Un Carácter Impecable

Imagen gracias a NASA

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Ese incidente que involucró a la policía y a mi vecina Doña Dora había dejado una profunda huella en mi psiquis; tanto así que yo estaba esperando otro ataque a manos de mi padre, sólo que esta vez yo estaba dispuesto a luchar con él por mi vida a toda costa.

Resultó, sin embargo, que yo no tendría que recurrir a acciones que pudieran estropear lo que yo realmente consideraba como plan oculto a esa temprana edad- algo que podría haber sido nefasto para mi padre y para mi.   Así que, aquel individuo que se había declarado mi padre y el que yo siempre conocí como el hombre del ceño fruncido, aquel a quien nunca pude conocer desde mi infancia, no llegó a figurar en esta última experiencia mía.   A la hora de la hora mi padre ya ni se encontraba con nosotros.  La vida, sin embargo, continuaría como de costumbre para el mayor de los Cobert.

Uno de mis claros recuerdos de los comienzos de ese proceso de disociación de ese señor sería de niño estando yo sentado a su lado en el asiento delantero de su automóvil.  Solía comenzar sus intimidaciones psicológicas, como de costumbre, actuando como si estuviera viajando con un varón ya adulto, o con un perfecto desconocido.   “Tú deberías agradecerle a las estrellas que yo no tuve que ir allí a la estación de policía a recogerte”, dijo de manera amenazadora mientras maniobraba  el vehículo a través del tráfico.

Era uno de muchos viajes que terminaría con ambos, padre e hijo sentado en una sala de espera de del tribunal nocturno por acuerdos del divorcio que parecían durar una eternidad. De hecho, aquello ya era rutina, algo que mi padre había estado haciendo conmigo desde que el divorcio entre el y mi Mamá se había hecho real.

Todo ese tiempo que pasábamos juntos, mi padre, Cobert, se mostraba reacio a dar explicaciones algunas a su hijo mayor,  de modo que normalmente yo permanecía ante él  en un actitud pasivo.  En todo caso, la paciencia me traería beneficios ya que mi padre habría de ausentarse de mi vida ese mismo año en curso.  Un gran alivio para mí.  Pero, en esos momentos del desafortunado encuentro con los policías, yo estaría  orando llegar a ser mayor de edad para librarme de él y de todos de mi  familia.

Desarrollar una reputación un carácter intachable, claro y limpio, se había convertido en una cuestión de gran importancia para mí después de aquel traumatizante incidente con los policías .  Yo había empezado a sentir una gran presión de querer ser diferente a mis progenitores; ser diferente a toda mi raza Westindian. Seguro que no era que yo no amaba a mi abuela paterna o a mis tías, porque si las quería.  Pero, tenía suficientes pruebas para creer que ellos no tenían esa fuerza y no estarían preparados para ser de ayuda alguna para mí en el futuro.

Ya, en esos momentos de mi vida, había desarrollado la habilidad de percibir mas allá en el carácter de las personas, y los encontraba faltos en algunos aspectos importantes de la vida. Los encontraba débiles, y razonaba que eran de carácter inmoral con disposiciones a aceptar la crueldad.  Razonaba yo  que ellos, los miembros de mi familia, serian los últimos en reconocer que yo tenía suficiente experiencia y la inteligencia para que ellos me dieran el crédito correspondiente.

Vivíamos los tiempos en que un carácter claro y limpio era algo imprescindible para poder ganar el respeto de todo nuestro entorno social.   Habían pasado décadas en que nosotros, los jóvenes Westindian en Panamá, habíamos sido ridiculizados, menospreciados e, generalmente, juzgado nuestras diferencias raciales y culturales de parte de nuestros conciudadanos panameños.  Todavía en las páginas del periódico Panama Tribune  se encontraban las denuncias en contra de la prensa panameña en su uso de los términos denigrantes como “Meco” y “Chombo” en sus titulares refiriéndose a nosotros los Westindian.

Esta historia continuará.

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