Preludio de un Cuento de Terror

Una moneda de diez americana- Dime.  Imagen gracias a coinflation.com

Una moneda de diez americana- Dime. Imagen gracias a coinflation.com

Como un adolescente en ciernes yo estaba a punto de terminar la escuela primaria y mis virtudes recién descubiertas de paciencia y la capacidad de mostrar emociones de bienestar, aunque sólo en la superficie, había fomentado un carácter mucho más analítico. Al reflexionar sobre la vida como la conocía también había desarrollado mucha cautela hacia tanto a mi familia como a la comunidad en que vivía. Lo cierto es que a la edad de once años se me hacía difícil confiarme de nadie.

Lo que estoy a punto de relatar me pasó en un momento en que el clima político había llegado a un punto bajo y adverso para la comunidad Westindian en general. El panameñismo del entonces presidente Arnulfo Arias Madrid había afectado al clima social de nuestro país con su marcada actitud de “limpieza étnica”, (ethnic cleansing) de manera que toda la comunidad de color de Calidonia parecía sentir la tensión. El incidente me tocó vivir, a temprana edad, el tipo de ansiedad que mis padres, mis tíos y mis abuelos habían vivido en el pasado como niños Westindian de los barrios.

Las dificultades económicas que muchos de los Westindian habían sufrido desde finales de la década de los 1920 parecían estar todavía presentes en la descendencia de los miembros del Silver Roll de Panamá. La necesidad económica era tal que muchos niños pequeños se encontraban obligados a permanecer en casa solos, encerrados en pequeñas habitaciones, más o menos secuestrados, hasta que sus padres regresaran a casa del trabajo de la Zona del Canal.

En aquellos días, la jornada escolar se extendía desde las 8 AM hasta las 4 PM. A veces a los estudiantes se les permitía salir antes del mediodía para ir a sus casas a almorzar para entonces regresar a la 1 PM para asistir a clases hasta las 4 PM. Esto, por cierto, no se hace en las escuelas públicas de Panamá de hoy, con lo que la jornada escolar es más corta.

En este día en particular yo estaba en mi habitual burbujeante estado de ánimo y había llegado a casa a buscar algo para picar. Mi abuela no se había jubilado aún y mis tías y mi padre estaban todos fuera de la casa trabajando en la cercana Zona del Canal.

Solito en ese apartamento de dos habitaciones buscaba algo para comer, pero no encontraba ni un bocado. De hecho, rebusqué la hielera, la cual yo siempre mantenía suplida con pequeños bloques de hielo de la cercana planta de hielo, pero no pude encontrar nada allí tampoco; ni siquiera un trozo de pan. Por un momento pensé en freír un poco de “Bakes“, o como le dirían hoy, hojaldras, con un poco de té de hierbas, pero no tuve suerte, ya que ni harina había.

Mirando por la ventana trasera del apartamento número 44 en nuestro bloque de viviendas en el Edificio Magnolia miré hacia abajo en la calle que se llenaba de niños en frente de la tienda de los chinos en la esquina de la Calle “P” con la calle Mariano Arosemena.

Observaba a todos los niños de mi edad que se juntaban para comprar algo de comer y el movimiento de la multitud me decía que era la sesión de la tarde en la escuela, y me sentí atraído a ellos. Sin pensarlo más, distraídamente pasé la mano izquierda por el bolsillo lateral de mis pantalones cortos y, para mi sorpresa, saqué una moneda de diez centavos americanos, lo que me hizo muy feliz.

Con este fortuito hallazgo salí corriendo del apartamento con la idea de obtener algo de comer con mi moneda. “Una rebanada de mortadela y una micha”, me decía ya que, en ese momento, cinco centavos compraba una micha de un tamaño generoso .  Me apuré por las escaleras deslizándome por el pasamanos hasta llegar a la planta baja aterrizando por debajo de los escalones como todo un experto.

Esta historia continuará.

Comments are closed.