
Desde los tiempos de la construcción del Canal de Panamá mis antepasados vivían condiciones paupérrimas.
A lo largo de las luchas sociales y económicas que intentaban mantener un poco de estabilidad dentro del patrimonio que nos habían dejado nuestros antepasados, nosotros el pueblo Silver Roll seguíamos sufriendo como si la culpa hubiera sido nuestra que fuéramos reducidos a una pequeña habitación en algún apretado barrio de Panamá.
Pauperizados, la comunidad podría contraatacar de cualquier forma, si la agresión pasiva cuenta, y los hicieron a su manera.
De niño experimentaba las dificultades de estar bajo la tutela de padres que dependían de la Zona del Canal Silver Roll. El abuso y descuido infantil producido por esta situación laboral y sus efectos en nuestras familias duraría mucho después de la llegada a nuestra adultez.
¡Como deseaba que el dolor del pasado abriera los ojos de mis padres! ¿Como hacerles ver, como padres Westindian, la riqueza que nuestro Dios nos había dado en un Panamá abundante con tierra y patrimonio que todos podríamos tener? No me podría imaginar, en mi ingenuidad infantil, que nuestra tierra prometida estaba cargada de las mismas mezquinas leyes de rechazo en contra de los negros antillanos.
El maltrato que mi hermana Aminta y yo sufrimos se manifestaría en nuestra constante batalla con el hambre. Estábamos hambrientos no sólo por la alimentación básica para nuestros crecientes cuerpos sino por el simple calor maternal y la tierna crianza. El hambre nos acechaba a diario y sabíamos que, tristemente, no podíamos contar con nuestra madre para alimentarnos ni práctica ni síquicamente.
Pareciera que nuestra madre detestaba sus obligaciones maternales y atender a los pequeños quehaceres de nuestro estrechísimo espacio en una habitación que servía de dormitorio, comedor y cocina, era demasiado pedir de ella.
Me encargué de aprender todo lo que pudiera y, de alguna manera, hacer mi madre entender que nosotros éramos sus primeros aliados. Me propuse aprender a leer y escribir ya que recordé que mi abuelo materno, Seymour, nos leía a mi Naní y a mí todo el tiempo que viví con ellos en Colón. En esos momentos él nos reunía como su familia para compartir las noticias del día.
Tal vez yo pudiera emplear este mismo vehículo para unir a nuestra pequeña y asediada familia.
Esta historia continúa.
