Encuentro con un Extraño Ceñudo

Aquí vemos al edificio No. 29-47 de la Calle Mariano Arosemena
donde eventualmente nuestros padres nos traerían a vivir en el corazón
de Calidonia.

Llegarían a ser tiempos en mi historia que mi primera experiencia con lo que el venerado Don George W. Westerman nombró “El problema Westindian,” que es un conjunto de problemas que todos nosotros los descendientes, directa o indirectamente, hemos detectado en personas de nuestra etnia, se me revelaría a la tierna edad de los cuatro años.

Una inolvidable mañana en ese mismo año de 1940, mi estado como miembro de la familia Green de Colón terminaría en la forma más abrupta. De hecho, sería una clausura brusca de esas cosas familiares durante momentos en que necesitaba ese importante amor y cuido familiar a que me había acostumbrando. Era justo un momento en mi vida en que yo me sentía, por fin, establecido y feliz con mis abuelos del ramo maternal de la familia y que comenzaba a olvidar las cosas infelices del mundo que me rodeaba.

Recuerdo claramente ese día- me pareció ser un sábado en la mañana- que mis tías bromeaban y me preparaban para acompañar a mi abuelo Seymour Green en su habitual excursión a la playa. El lo había hecho ritual de llevar a sus dos únicos nietos a darnos ese chapuzón en el mar en la playa cercana a la Ciudad de Colón.

No recuerdo que él haya invitado a sus propias hijas a este ritual ya que normalmente sólo nos llevaba a nosotros dos sus primeros y únicos nietos, que éramos entonces mi hermanita Aminta y yo. Me parece que el abuelo tomaba estas ocasiones para también reunirse con uno que otro de sus amistades de esos de la vieja guardia del Silver Roll. Para nosotros, que éramos tan solo niños, era una experiencia muy agradable debido a que disfrutábamos de la compañía de nuestro abuelo y que, además, invariablemente nos convertíamos en el centro de atención de los adultos. Eran todas amistades de mi abuelo y me sorprendía que fueran de ambos sexos, hombres y mujeres Westindian que por igual hacían alardes del hecho de que éramos los únicos niños presentes.

Mientras los adultos se deleitaban nadando en la mar afuera, charlando y divirtiéndose, nosotros permanecíamos todo el tiempo en la arena llamando desde la orilla de la playa, “¡Abuelo, abuelo, ven acá!” tan sólo para captarle la atención. Sin embargo, él nunca se molestaba ni nos trataba como molestia; al contrario, era cuando él se volvía más amoroso que nunca con nosotros, y suave y gentilmente nos respondía “¡Aya voy ahora!” en esa su forma de actuar con los primeros nietos que los hicieron a todas sus amistades también volverse abuelos.

En todo caso, ese sábado de mañana sería diferente a todas las demás. No saldríamos a nuestro paseo de costumbre a la playa ya que mi abuela, Naní, no me había vestido como de rutina para alistarnos para acompañar a nuestro abuelo. Fue entonces que escucho a mi Papá Abuelo hablar con una persona que jamás había visto. Ellos dos estaban sentados en la sala y platicaban en tono muy bajo. Luego, en el momento en que entro en la habitación para acercarme a mi querido abuelo ese hombre con quien estuvo conversando se ciñe las cejas y mira en mi dirección de manera inmediatamente me intimida. El hombre sigue mirándome con ese ceño tan pronunciado en su rostro mientras que yo me mantenía al lado de mi abuelo todo el tiempo que estuvimos juntos.

Mi reacción fue pensar, “¿Por qué está él enojado conmigo? yo ni siquiera lo conozco”. Recordaba que hacía poco que había cumplido los cuatro años de edad, y él parecía ser un hombre ya muy maduro. “¿Por qué él esta tan molesto conmigo?” pensaba yo otra vez. Resultaría ser que ese hombre estaría mirándome todo ese día con esa fea mirada ceñuda, mientras que yo me colgaba de mi abuelo para que me protegiera. Yo me entristecía porque ninguno más parecía notar que ese hombre me causaba tanta incomodidad. Por la tarde del mismo día todos los de nuestra familia maternal se habían congregado abajo en la entrada del edificio en la acera para, al parecer, darnos el último adiós.

