La Iglesia

Uno de los demonios colgando de las paredes de la iglesia.  Imagen.

Uno de los demonios colgando de las paredes de la iglesia. Imagen.

Fue en una de esas noches, sentado en una silla al lado de mi abuela cuando asistíamos a lo que fuera mi primera experiencia de cualquier tipo de educación espiritual en una iglesia, que yo comencé a captar algunos preceptos espirituales. Fue una de esas reuniones de la iglesia evangélica a las que a mi abuela le encantaba visitar.

Digo “visitar”, ya que ella fue siempre cuidadosa de involucrarse con iglesias “organizadas” y prefirió visitar las diversas expresiones de la Religión Cristiana y otras que no eran convencionales, como las iglesias “caseras monteses”, de las que voy a explicar más tarde.

No podía esa noche dejar de sentirme literalmente agobiado por las recientes golpizas recibidas a manos de mi padre pero me detuve a observar todo a mis alrededores. Sin embargo, esa noche estuve pensativo sobre el por qué estaba allí y de repente me negaba a participar y siquiera escuchar a uno del que mi abuelo maternal recordaba como el “hombre blanco maldito,” ya que el que estaba hablando desde el podio era un predicador evangélico de raza blanca. Y todo el tiempo me estuve recordando a mi hermana Aminta, quien también estaba presente, siendo la única niña, y como recurría en busca de consuelo. “¿Que clase de Cristianos son estos?”, pensaba yo mientras observaba a mi abuela. “¿Esta era la misma persona quien estuvo presente sin decir palabra alguna contra el maltrato de un niño, mientras el bruto de mi padre llegaba y nos maltrataba en casa”?

Eran momentos de nuestras vidas en que nos consideraban “enemigos” contra la familia, e incluso nos insultaban etiquetándonos en conversaciones entre ellas como “serpientes escondidas en la hierba” snakes in the grass, y yo el único varón en un hogar llena de mujeres. Para esos entonces debió haber sido más de dos años que sufríamos ese tipo de tratamiento sin tregua, desde los momentos que nuestra madre nos había abandonado a un padre abusivo y sus familiares quienes parecían ser igualmente de crueles y odiosos.

“El enemigo”, estuve pensando mientras observaba unas imágenes de algo dibujado en las paredes del altar de esa iglesia; parecían demonios, unas figuras extrañas que colgaban de esas paredes. Mientras escuchaba al reverendo no podía mas que pensar, “ese no es el hombre blanco maldito, sino mi propia familia”.  Fue en ese momento que empecé a notar un cambio en mi pequeña hermana Aminta, ella que era el otro testigo del maltrato físico, emocional y mental que estábamos recibiendo a manos de nuestra joven tía a diario.

Observaba detenidamente a mi hermanita y me parecía, de pronto, que ella era la más astuta entre los dos viéndola allí sentada tranquila y contemplativa al lado de mi abuela. Ella me parecía estar independizándose,de hecho, previendo más delante el día en que seríamos separados eternamente el uno del otro por el destino. Entre tanto, era algo doloroso como ella mostraba señales de estar emocionalmente perdida al no haberse recuperado del reciente divorcio de nuestros padres y no haber recibido palabras de consuelo de los adultos. Todos los que nos conocían nos habían abandonado y nos sentíamos completamente solos.

Así, pues, nos sentíamos perdidos sin poder contar con el otro por la ayuda en esa carrera por la madurez y la libertad. A esa temprana edad yo notaba nuestro aislamiento pronunciado en que, incluso, se habían fijado nuestros vecinos quienes nos catalogaban como “pajaritos caseros”, ya que pasábamos la mayor parte de nuestros días confinados a la habitación que se había convertido en nuestra celda en esa prisión que conocíamos como el Edificio Magnolia; y, como prisioneros que eramos, nos fuimos separando gradualmente sintiendo miedo hasta de hablar de la libertad por mucho que lo anheláramos.

Esta historia continuará.

8 responses to “La Iglesia

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