La Muerte en el Barrio

 

Normalmente los días que siguen esa fatídica fecha del 20 de diciembre en que nuestra pequeña y pacífica República fue invadida por las fuerzas militares Norteamericanas, se convierten en una especie de retorno al Alzheimer colectivo- franco olvido de las miles de víctimas inocentes de aquel cruel ataque. 

Sin embargo, en este espacio pausamos para preservar la memoria de todos aquellos paisanos y sus familiares, sobretodo los hermanos del Chorrillo y nuestros honorables ancestros del Silver Roll, y le ofrecemos su merecido respeto y pésame ante Nuestro Diós.  Confiamos en La Justicia Divina que nunca falla, nunca se vende,  y que cumple su promesa “yo soy el que escudriña la mente y el corazón; y os daré a cada uno según vuestras obras”. (Apocalipsis 2:23)

La muerte de mi hermana Lidia fue la primera muerte que yo presenciaría personalmente aunque por ese mismo tiempo sería testigo de la muerte de una vecina que nosotros conocíamos como Maye, pariente de nuestra habitual compañerita de juego, Osiris.  

En ese mismo edificio en que vivíamos todos tendríamos la lamentable experiencia de presenciar la muerte de varios adolescentes antes de mi décimo cumpleaños.  

Aun mas lamentable sería como nuestros padres nos dejaron parados en la acera como seres extraños, con los restos de la niña en el automóvil de mi papá para regresar mas tarde con un amigo conduciendo su automóvil. El hombre que conocíamos como “Mocho Hunt” apareció tras el volante con mi madre sentada en la parte trasera del coche.  De pronto mi padre le entrega el diminuto ataúd blanco que ella descansa sobre su regazo. Los tres amigos nos dejarían parados allí en esa fría acera en frente de nuestra casa sin una palabra de consuelo.  “Vámonos, ¿Qué esperas”? fueron las únicas y frías palabras de partida de mi padre. 

El Señor Hunt le echó una mirada extraña a mi padre como sorprendido ante tan flagrante frialdad. Observa con singular asombro a esas dos personas que alguna vez fueron padres de una linda criatura sentarse a conversar con el ataúd en su falda como si se tratara de una mascota.  El vuelve la mirada a nosotros sus hijos pequeños quienes permanecíamos de pie lamentándonos y en expectativa de tener noticias de lo que harían con nuestra hermanita.   

Esas palabras nunca llegaron. Ni nos dieron la oportunidad de participar en la despedida de nuestra fallecida hermanita. En todo caso solo nos tendríamos el uno al otro por el resto de ese día para reconfortarnos solitos dentro de esa habitación que se había convertido en nuestra prisión.  

Desde mi refugio debajo de la cama como de costumbre estaría solo y llorando la triste separación. Incluso, después de tantos años como superviviente, podría finalmente como adulto encontrar consuelo en los estudios de espiritismo y estar asegurado de que el destino final de ese pequeño personaje que una vez llamaron mi hermanita sería un lugar seguro y amplio lleno de muchos padres que habrían sido preparados para recibirla y amarla como mandó su padre celestial. 

La pequeña Lidia Reid sería uno de las tantas víctimas del sistema de la Zona del Canal- el sistema del Apartheid; un sistema en el que nuestros padres habían nacidos y habían aprendido la falta de “compasión”.  Pasarían la vida entera demostrándoles la crueldad a sus hijos y mostrando desprecio por la vida humana como si fuera de lo más normal.

En todo caso aquí en esta crónica he tomado el derecho divino para juzgar a los vivos y los muertos de mi pueblo de plata, los Silver People.

Siganos en nuestra petición en el Proyecto de Ley #348 que sigue en Segundo Debate en el el Pleno de La Asamblea Nacional de Panamá que se declaren Patrimonio Histórico los cementerios en donde reposan esos martires.  

Esta historia continúa. 

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