Aparentemente mi abuelo no estuvo allí ya que se había marchado sin yo darme cuenta. Mi tía Hilda, que era la que seguía a mi madre en edad, nos acomoda en la parte trasera del carro color negro de este hombre tan extraño y ella se sienta entre nosotros dos. Yo me acuerdo haber estado muy quieto a su lado lleno de temores que, aparentemente, ninguno parecía notar. Entre tanto, mi madre Rosa, de quien recuerdo muy poco en esos momentos ya que casi nunca estuvo en casa, queda sentada junto a ese hombre, quien muy pronto yo descubriría era en realidad mi padre.

Inmediatamente partimos y antes de que yo pudiera apreciar la ciudad, que yo creía entonces me había visto nacer, estuvimos fuera de la ciudad rumbo a un lugar llamado Panamá, por carretera tomando un rumbo que no había recordado antes tomar. El viaje era largo y sería de noche antes de que llegáramos a hacer parada alguna. Por fin, paramos en un lugar que pronto conocería como Calidonia.

A pesar de mi tierna edad me recuerdo haberme sentido muy triste porque nadie nos había preparado para ese cambio tan brusco. Además, no nos habían considerado ni hablado acerca de ese hombre que era un extraño para mí y no nos explicaron nada del gran cambio que nos esperaba. Me había quedado dormido durante la mayor parte del viaje en el carro entristecido y presintiendo cosas inexplicablemente malas. Luego, la llegada a la ciudad iba a ser lo mismo, y recordaba como nuestra tía Hilda nos había arrastrado arriba de las escaleras desde las entrañas de un edificio que yo jamás había visitado aunque, de hecho, era de madera como todos los edificios en Colón- los llamados “edificios de tabla“. Luego, nos encontramos en cama tan pronto como entramos al lugar que ahora sería nuestro hogar.

La luz de la mañana me trajo la desagradable revelación de que estábamos en nuestro nuevo hogar, y que no veríamos a mi Naní ni a mi abuelo por un largo tiempo. Aún más triste era para mi puesto que quería alejarme de esos enfermizos entornos con ese hombre Westindian malhumorado a quien mi madre y mi tía estuvieron reconociendo ser mi padre. Incluso, hasta esos momentos este hombre parecía no reconocerme ya que todas sus atenciones se centraban en mi madre y mi tía todo el tiempo.

En esos momentos de la mañana estaba yo consciente de que los adultos hablaban de un palomar y de hacer helado cuando yo decido escaparme para explorar este nuevo lugar. Me alejo de ellos mientras ellos observaban una bandada de palomas en una cornisa directamente fuera del balcón con barras de hierro forjado. Estuve observando las aves del palomar por un rato cuando de pronto me aburro de las actividades de las palomas.

Continué vagando por ese piso de madera de un amplio balcón y de pronto me encontró con una vecina, una chica Westindian, mucho mayor que yo en esos momentos. “¿Quién eres tú?” pregunta de manera amistosa y yo respondo, “¡Yo soy Juni!”

Examinándome, de pronto me dice su nombre que, inmediatamente, se me olvida y luego ella me dice, “¿Quieres jugar a tener casa?” “¡OK!” respondo mientras ella me lleva a un área cerrada del amplio balcón, en donde ella tenía sus juguetes preparados. Me sirve una taza de su pequeño juego de té de juguete y dice, “Tú eres el Papá y yo soy la Mamá, ¿de acuerdo? Pero antes de que yo llegara a pensar que ella me parecía ser demasiado grande para estar jugando con esos juguetes, escuché los llamados de mi madre, “¡Juni, Juni ven aquí ahora!” Le digo a la muchacha, “¡Tengo que irme!” y con eso corrí a encontrarme con mi madre quien, por primera vez en mi corta vida, habría tenido cosa alguna que ver conmigo.

Esta historia continuará.

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