La Señora, Mi Arcángel

San Miguel Arcángel Imágen gracias a Prayerhouse

San Miguel Arcángel
Imagen gracias a Prayerhouse

Firmemente sostenido entre los dos policías que seguían girando sus toletes esperando tranquilamente que llegara la patrulla para arrastrarme a la cárcel, fuimos revisados por los estudiantes que regresaban a la escuela para la sesión nocturna de clases. Sintiéndome impotente, de pronto me di cuenta de que mis súplicas de inocencia no estaban atrayendo la atención que yo deseaba. Una vez más, parecía como si yo estaba siendo injustamente juzgado y condenado por algo que yo ni idea tenía. 

Copiosas lágrimas corrían por mi cara bañando mi rostro atribulado. Vi a un grupo de chicos que conocía y otros que no conocía; se detuvieron, demorándose un poco en simpatía conmigo pero, pronto resumen su paso dejándome llorando en las garras de los dos policías.

Mi único pensamiento en ese momento fue que mi familia tendría toda la razón en dejar que mi padre me maltratara una vez que la noticia de este encuentro con la ley volviera a ellos. Desesperado, busqué la ayuda de mi gente Westindian quienes seguían observando la escena desde sus balcones con la esperanza de que al menos algunos de ellos que me conocían de chico darían el primer paso para defenderme y dar fe de mi honestidad.

La prima de mi madre, Vi, permaneció estoicamente fija en su percha perenne. Continué mirándola para ver si ella reaccionaba con algún tipo de apoyo, sin embargo, permaneció inmóvil y aparentemente impasible a mis agitados gritos. Los tres de nosotros ahora permanecíamos en esa esquina por lo que me pareció una eternidad y la desesperación comenzó a clamar en mi estómago, donde una vez los gruñidos de hambre habían protestado.

De repente, a través de mis lágrimas, la vi venir intentando cruzar la calle. Calmada y muy determinada se dirigió directamente a los dos jóvenes policías y su cautivo. Dado que los policías dieron toda indicación de que no la conocían y, por lo tanto, nadie en el barrio tampoco, ellos no se movieron en reconocimiento. De hecho, era la primera vez que yo la había visto en la calle al aparecerse así tan repentinamente. Sin embargo, la reconocí como una de mis vecinas que me había conocido desde la edad de siete años cuando vine a residir al lado de su familia.

Era una escena extraña y aún no sabía lo que La Señora intentaba hacer mientras cruzaba la calle deliberadamente dirigiéndose hacia nosotros. Era una mujer alta, y generalmente grande que casi no hablaba con nadie en el barrio. Incluso con sus propios hijos siempre la observé hablando solo en voz dulce y muy suave, apenas audible. Al acercarse a los dos oficiales me di cuenta de que su pelo rojo estaba bien arreglado y contrastaba con su piel blanca y pálida. Ella había empezado a decir algo que no pude oír hasta que ella se acercó.

De pronto, y muy notablemente para mí, los dos policías se cuadraron ante ella y la saludaron como si hubieran visto a un militar de alto rango. Para mí, sin embargo, fue la aparición de mi Arcángel, Doña Dora, quien tenía autoridad en el cielo.

Los policías permanecieron rígidamente en posición después de haberla saludado y todo lo que pudieron decir fue, “Sí señora … A sus ordenes, Señora!” a todo lo que ella les estaba diciendo. Estaban paralizados ante esta mujer como si ella tuviera algún tipo de control sobre ellos. La Señora entonces me hizo una seña mientras ella le dice a la policía, “Voy a hacerse cargo de él; él es un buen niño. ¡Sígueme Junior!”

Me moví rápida y obedientemente a las señas de la dama y permanecí a su lado hasta que ella terminó de hablar con los policías que aun permanecían inmóviles y deferentes mientras escuchaban cada palabra suya. Oí a mi ángel de la guarda suavemente reiterando a la policía, “Él es un muy buen chico. Sé que están equivocados.” Finalmente y en unísono ellos le dicen, “¡Sí señora!” Doña Dora luego da la vuelta y acercándose a mí, me toca la cara suavemente como para decirme, “Ya no llores más”.

Había sido un día memorable para mí y me había demostrado que mi Madre Santísima, la Virgen María, se había materializado en forma de una vecina que había llegado a mi rescate.. Siempre había admirado a esa mujer, la madre dedicada de mis compañeros de juego, Xenelia y Donaldo, pero nunca la había oído hablar más allá de un susurro. Conocía a mis vecinos del apartamento de al lado como personas que habían escapado de la dictadura de Nicaragua y que se habían venido a vivir en el edificio Magnolia sólo un poco antes de que nosotros llegáramos a vivir con mi abuela.

Esto, sin embargo, no sería la última vez que iba a tener que lamentar que una de mis acciones tocara esa familia.

Esta historia continuará.

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