Una Abuela del Silver Roll y el Cristo Negro

 

La gran celebración del Cristo Negro en Panamá siempre me ha provocado los más dulces recuerdos de mi abuela Fanny Elizabeth McKenly Reid.  Jamás le olvidaré sus palabras ya que  fue la persona clave en introducirme al Cristo Negro de Portobelo en la Provincia de Colón.

Durante mi infancia ella a menudo y muy animadamente me contaba sobre ese Cristo Negro en un misterioso lugar llamado Portobelo. Muy atento a sus palabras la escuchaba con gran interés ya que, por alguna inexplicable razón, ella elegía ese tema en particular para discutir conmigo. Lamentablemente, ella era la única persona que de niño me hablaba sobretodo de religión,  tema muy poco abordado por nuestros ancianos en esos momentos de mi vida.

Abuela Fanny también fue única en hablarme sobre esa gigantesca figura de un Cristo Negro que yo jamás había visto en alguna de las iglesias de la capital o en mi preciada colección de laminitas religiosas que conservaba cuidadosamente en mi pequeño armario personal como recuerdo de mis clases privadas de catecismo. Con frecuencia yo las examinaba detenidamente como recuerdos de mis queridas monjas, de esas que se vestían toda de negro, que a menudo nos recibían en el portal del patio de La Iglesia de Cristo Rey en Bella Vista, a pocos pasos de nuestro barrio de Calidonia.

En las tarjetas bellamente elaboradas que eran generalmente una recompensa por habernos apersonados para las clases de catequismo, las imágenes eran siempre de ángeles y santos blancos y Cristos con facciones Europeas con características muy delicadas, usualmente rodeado de un halo dorado afiligranado. Mientras escuchaba a mi abuela sólo podía imaginarme de la semblanza del Cristo Negro ya que no había imágenes, fotos o ninguna otra representación artística de esta figura única que había adoptado a nuestro país.  Es decir, hasta la llegada de la edad de oro de televisión.  Incluso, los periódicos rara vez se dignaban en desplegar la imagen de El Santo como se le llama en Colón.

Me parece que a mi abuela le había impresionado mucho El Santo y a menudo decía que ella tenía la esperanza de poder visitarlo a pesar de que era tan difícil llegar a Portobelo.  La fe absoluta fe de sus seguidores también le había impactado.  Mi Mamí me contaba sobre el alarmante número de personas que afrontaban los peligrosos caminos remotos através de montaña y jungla y hasta arriesgándose a perder la vida en alta mar durante su peregrinación solo para echarle un fugaz vistazo, en muchos casos, a El Santo.  Escuchándola en embelesado silencio, sin embargo, tuve que confórmame con nuestra pequeña capilla del barrio de la Loma de San Miguel.  Lo cierto es que a partir de ese momento me había decidido por seguir los pasos del Cristo Negro de Portobelo.

Los cuentos de mi abuela representaban algo muy importante para mí ya que nunca me había tocado oír este tema hablado por nadie, ni en la escuela, aunque nací en Panamá. El hecho de que ella me contaba sobre una tradición Católica, algo bastante lejanos a su experiencia como Antillana, también era muy significativo porque era un momento en nuestra relación que ella juguetonamente reconocía mi identificación con mi nacionalidad panameña, refiriéndose a mí como ese extraño hombres panameño, un hombre Paña.

Con el tiempo Portobelo se convertiría en patrimonio de la humanidad y un tesoro para mi más tarde en la vida como parte de mi formación cultural.  Sin embargo, nuestra historia colectiva como Westindians tomaría tiempo en revelarme esa belleza cultural cuando el destino me alejaría de mi abuela y mis dos tías para ir a reencontrarme con mis familiares en Colón.

En esos importantes encontrones de la vida las valiosas lecciones culturales que aprendí con mi abuela sobre el hermoso Cristo Negro de Portobelo me ayudarían mantener mi identidad cultural.  Como Cristo prometió en los Evangelios, “…y he aquí yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mat 28:20), esa promesa se quedó conmigo durante todo mi viaje espiritual.

Esto incluyó la etapa de mi vida en que me encontré cursando mi educación secundaria en el Colegio Abel Bravo de Colón, luego mi odisea en Bocas del Toro en la búsqueda de trabajo digno, y finalmente cuando llego al mayor de mis retos de juventud al irme a vivir en uno de los tantos guetos estadounidenses todo el tiempo añorando volver a mi querida Panamá.

Esta historia continúa.

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