El Barrio

Sinceramente creo que la vida del barrio de la Ciudad de Panamá durante mi infancia, lugares en que vivimos en familia hasta que mi madre abandonara nuestro hogar entre los años de 1940 a 1943, fue un auténtico paraíso para todos los niños y adolescentes. Cuando llegamos a encontrarnos con los otros niños de nuestra edad, aquello era para mí y para mi hermanita Aminta de tan solo tres años de edad, el feliz inter-actuar con las hordas de niños del hablar en castellano.

De hecho, nuestra experiencia fue una real lección en el vivir en armonía. Nuestra nueva vivienda, el número 29-47 de la Calle Mariano Arosemena y la esquina de la calle “S,” sirvió como telón de fondo para lo que aprenderíamos en la Spanish school -escuela “Española”- y también en las comunidades del interior del país. Llegamos a desarrollar lazos familiares en esa pequeña y recóndita parte de la ciudad y a vivir en comunidad en esa sección de la ciudad conocida como Calidonia. Representaba para mí esa parte de la ciudad que yo siempre reconocí como haber sido fundada por nuestra etnia Westindian. Después del divorcio de nuestros padres nos mudamos de ese lugar en que conocíamos a todo el mundo para entonces encontrarnos como niños secuestrados en manos de nuestras tías y tíos paternales.

Todo en aquel mismo vecindario, nos inscribieron en la escuela primaria haciéndose toda parte de nuestro antiguo barrio a donde nos escapábamos en busca de algunos hombros conocidos en que recostarnos a contar nuestras penas y a llorar.Encontramos que la Escuela Pedro J. Sosa, esa institución de educación primaria española según nuestras gentes Westindian, se iba a convertir en una extensión de nuestro vecindario.

Entre tanto, mis compañeros de clase no lograron nunca a entender la actitud de la maestra de Ingles, Ana Sánchez, cuando ella literalmente me garnateaba frente a ellos. Para ella el recibir alguna mala querella de mis maestras de turno acerca de mi mal comportamiento era bochorno personal que ella tenía que remediar. Así eran las cosas de nuestra vida bajo los ojos vigilantes de los vecinos “españoles,” en especial los que eran compasivos y a quienes tenían familias grandes de tres o más hijos pero que nunca olvidaban que nosotros éramos también parte de su vida.

Aunque era una alianza comunal, llegaríamos a ser algunos de los pocos niños de la etnia Westindian que se mezclaban con ellos los “Paña“, que era como los Westindian despectivamente se referían a los vecinos de habla castellana. A pesar de todo lo que estuvo ocurriendo nosotros nunca nos sentimos seriamente singularizados como para sentirnos como niños indeseables por nuestros vecinos. De hecho, debo añadir que en realidad sería entre nuestras gentes Westindian que encontraríamos esa actitud- esa inclinación- hacia al desprecio.

Esa época en particular que describo en mis escrituras la llegué a describir como los tiempos de “muchas bodas”, ya que hasta mi hermanita y yo fuimos participes de una de esas espectaculares bodas de esos tiempos de ostentación. Sin embargo, además de las ocasiones especiales en que nos involucraba mis padres nosotros teníamos muy pocos contactos con esa comunidad Silver Roll de la zona negra del Canal de Panamá.

Nuestras vidas como niños negritos llegarían a convertirse en parte de la gente y los acontecimientos de esos barrios hispanos conde nuestra comunidad negra Westindian ocupaba un importante lugar.Pocos fueron los roces con los de mi etnia durante el lapso de tiempo en que vivimos con nuestros padres.

El único evento que recuerdo haber asistido por invitación fue cuando una familia Westindian. Yo tendría unos seis años de edad y nos invitaron a una fiesta de cumpleaños de un niño en el que sus padres, miembros del Silver Roll, nos presentaron un inolvidable pastel de cumpleaños. Tanto la habitación como la mesa estaban decoradas bellamente decoradas y en el centro de todo el más grande de los dulces de cumpleaños que jamás había visto en mi corta vida.

Fue, y sigue siendo, el evento mas inolvidable de mi niñez, algo que recordaría toda la vida. El dulce estuvo decorado exquisitamente y garapiñado en la forma más tentadora que jamás había visto. Estaba, además, irresistiblemente incrustado con unas bolitas llamativas, bolitas de dulces de todos los colores imaginables. Adicionalmente y para el deleite de todos los niños presente, todos los chicos recibimos un lindo regalo como jamás se habría visto en cualquiera de los barrios hasta entonces. Fue un toque estupendo el incluir a los niños invitados a disfrutar de algunos obsequios propios.

Fue tan delicioso eso de poder arrancarle aquellos envidiables y enormes trozos de caramelo conocido como el candy en la Zona, y otros caramelos parecidos a las canicas, todas y cada una de diferentes sabores y colores. Toda la fiesta tuvo lugar en un solo cuarto decorado con cintas de multi-colores y guindalejos por todas partes. Sin lugar a dudas, el dulce probablemente fue preparado por una de las damas Westindian muy hábiles en la repostería, una vecina conocida por su destreza con el horno.

Al final de la fiesta a cada niño se le sirvió un generoso pedazo de dulce con una porción de helado con sabor a vainilla. Y para coronar la tarde de fiesta nos entregaron esa preciada bolsa con varios regalito atrayentes y apropiados para tanto los varones como para las niñas de parte del homenajeado. Este acto fue algo que me dejó bastante sorprendido ya que me fui de la fiesta tan alegre y satisfecho y tan feliz como el niño homenajeado por ser él el cumpleañero.

Esta historia continúa.

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