¡Chombo!

Arribada de negros Antillanos de las islas Británicas de Caribe al puerto de Colón. Imagen gracias al BBC.

No fue hasta la década de los 1940 en la que eventos como el devastador incendio que prácticamente destruye la Ciudad de Colón en la costa Atlántica haría despertar en un niño el gran deseo de saber realmente quien era. Además, durante este periodo de mi niñez se me revelaría una cierta actitud de odio hacia nuestra raza de parte de uno de mis compatriotas panameños de habla castellana que aunque no era vecino conocido se atrevería murmurar esa palabra “¡Chombo!” haciéndome reconocer desde entonces el mundo en que había yo nacido.

Aquella conflagración de 1940 había dejado sin hogar a miles de personas y también instó a las autoridades de la Zona del Canal Estadounidense, después de endurecidas posturas raciales, a mostrar algo de empatía para con los de la comunidad Silver Roll o etnia panameña que ellos fueron responsables de haber creado. La Comunidad Silver, a estas alturas de nuestra historia, era compuesta por personas que, en su gran mayoría, residían en zonas de las ciudades de Colón y Panamá, todo bajo jurisdicción del gobierno panameño.

Recordando esos años de mi infancia, sin embargo, incluso, hasta yo mismo reconocía a temprana edad esa zona estadounidense del canal, a ser lugar de premoniciones negativas para persona del color de mi piel y de mi etnia. Era también, el lugar a donde mis jóvenes tías me llevaban a tomar caminatas ociosas aunque eran áreas o lugares que generalmente deberíamos evitar si fuese posible.

Típicamente, el paseo comenzaba desde nuestro hogar en la Ciudad de Colón que, para un bebé de tan solo cuatro años de edad, era un trecho lejos. Saliendo desde nuestra casa en la Calle Tres y la Avenida Meléndez, llegábamos al “Clubhouse Silver.” Lugar que solo se puede describir como Casa Club, un área de recreación designada para la etnia negra con su sala de cine. Justo al lado estaba la conocida tienda de la empresa o Comisariato Silver. Era culturalmente donde yo llegaría a unirme a otros jóvenes al entrar en la edad de adolescencia.

Aquella era nuestra “zona del canal” para todos los que residían en la zona negra del canal y hasta los que residían en la ciudad. Era, de hecho, en donde toda una juventud del pueblo negro Westindian se congregaba en las noches. Inclusive, con el paso del tiempo aquellos lugares de la zona negra del canal seguirían siendo lugar a donde sólo se iba por razones precisas. Aun cuando yo estaba demasiado joven para entrar a la escuela me cargaban mis jóvenes tías, hermanas de mi madre. Ellas así como mi abuelo, el Señor Seymour Green, siendo yo su único nieto y varón me prestaban mucha atención.

Mis primeros recuerdos de encuentros con otras gentes extrañas que no eran vecinos cercanos de mis abuelos colonenses, giraría en torno a mi primer corte de pelo. Ese hito en mi joven vida me dejó tan impresionado que hoy sigo recordando claramente lo ocurrido como si fuese ayer. Ese día mi Papá abuelo y yo entramos, después de caminar un rato, en una barbería japonesa que se encontraba en alguna parte de la ciudad cerca de casa.

Al parecer la tienda era propiedad de algunos hermanos japoneses e inmediatamente al llegar a su local uno de los barberos me ayuda a encaramarme en la silla y me prepara para mi primer corte de cabello. Ese primer corte fue un rito de paso a la hombría y yo disfrutaba las atenciones del barbero quien, suave y pacientemente, me recortaba las trenzas largas de “niña.” Yo no dejaba de admirarme en el gran espejo pudiendo verme transformado cómo este singular señor asiático me convertía en varón.

Después de los halagos entre los barberos y las sonrisas del abuelo, el barbero me entrega un juguete notable y colorido. Aquella simple actividad iba a convertirme en un asiduo fan de los japoneses y hacerme un afanado cliente del neo-orientalismo para toda la vida. Me fascinaba ese juguete de diferentes colores, hecho de madera y con unas extrañas bolas de diferentes colores rojo, amarillo, azul y verde, todas alineadas en filas. ¿Para que sirviera? me decía ya que no pude descifrar su utilidad y solo me la pasaba deslizando sus coloridas esferas hacia adelante y hacia atrás.

Poco sabría entonces que aquel maravilloso regalo era en realidad un pequeño ábaco, artilugio que si lo hubiese aprendido fuera matemático ya que calcularía mejor que los que usan las maquinas sumadoras portátiles de hoy. Pero en ese momento de la historia no sabía qué hacer con tal cosa, y creo que fastidie a mis jóvenes tías sin piedad, esperando que ellas supieran decirme como jugar con ese juguete convencido que era cosa fantástica. Finalmente, el juguete se rompió siendo tantas veces manipulada durante mucho tiempo. Entre tanto, lamentaba el hecho de que los barberos japoneses no se habían tomado tiempo para mostrarme los primeros pasos en como contar con la calculadora más antigua del Asia.

Mentalmente, llegaría a estar añorando las atenciones de mis queridas tías y de los abuelos, familia mía de Colón. Aquello llegaría a su final con nuestro traslado a vivir a la Ciudad de Panamá, a una vida con ambos jóvenes padres quienes estaban atrapados en sus propios problemas y frustraciones. También llegaría a nuestras vidas una nueva sensación que era esa de combatir el aislamiento. La serie de eventos que hemos ya descrito en articulo titulado “Nuestra Realidad Diferente,” en que hemos descrito ese volar de la mayoría de las familias Silver de la Zona del Canal a los barrios de Panamá. Eran los vuelos a las dos principales ciudades del país, las únicas áreas del país urbanizadas y en que llegaría a reluciera algunas reacciones sutiles y otras que no eran tan sutiles sobre nosotros quienes éramos como nuestros padres Panameños Westindian, quienes a la vez éramos los únicos visibles de la etnia Negra Panameña.

