Mi Sonata de Estío

Pio Barroja, doctor, escritor y poeta español.  Aquí lovemos en su casa en Itzea.  Imagen.

Ramón del Valle Inclán, autor de la novela Sonata de Estío, me salvó ese verano del aburrimiento.  Pio Barroja, doctor, escritor y poeta español, sin embargo, era mi favorito de la Generación del 1898. Aquí lo vemos en su casa en Itzea. Imagen.

Aquel verano estuve dispuesto a encontrar las posibilidades que me ayudarían de medios de supervivencia. Evaluaba todo lo que, hasta esos momentos de mi vida, me hacía igual a los miles de una juventud panameña que llegaban a la edad adulta en esos barrios bajos de Panamá.

Mi percepción me decía que ya nos había alcanzado la era de modernidad y nos encontrábamos atascados en una etapa de niñez soñadora, aun adormecida, y soñando sobrevivir hasta poder educarnos más allá del nivel primario o secundario, a ser personas que se encargarían de la crianza de las próximas generaciones de “panameños”.

Además, la vida hasta esos momentos de la pos- guerra mundial, estaba llena  de rechazos. Yo, al igual que muchos jóvenes de la etnia Westindian de Panamá  percibíamos ese rechazo que nos perseguía hasta en el nido en que yacíamos las noches en nuestros hogares.  Como las aves salvajes, eramos como los pichones a quienes sus padres no intentaban enseñarles ese arte de volar lejos.  Yo razonaba que nuestras alas habían sido cortadas desde el nido.

Envidiando a esas grandes bandadas de aves que llenaban el cielo panameño con su color, ruido y variedad junto a las mariposas que llegaban por temporadas a visitarnos, yo anhelaba aprender, como ellos,  a volar y escapar de mis padres.  Ellos, me decía yo,  tenían mejores posibilidades que nosotros los jóvenes Westindian de la pos-guerra. Tendría que aprender un oficio, me decía, pensando que hasta los pichones de halcones tenían mejor futuro que yo.

Durante ese verano de 1947, en una tarde en conversación con la abuela, le pedí que fuese a conversar con unos Señores que tenían un taller de tapicería y auto-mecánica, y que estaban ubicados al final de la Calle Mariano Arosemena, no muy lejos de donde vivíamos. Recuerdo haberla instruido en cómo hablarle a esos Señores.  “Dile que me dejen ayudarles en los talleres tan solo para serles útil, y así aprenderé algún oficio”, le dije ingenuamente.  Al llegar a esos talleres descubro que aquellos Señores le arrendaban esos espacios a unos Señores Italianos quienes eran los verdaderos dueños de los espacios.

De hecho, ese verano  el Señor del taller de Tapicería casi no tenía trabajo, y entrando al otro lugar tuve la suerte de que me aceptaran como aprendiz del Maestro Reggie, un mecánico y  aficionado de los motores de motocicletas.  En aquellos tiempos muy pocos individuos en Panamá poseían motores de esa clase, pero me fue muy bien en ese taller ya que en ese sitio tenían bastante clientela por ser uno de los pocos lugares que se especializaba en motos.

Pude ver mis primeros ganados dolares Americanos ese año antes de las Pascuas que es muy celebrada por las gente Westindian de Panamá.  No obstante, en ese trabajo pude reflexionar cómo mis padres poseían varias maquinas de coser tanto industriales como regulares, y que nunca mostraron la gentileza de enseñarnos, sus hijos, como usarlas.  De todos modos,  el cielo abriría los canales de la oportunidad para mi, y eso entre gente totalmente desconocida.

Esta historia continuará.

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