Un Breve Regreso a Nuestras Raíces

Preservo esta foto de ese día memorable en 1944. Mi hermana Aminta está de pie, Earnie a su lado y yo de rodillas.

Llega, precisamente, el día en que visitaríamos a nuestra madre, a los abuelos, mis tías y mi hermanito Earnie en Colón. Sería nuestra primera y única visita supervisada con nuestra madre después de las tormentosas experiencias del divorcio, tiempos en que los ánimos se habían apaciguado. Mi padre nos traslada, pues, en su auto Studebaker con cámara fotográfica en mano a Colón a visitar a nuestra madre.

Esperanzado, yo no podía esperar el momento en que nos reconectaríamos con nuestros abuelos del lado maternal. Además, podríamos asegurarnos de que nuestro hermanito estaría bien. Prometía ser un día memorable para mí en especial. Sentado en el Studebaker, me encontraba mentalmente con mi abuela, entre sus brazos cariñosos, añorando esos abuelos como un viejo árbol acogedor y familiar, quienes siempre estarían en un gran y tranquilo bosque de la vida.

Mis jóvenes tías, aun solteras, se comportaban como si nosotros aun estábamos con ellas ya que fuimos sus primeros sobrinos y los primeros de la segunda generación, y los que las convertimos en tías. Al llegar al ramo maternal ese día ellas estaban felices de vernos nuevamente, en especial a su sobrina Aminta, y sin que los supiéramos ellas nos seguirían de vuelta a Panamá para ver en donde estábamos viviendo para ellas poder volver a visitarnos. Sin embargo, en mi concepto jamás estuvimos bien sin ellas, aunque ellas no parecían comprender.

Esa visita a la costa Atlántica aunque me daría muchos recuerdos bonitos, igual resultaría una de las más dolorosas por una desagradable experiencia que ocurrió al verme frente a frente con la cruda y violenta realidad de nuestro entorno social de ese día. Sucede que disfrutaba de la compañía de mi pequeño hermano Earnie puesto que mi padre había traído un pequeño triciclo de regalo para el chiquillo, un juguete que él todavía no podía maniobrar con seguridad. Así que, yo inmediatamente me dirijo con él al Parque Meléndez que estuvo en frente de la casa de mis abuelos, para disfrutar del juguete.

Pasamos la mayor parte del día con una u otras de nuestras tías quienes nos supervisaban estando cerca en el parque. Yo me apoyaba detrás del Earnie en el triciclo con él sentado en el asiento como si él estuviera guiando. Mientras dábamos vueltas en el nuevo juguete, disfrutando del paseo, de pronto un sujeto llega a sentarse en uno de los bancos cercanos con la mirada puesta en nosotros. Yo fingía no estar al tanto del tipejo de mayoría de edad, aunque no pude evitar verle la mirada de malicia en el rostro.

Confiado, yo sigo montando detrás de mi hermanito cuando, de pronto, siento un golpe en la cabeza que me dejó aturdido y noté que nos habíamos volteado del triciclo. En el suelo y todavía aturdido grité para alertar a la familia de lo que había ocurrido. Alzando la mirada desconcertada observo desde el suelo en que quedé tirado que el gigantesco personaje de facciones latinas me propina una patada además y luego da a la fuga cruzando la calle hacía un callejón cercano para desaparecerse.

Finalmente me las arreglo para levantarme y llegar adonde el pequeño Earnie. En ese momento llegan mis tías corriendo diciéndome, “¡O, Juni, ¿qué pasó?” Antes de abrir la boca yo pensé que de nada serviría contarles a ellas lo que había ocurrido. Pues, ¿de qué serviría hablarles de alguien a quien yo no conocía y que, además, había cobardemente desaparecido después de atacar a dos indefensos niños pequeños sin ninguna aparente razón?

Entre tanto, sobreviví ese ataque físico, pero nunca olvidaría ese aspecto malévolo que produce la envidia en la cara de ese acosador racista quien se atrevió a abusar de niños pequeños quienes solo se divertían con un nuevo juguete en un hermoso día.

Esta historia continúa.

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