¡Fuego! El “Faiya” de Colón del 1940

La gran consternación de los residentes de Colón se nota plenamente en esta foto cortesía de

La gran consternación de los residentes de Colón se nota plenamente en esta foto cortesía de los Archivos del Library of Congress.

La experiencia de verdaderamente escribir mi primera historia, lo que probablemente sería la primera historia sobre nuestra gente Westindian plasmado en mi cuaderno Balboa, me daba mucho aliento. Ese mismo año de 1950, un poco antes de que nos graduáramos, yo estaba seguro que mi historieta era única en su clase y muy diferente a los de cualquiera de los otros años anteriores a esos.

De pronto la clase se tranquiliza y me doy cuenta de que la maestra había regresado a su puesto en la parte delantera de la clase. Luego se detiene examinando algunos papeles que reposaban en su escritorio para entonces salir una vez más a sus diligencias, así que, las actividades a mis espaldas que hasta el fondo del aula llegaban, se hicieron más ruidosas.

El papel en en blanco me provocaba a recordar esos días de mi infancia, parpadeando en mi memoria. Acariciaba yo esas páginas casi nuevas con el lápiz recientemente afilado y con renovada intención de seriamente escribir una historia- mi historia.

Esa historia parecía tomar forma mientras escribía. Recordando me decía, “Estoy seguro de que habíamos regresado recientemente yo y mi joven tía Minnie, de uno de nuestros viajes en que la acompañaba al Comisariato Silver Roll. Tan seguro estuve que recordaba haber estado sentado en los escalones que daban paso a una de las habitaciones de algún vecino, preparándome para comer uno de esas ricas barras gigantescas de chocolate acarameladas que nada mas los gringos sabían hacer. Como era mi costumbre, me la había salvado para cuando estuviera en casa.

Esas enormes barras de dulce chocolate era lo único que yo pedía como recompensa por estar acompañando a mi tía que prácticamente tenía que arrastrarme para que la siguiera en el camino de vuelta a casa. Recuerdo bien que mis tías estuvieron todas emocionadas diciéndome que ese día era mi cumpleaños. “¡Juni cumple cuatro años de edad!” decían todas animadas.

Entre tanto, me aumentaba el entusiasmo por escribir obviando a los que me rodeaban, recordando aquel día en que se aumentaba la actividad en casa entre mis jóvenes tías, entre alarmas del vecindario por el incendio que se acercaba, y recordaba haberme intrigado por el momento. Preocupantemente no respondía a sus llamadas, ya que al parecer estaba intrigado por lo que yo, en mi inexperta niñez, no quería interrumpir. En esos momentos parecía divisar varios arcos iris extraños todas de una vez.

Continuaba me relato, “De hecho, mis tías estaban demasiado ocupadas lloviendo toda clase de prendas de vestir a la acera abajo, mientras que una de ellas las reunía en pilas amontonadas para asegurarlas en un lugar de media calle. Todo ese tiempo yo pensaba que era el único varón, heredero del clan de los Green. De hecho, apareció el joven Tío “Cirril” o Cirilo, quien, aparentemente, sólo aparecía de vez en cuando. Ese tío Cirilo realmente no vivía en casa de mi Papá abuelo con nosotros.”

En ese momento de mi historia reconocía mi nombre, Cobert Júnior, aquel que se había vuelto todo un escritor absorto en su historia y en lo que estuvo escribiendo. Cuando de pronto había sentido un leve empujón o codazo de mi compañera de asiento. “¿Que tanto escribes?” intentando hacer que le pusiera inmediata atención. Sin embargo, yo le hice entender que pronto le diría si desistiese de estar importunándome en el momento. Seguí escribiendo, ” Me llamaban Juni o Júnior desde el momento en que pude despertar de esos tiempos en que no tenía memoria alguna. “Fue en ese momento que concientemente reconocía a mi Papá abuelo, Seymour Green, mi único Papá, simplemente porque todas en casa le decían así.”

“En cambio, mi Mamá abuela era el amor mío, esa cuyo verdadero nombre era Marcela, solo que yo la conocía como “Naní.” Y es que en esos momentos de mi niñez era con ella que yo pasaba la mayor parte de mis días. Ella había sido la primera persona que me siempre me llamaba con ese nombre de ‘Chuni,’ como ahora recuerdo.” Ahí hice pausa para pensar e intentar llegar a explicar esos escritos a mi compañera de asiento. Mi compañera se llamaba Tersa y vivía no muy lejos de donde yo vivía en esos tiempos del cierre de nuestros años de educación primaria en el Barrio de San Miguel.

En cualquier caso, yo seguía bañado en las memorias de tiempos en que había percibido que tenía yo cierta importancia como celebridad entre nuestro clan. Antes de poder continuar escribiendo la historia del incendio de 1940 pensaba acerca de cómo me había sentido tan seguro viviendo con mis abuelos maternos y las hermanas de mi madre, quienes eran las primeras reconocidas “tías.” Consideraba entonces que en realidad eran tiempos en que no reconocía quien era mi padre, ni tampoco quienes eran esas personas quienes después serian familiares del lado paternal de mis familiares hasta el divorcio de mis padres.

Fueron momentos en que volvía a abrir el cuaderno con las notas escritas recientemente y, como reportero o periodista, escribía, “Fue a través de todo el alboroto que yo como niño había estado reacio a moverme de ese sitio tan ventajoso, al otro lado de edificio que en esos instantes podría considerarse en otra de las calles laterales. Realmente había sido sitio en donde había yo sido testigo ocular de los inicios de lo que se iba a informar en la historia siendo, “una de las mas grandes conflagraciones en la historia de la ciudad y Provincia de Colón.”

Esta historia continuará.

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