La Muerte de Mi Hermanita

Una mañana empiezo a jugar con mi hermanita como de costumbre conmigo, mientras que mi madre la sostenía en sus brazos. La llamaba suavemente usando su nombre por primera vez.  “Lidia…Lidia…mira Lidia”, repetía una y otra vez.  De repente, ella da un giro con su cabecita y me dirige la más dulce sonrisa, como para decir, “Los reconozco a todos ustedes”.

Este pequeño gesto fue toda la recompensa que necesitábamos y estábamos tan felices ese día de ser capaces de provocar semejante bendición. Sería uno de los recuerdos más felices de mi vida mientras vivía con mis padres. Desde ese momento en adelante mi hermana Aminta y yo no nos apartaríamos de la pequeña Lidia adulando y jugando con ella durante horas.

Comenzamos a dormir juntos en una cama/cuna grande que era amplia en tamaño para los tres de nosotros. Las mañanas pronto se convirtieron en un asunto mojado porque mi hermanita enferma se nos orinaba encima. Nuevamente, el problema de hacinamiento y las condiciones en que vivíamos en esas barracas nos tocaba la vida de niños ya que era algo imposible levantarnos por las noches de nuestra cama para ir a los baños comunales afuera y aliviarnos.

La parte de atrás del edificio era donde se encontraban los puestos de baño y duchas y quedaban muy fuera de nuestro alcance sobretodo durante las horas de la noche. Supongo que nunca se les ocurrió a mis inexpertos padres facilitarnos una bacenilla que nos habría resuelto todo el problema.  Pero, pensándolo bien, muchas de nuestras inconvenientes como niños pequeños estaban arraigadas en la falta de previsión y madurez por parte de nuestros jóvenes padres.

Sucede que en una de esas mañanas, cuando todo el mundo dormía tarde, noté un cambio terrible.  Me había dado al hábito de dormir todas las noches acurrucado cerca de Lidia para mantenerla tan caliente como posible. Esa mañana, sin embargo, me desperté al pronunciamiento sobrio de mi padre, “¡El bebé ha muerto!”  Sin pronunciar otra palabra mi padre luego viene y me arranca la bebita de mis brazos. Serían las únicas y últimas palabras de “consuelo” que mis padres se dignarían en ofrecernos a nosotros sus desconsolados y sorprendidos niños.

Sería la última vez que veríamos al lindo angelito que nos había enviado Dios para alegrarnos la vida.

Esta historia continúa.

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