tenía mucho afecto- me invita a cenar con ella y su hijita, quien, de paso, tenía mi edad y era mi compañera de juegos.  Su apartamento estaba justo al lado del nuestro entre esos apartamentos del Magnolia. Yo, por cierto, no pregunté nada al respecto al principio hasta que me siento a degustar el más delicioso y aromático plato de carne guisada con arroz y frijoles que, en mi vida, había probado.

Simple y sencillamente, como cualquier adolescente perpetuamente hambriento y, sin importarle lo que estuvo comiendo, le entré con gusto al rico platillo.  Cuando la figura maternal y sonriente de mi vecina me dice, “¿Sabes lo que estas comiendo, hijo?” Yo, ingenua y muy confiadamente le respondo que “no”.  Ella, sin vacilar, me informa que era iguana, aunque, confieso que no me importaba en lo mínimo. “Iguana preparada con salsa de achiote”, me dice, y sabía aun más sabroso como ella lo estuvo describiendo.  De hecho, la cena de Iguana me había hecho sentir como uno que, por fin, había llegado a su legítimo lugar de ser un verdadero panameño y que, por obra mágica, aquella carne del gracioso reptil, me hizo respirar esa esencia de ser un auténtico panameño.

Regresé a mi casa llenito y feliz de haber presenciado semejante festín de esa criatura netamente istmeña.

Esta historia continuará.

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