Fue uno de los fenómenos raciales, por llamarlo así, de esos tiempos, en que se encontraría nuestra etnia- y es lo que relatamos ya que hemos encontrado que muy pocos escritores se han atrevido a documentar. Aquello fue de cómo nuestros padres habían utilizado el aislamiento como forma de luchar contra el racismo panameño e latinoamericano.

En realidad eran tiempos en que éramos hijos de padres que habían sido supervivientes de padres pioneros en las construcciones del Canal de Panamá, y que de repente se encontrarían bajo ataque. Los principales salvos de esas incipientes ataques fueron de parte del Gobierno Panameño, y en que parte de las clases de la élites social estuvieron comenzando a enviar señales rechazo y de odio raciales, en que todo indicaba que los negros Westindian no eran personas deseadas en la sociedad panameña. Aquello de deshumanizar a toda un raza para tácitamente ordenar maltrato y total rechazo estuvo en boga.

Para entonces las reacciones de padres de jóvenes negros Westindian quienes eran de la nueva generación, quienes también fueron niños nacidos en Panamá y que habían crecido en esos barrios, a menudo secuestraban a sus hijos en casa, prohibiéndoles a que se mezclaran con los niños “Paña”, de habla Castellana, conocidos entre ellos como Niños Españoles. Tiempos de la historia eran en que iban a resultar que Westindians Panameños estuvieron naciendo y criándose en los vecindarios urbanos, siendo vecinos de esos barrios de las ciudades, y entre vecinos quienes conocían muy bien a sus padres, quienes habían estado conviviendo con ese antiguo espíritu de la cooperación entre vecinos.

En cambio, en ese punto histórico de nuestra República, observamos como los vecinos Panameños recién asentados, oriundos del interior del país, aparecieron con actitud de llegar a desalojarnos como si fuésemos extranjeros. Muchos de los vecinos Westindian estuvieron haciendo sinceros esfuerzos en mantener la paz, y ellos mismos se aislaron, algunos sabiendo plenamente que no tenían papeles o que eran indocumentados, aun para mostrar su ciudadanía panameña o fecha de entrada legalmente al país se escondían.

Sin embargo, las mentiras y los crueles estereotipos sobre ese pueblo desprotegido se seguían vertiendo por la prensa de habla castellana, que distribuía esas mentiras que llegaron desde una prensa oportunistas y que cautivara a la clase política panameña, quienes dejaban esa atmósfera de temor que continuara circulando.

Entre tanto, el periódico de la etnia Westindian, el Panama Tribune publicado en ingles hacía lo necesario en publicar refutaciones a las fabricadas mentiras especialmente sobre el estilo de vida de los ciudadanos Westindian de los barrios. Surgiría una palabra que parecía herir a sus hijos y que nunca antes había escuchado describirles como Westindian de nacimiento del país de Jamaica en particular.

Se comenzó entonces a escuchar en el hablar de todo el mundo y entre sus vecinos de muchos años eso de “Chombo.” Era palabra que serviría como el apelativo popular gringo blanco de “Níger,” (nigger) usado para describir a las razas de color de los Estados Unidos. Ese término no sólo tuvo un efecto inmediato de causar ofensa en personas de raza y de color, sino que se convierte en un catalizador de reyertas en muchos casos y peleas entre los jóvenes de los barrios en especial.

Su origen se ha disputado pero de acuerdo con algunos estudiosos del léxico panameño se ha rastreado a la pronunciación de la palabra “jump boy” o traducido al español “Chico de Saltos” por panameños de habla castellana. Los chicos de salto, supuestamente, fueron pequeños ladronzuelos quienes mantuvieron a la policía de la zona del canal ocupada, por ser muy hábil en el saltar de muros y vallas para escapar de las garras de la policía y internarse en los montes aledaños a la zona. Uno de los mas famosa “jump boy” fue el legendario Peter Williams, para la juventud de esos tiempos un verdadero Robin Hood Negro de los más pobres entre los Westindians.

El estado de ánimo en muchos de los populares barrios había sufrido cambios negativos de uno de cooperación respeto a uno de antagonismos. Los negros quienes una vez se habían concentrado en centros de florecientes nervios de las grandes ciudades y habían servido como Comités no oficiales de bienvenida para los recién llegados que en su mayoría llegaban empobrecidos de las campiña panameña. Se sentían más seguro en sus aislados cuartos de los edificios de viviendas.

Durante este período los cada vez más frecuentes episodios de acoso tuvieron el efecto de hacer a los vecinos Westindian personas que temían a las personas que llegaban del interior del país. Irónicamente- y esto tendríamos que dejar a futuras entregas- tenemos que admitir cómo fue que el mismo término “Chombo,” que al principio se vería como una invitación a una andanada de golpes emocionales y físicos de parte de jóvenes adolescentes paisanos, llegaría a convertirse en un receptivo término de amor patrio, una vez que las hordas de Westindian panameños comenzaron sus migraciones hacia el norte, a la Meca ciudad de Nueva York una década y media más tarde.

Ese mismo término que fue negativo en su juventud y que habría de causar tanto daño y resentimiento, se convertiría en un término más de identificación entre los recién llegados Panameños y sus compatriotas Westindian al llegar a la Gran Manzana. Por otra parte, en su evolución cultural, el pueblo de habla Español de Panamá habría de convertir el término Chombo en una expresión de cariño, incluso algunos dan a sus hijos nombres de Chombos.

Esta historia continuará.

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