Las Socias

Patio Rochet en 1940

Patio Rochet en 1940

En esos momentos de mi juventud los barrios pobres de la ciudad capital de Panamá se habían transformado en áreas bilingües y hasta trilingües, cuando contamos con los negros francófonos.  Fuera de las extensiones de los barrios populares que me rodeaban, yo no tenía mucha idea de los nuevos barrios hasta cuando me vi envuelto en los negocios de mi abuela y sus proyectos que le proveían algo de dinero extra mucho después de su jubilación de La Lavandería de Ancón en la cercana Zona del Canal.

Mis andanzas para mi adorada Mamí me hacían viajar a veces mas allá de los conocidos barrios a Río Abajo y Juan Diaz y áreas que antes eran bosques vírgenes a cuales llamábamos montes plenos. También viajaba solo a esos parajes exclusivos de los Negros de la Zona del canal norteamericano.

Solía visitar a las socias de mi abuela que vivían en las llamadas yards o patios ubicados en los vecindarios internos como fuera El Patio Rochet y Patio Pinel. A menudo yo aparecía como visitante primerizo en algún cuarto o apartamento tanto a depositar como a recoger algún paquete de una de las señoras, damas que muchas veces solo me hablaban en Español. En estas visitas me topaba un sin número de veces con señoras nativas del interior del país o las que, por su acento, revelaban sus orígenes extranjeros como las de las islas del caribe francés.

Recuerdo claramente el momento en que conocí a aquella Señora, a la cual de inmediato identifique como la autora de esas deliciosas frituras que conocíamos como el “Patí.” Aquel día, confieso, me hizo recordar las noches en que observaba largas líneas de personas, muchas que venían de lejos de otros barrios, esperando pacientemente a ser despachados con sus empanadas rellenas en mano. Nosotros, los Afro Antillanos, las conocíamos como las deliciosas “Patty.”

Aquella mujer me llegó a salvar en varias ocasiones del insistente hambre cuando,  al pasar cerca de su oloroso puesto callejero, me detenía a pagar los diez centavitos por uno de sus deliciosos trozos de Ambrosía- manjar de los Dioses. La delicada hojaldre empatada con la rica salsa agregada al pequeño relleno de carne me había convertido en otro de sus clientes empedernidos.

Se llamaba Del Marie y ella se me había presentado de la misma forma de muchas de las socias del Susú de mi abuela. No tenía más que decirme mi abuela y yo obedecía inmediatamente. “Tu vete allá arriba de la Loma de San Miguel y búscate en el segundo piso al cuarto numero 245”, me decía, “Estoy segura de que la encontrarás”. Luego, me confirmaba el mandado diciéndome, “Hazme el favor de llevarle este paquete. Ella se llama Del Marie y sabrá de qué se trata”.

En ese primer viaje cuando la encontré, la reconocí inmediatamente ya que era la famosa e industriosa Señora morena que vendía empanadas fritas en un kiosko que alguien le había construido en la esquina de la Calle “P” y La Avenida Central.

Esta historia continúa.

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