El Católico

La Virgen de la gruta de la Iglesia del Cristo Rey me traía tanta paz de niño.

La Virgen de la gruta de la Iglesia del Cristo Rey me traía tanta paz de niño.

Desde las primeras terribles experiencias con ese lado paterno de nuestro  árbol genealógico con sus funesto estilo de crianza de niños, inevitablemente desarrolle sentimientos de indiferencia para con ellos,  y hasta deseaba con todo mi ser verme separado de todos de esa primera generación de mi raza Westindian. Las crueles golpizas de las cuales mi padre había hecho llover sobre mi persona, iba a llegar a ser tan solo la introducción a nocivos y continuos sentimientos de estar desprotegido. Razonaba yo en esos tiempos que aquel  divorcio entre mis padres había generado tales tratamientos desde el principio y que luego había provocado esa crudeza de propinarme palizas; a  insistencia de mi joven Tía Gwendolyn.

Durante los casi dos años ee tiempo que pasamos encerrados en  casa antes de entrar a la Spanish School, yo había tratado de encontrar alguna señal de simpatía o compasión en mi padre.  Pero, el comportamiento de esos adultos que nos rodeaban en esos momento era algo que jamàs he podido entender.

El comportamiento de mi padre y los golpes con la correa de cuero de zapatero me desconcertaron de tal manera que, hasta el sol de hoy, me ha quedado un crudo recuerdo y, de no ser por las incógnitas que pude investigar durantes  mis estudios universitarios décadas mas tarde, aquello quedarían como un gran misterio. Comprendí sinembargo que hubo una similar falta de sentido de  humanidad en esa sistemática forma de controlar a las personas al estudiar la esclavitud negra en mis estudios Universitarios.

Esas despiadadas palizas no serían las únicas formas de control que mi padre utilizaría para “disciplinarme”.  Incluso, hasta me había distanciado emocionalmente de mi querida abuela por un tiempo, ya que, en secreto, la acusaba de no tener fortaleza moral para detener  maltrato hacia nosotros, quienes tan solo eramos niños. Los recuerdos de sentirme  golpeado  en la espalda, con un cable de plancha eléctrica,  que me había hecho sangrar de espalda y cuello, para mí nunca siban a borrarse de mi memoria.

Ese comportamiento aberrante y brutal,  de un hombre adulto y mucho mayor que yo, me parecía verlo estando derivar placer al marcar la espalda y piernas de un pequeño y indefenso niño.  Reveladores eran esos  sangrientos latigazos, que iban a marcar muchísimo a un varon.  Incluso hoy en día, cuando casualmente me froto la frente todavía puedo sentir la desvanecida cicatriz de una de las antiguas heridas propinada por un hombre furioso. De hecho, hoy yo apoyo activamente a todos los programas o causas relacionadas con la prevención del abuso infantil.

Para ese año de 1945, yo, como joven y individuo, había desarrollado manera de ver la  insensibilidad  hacia esas personas a quienes estábamos en su cargo. Mis esperanzas, sin embargo, se habian tornado  hacia la religión, y fue religión de la cual mi parientes en casa desconocían completamente, y fue ese tiempo en que yo entraria a estar en la escuela.

Ese año, la maestra de religión en la escuela primaria comienza a impartir clases de catecismo, e iniciándome en la religión de mi secreta elección, que era el catolicismo. En mis excursiones a solas a la gruta de la Virgen María que quedaba cerca en la parte de atrás de La Iglesia de Cristo Rey en el exclusivo y cercano barrio de Bella Vista,  siempre me habían dejado con un sentimiento de bienestar,  una sensación de que yo estuve siempre bienvenido allí.

Esta historia continúa.

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