A Los Pies de la Abuela

Jesús lavando los pies a los Apóstoles.

No recuerdo el por qué, pero decidí que ese viernes que yo iba a dedicarme a mis deberes en casa y, para lograr todo eso, trataría de llegar a casa antes de la abuela. Hice todo lo posible para encontrarme con ella en su empleo, no afuera sino adentro, antes de que ella saliera del trabajo en la Lavandería de Ancón, que no quedaba muy lejos de casa para acompañarle caminando a casa juntos.

Ya que la abuela no era persona que se podría describir como muy comunicativa, ese viernes casi de noche decidí que era mi hora para arrinconarla y extraerle conversación acerca de nuestra historia familiar.  Había sido un tema que  anhelaba conocer más de cerca. A los principios de la conversación ella actuaba como quien no quería que le recordara esas cosas, pero yo persistía en sentarla y, con mucha paciencia, empezaba ese ritual de estar cuidando de sus pies que era algo que ella necesitaba.

Me había enterado de que ella permanecía casi todo el día de pie en su trabajo hasta llegar a casa. Bueno, con mucha atención le preparaba una palangana llena de agua tibia. Inspeccionándole los pies, notaba como los tenía muy maltratados al estar en sus diferentes labores de la lavandería por todos esos años. En esos momentos sus labores eran en rotativas y ella laboraba en el área de las planchadoras.

Ella sentada y yo a sus pies, colocaba un pie y luego el otro en la palangana con agua tibia para remojarlas antes de bañarselos mientras ella leía a veces en voz alta uno de sus periódicos favoritos con fecha del día domingo. Ese semanario era The Panama Tribune, uno de los únicos periódicos en el idioma Inglés dirigido a nuestra etnia en todo Centro América publicado en Panamá. El Tribune expresaba para sus lectores Antillanos el acontecer de sus comunidades.

A pesar de que yo tenía solo diez años de edad, yo trataba de conocer todo acerca de los “Westindian” como ellos se identificaban, lo cual me parecía muy importante. Tenía muy buena memoria y almacenaba cosas en mi banco de memoria para el día en que yo pudiera plasmarlo todo en mi libro a escribir. Al menos, en mi imaginación de infante era lo que pensaba. Sin embargo, tendría que esperar a que llegara la era de la tecnología del amanecer de nuestro siglo 21, antes de que estas historias pudieran ser leídas en la prensa del Internet.

Entre tanto de aquellos entonces del año de 1946, yo tenía ideas que callaba por considerarlas extrañas, aunque persistía creyendo que estuve viviendo momentos especiales de la historia y que, a pesar de lo que ocurría entre gentes de mi comunidad “Westindian,” reconocía que nuestros tiempos aún no habían “llegado” a buen puerto, pero que yo debería, sin embargo, estar dispuesto a grabarlo todo y publicarlo.

Esta historia continuará.

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