¡La Policia Agarró a Juni!

Estando ya en la acera saludé a algunos de mis amigos de la escuela que pasaban y me uní al grupo de pelaos al caminar hacia mi destino, la tienda del Chinito. Antes de poder cruzar la calle todos nosotros nos detuvimos a charlar un rato.

Estando yo en medio de esos niños,  de pronto estaba consciente de que estaba siendo observado con ojos escrutadores. Cuando levanté la vista vi a dos policías de pie en la esquina detrás de nuestro grupito revoleando sus garrotes.

Uno de ellos, seguramente, tenía sus ojos clavados en mí. A esas alturas de mi corta vida, yo había adquirido el suficiente sentido común para desviar la mirar hacia otro lado de la cuadra cuando nuestros ojos se encuentran. A pesar de las miradas de este oficial, yo no tenía miedo, puesto que no había hecho nada malo. En ese momento el grupo repentinamente comienza a cruzar la calle, pero antes de que pudiéramos todos cruzar, el policía que me había señalado a mí se acercó y me agarró por el brazo derecho por encima del codo.

“Tu veras ahora en cuanto llegue la patrulla y te llevamos por faltarle el respeto a la autoridad “, dijo el oficial sujetándome firmemente por el brazo; ya me empezaba a doler. “¡Yo no he hecho nada de eso. Déjame ir! “, protesté yo. Pero, ahora ambos oficiales fueron arrastrándome por la calle a la vista de todos los niños que ahora estaban alarmados por lo que estaba sucediendo. Y es que el espectáculo era muy aterrador: dos policías arrastrando a un niño asustado y llorando enfrente de todos los vecinos; la gente que me conocía desde muy pequeño ahora estaban boquiabiertos, como si estuvieran presenciando algo que le sucedía a un completo desconocido.

Allí me quedé aprisionado esperando la patrulla, mientras que escuché a los vecinos en sus balcones diciendo en voz alta, “La policía agarró a Juni!” En ese momento sentía terror y pedí ayuda a gritos, mientras que al mismo tiempo trataba de convencer a los funcionarios que, en realidad, no tenía razón de ser irrespetuoso con ellos. “Ni siquiera te conozco”, murmuré en voz alta.

Mis gritos y protestas a los otros niños que me acompañaban al parecer tuvieron algún efecto ya que todos ellos respondieron diciendo, “¡Solo estábamos hablando. No lo vimos hacer nada!” Nuevamente, dirigí la mirada a la gente que se asomaban por sus balcones en el Edificio Magnolia y desde todos los edificios de tabla que lo rodeaban, como los preocupados e impotentes vecinos se reunían para ver la causa de todo el alboroto.

Sin embargo, allí permanecíamos los tres en la esquina de Mariano Arosemena y Calle “P”, justo en frente de la “Cantina Nueva Gloria“, muy conocida por su clientela Westindian. A estas alturas los dos policías y su juvenil preso estaban rodeados de compasivos niños del barrio. Algunos de ellos, que habían considerado el incidente injusto, partieron tristemente para llegar a tiempo a su tanda escolar de la tarde.

Sintiéndome solo y llorando abundantemente me sentí, además, abandonado como si mis súplicas de inocencia fueran completamente ignoradas. Incluso, en esas circunstancias extremas, me di cuenta de cómo la gente del barrio en el que yo había crecido, se tornaba pasiva y sacrificaban su derecho a su propia defensa.

Nadie, absolutamente nadie, entre la multitud de personas que me conocieron toda mi vida, bajó de su refugio en los balcones para investigar; ni siquiera mi tía Viola, la prima de mi madre. Un poco molesto, recordaba a Vi y como ella había siempre sido una figura habitual en su balcón en el barrio de San Miguel desde que yo era un bebé. Sin embargo, ella no movió ni siquiera un músculo para rescatarme.

Esta historia continuará.

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