Supervivencia A Través del Oficio

El eccéntrico barbudo, Valle-Inclán, autor de Sonata de Estío.

El eccéntrico barbudo, Valle-Inclán, autor de Sonata de Estío.

Las vacaciones de verano se acercaban y decidí irme probando suerte con lo que yo señalaba como el “carácter Westindian”.  Como pasatiempo estuve buscando si encontraba algún taller de artesano que me recibiera de aprendíz. Así que, me fui por el vecindario en busca de algún artesano para permitir actualizarme en un oficio que fuera mi fuente de supervivencia.  Además, era justo antes de que tuviera que volver a matricularme en la secundaria y lo consideraba un tiempo bien empleado.

En aquellos días habían escasas maneras, ya sean formales o informales, que diesen oportunidades de ser aprendiz.  Pensé que si pudiese desarrollar una relación con algunos artesanos, me iría mejor en la vida.  Ya que mis  vacaciones eran cortas, buscaba algún modo de ganarme algo de dinero y, preferiblemente, dentro de mi vecindario.

De hecho, no habían ningunos programas que guiaran jóvenes como yo en materia de necesidades morales, mentales o físicas. Desde luego, mis sentimientos de abandono ya habían comenzado desde mi niñez cuando mi madre nos abandonó fríamente a sus suegros quienes eran personas a las que nunca a ella le habían gustado y a quienes a ella nunca les había importado, y en esos momentos de mi vida estuve seguro de que nunca jamas la volvería a ver o a convivir con ella.  Buscar un oficio para mi se había tornado una manera de auto-defensa.

Reflexionaba sobre los sentimientos que surgían en mi cada vez que volvía al aula del sexto grado en que me hacían sentir que era afortunado simplemente por haber sido permitido a asistir a la escuela. Llegaba a clases y me sentaba a leer una novela del español Valle-Inclán, novela que me ayudó a escapar el aburrimiento en la clase. Me sentaba a pensar sobre mi propia Sonata de Estío, en que estuve escapando de una especie de hambre, o hambruna emocional.

Cerca del fín de verano encontré otra fuente de ganar dinero en efectivo y comenzé a trabajar en una pequeña fonda. El trabajo en ese pequeño restaurante de un solo cuarto era la fonda de una amiga de mi abuela. Aunque no me parecía gran cosa, aquello de cocinar, limpiar, hornear y servirle a los comensales, sí era a lo que yo estaba acostumbrado hacer en casa.  Así, me dediqué a mis labores con energía.

La cosa fue que al llegar a casa mis tías me continuaron a irritar implacablemente por ser que yo era un varón, lo cual ellas nunca parecían respetar, ni demostraban gratitud. Nunca se mostraban agradecidas, y lo peor es que se quejaban de las cosas más mínimas que yo hacía.

Esta situación me llevó, como la mayoría de jóvenes de mi edad de quince años, a contemplar mi escape de los mismos aburridas recorridos  de verano. De hecho, buscaba actividades más organizadas que tuvieran mas valor para mi en mi vida. Anhelaba encontrar actividades sociales, culturales o recreativas que no, necesariamente, fueran de índole deportiva. Algo organizado para niños de mi edad, que me ayudara a desarrollar lo poco de bueno que todavía quedaba en mi ser. Al mismo tiempo, quería algo que proporcionara cierta satisfacción a mi alma.  Fue entonces cuando volví a encontrarme con otras religiones organizadas en el área inmediata en donde vivíamos.

Durante este tiempo mi hermana ya había huido de casa de mi abuela a vivir en Colón con mi Mamá dejándome solo para refugiarme fuera de casa en las Iglesias Beji-Nite  en sus servicios nocturnos y en la Capilla de San Miguel en la colina. 

Esta historia continúa.

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