El Derecho a Ser Diferente

De niños pequeños en nuestro vecindario de Calidonia, nosotros, los jóvenes de ascendencia Westindian, experimentábamos a primera mano en nuestros juegos infantiles algunos cortantes obstáculos a nuestra total integración al entorno social y cultural panameño.

Los días y las noches se tornaban una opereta de actividades de niños pequeños y adolescentes envueltos en todo tipo imaginable de juegos e inventos que los jovencitos son propensos a confabular. En las calles como la nuestra se mezclaban niños de tanto familias pequeñas como grandes y de todos los colores de piel imaginable.  Generalmente, la cuestión de raza no era un problema.

Era un verdadero escenario donde decenas de amiguitos parecían, a veces, hordas de aborígenes cazando y aprendiendo uno del oro como en los días antes de que el hombre blanco usurpara sus derechos a ser lo que siempre fueran. Sin embargo, el día llegaría al barrio cuando algunos adolescentes señalarían las diferencias físicas entre nosotros los pequeñitos con palabras duras que nunca jamás habíamos escuchado antes.

Ocurrió un día cuando estábamos escogiendo pares para jugar algunos de nuestros juegos tontos- algo que habíamos hecho incontables veces antes.  “Él no; no puedes emparejarte con él. ¡Él es muy feo!”, le dijo un joven a una chiquilla señalándome a mí. Supongo que no se daba cuenta de que acababa de estropearle la inocencia a una niña hispana que había crecido con nosotros. Éramos el único par de niñitos negros que ella había conocido desde que su familia se había trasladado desde el interior del país.

Nos miramos a lo ojos, ella y yo, con profunda tristeza, impotentes ante los niños mayores que, en ese instante, habían decidido por una pareja mas apropiada para nuestra pequeña amiguita hispana; un chico lleno de llagas de sarna desde la cabeza hasta los pies.  “Ahora sí que esta mejor!” le dijeron con firmeza a la niña, dejándome sentir, de pronto, peor que un leproso y excluido de mi habitual embrague de compañeritos de barrio.

Los juegos continuaron sin mí ese día aunque la obvia diferencia ahora había surgido cambiando y entristeciendo para siempre los días sencillos y poco complicados de nuestra infancia. Luego de ese día, un niño negro y emocionalmente sacudido de apenas cinco años de edad encontraría otros modos de evadir incluso hasta sus nuevos amiguitos.

Sin embargo, para convertirme en un solitario requería una gran habilidad en un lugar tan poblado de niños.  Requería que estuviera ocupado todo el tiempo, a ser menos visible, incluso para mis queridos compañeros de juego hispanos. Pareciera que la mismísima Providencia estaba guiándome a ser mi propio maestro y creo que fue el momento en que comencé a rebuscarme los desperdiciados periódicos entre los tinacos de basura del barrio. Buscaba herramientas.

Así, con cada vez más frecuencia, se me podía encontrar en el fondo de nuestro complejo de habitaciones y viviendas donde nadie se podía imaginar encontrarme. Empecé con renovada tenacidad a rebuscarme cosas utilizables para construir mi “biblioteca” y buscar las palabras y los materiales que se usaban como instrumentos para copiar.

Los tiempos dictaban que no me hiciera muy visible, sobretodo porque mi hermanita y yo éramos los únicos hijos pequeños de una familia Westindian dejados atrás solitos durante todo el día sin una escuela a donde asistir en ese pequeño mundo de alquileres de una habitación de Calidonia.

Esta historia continúa.

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