Un Epitafio a Joshua Austin Reid

Tumbas muy antiguas en el Cementerio Corozal. Estas tumbas datan desde los tiempos de mis abuelos.

Como el Señor Joshua Reid allá por esos entonces existían muchos más jefes jamaicanos, algunos quienes habían llegado antes que él y muchos otros que le seguirían después de su muerte en 1929. Ellos eran los hombres que trabajaban en completa confianza y fe de que su labor sería reconocido como factor contribuyera a la elaboración del país moderno que iba a resultar siendo Panamá.

Aunque había podido llegar a asentar a su creciente familia que estuvo ahora comprendida de una esposa y siete hijos en un apartamento vivienda aunque minúsculo de dos cuartos en el área de la Calle “P” en la ciudad de Panamá, todavía seguiría siendo una gran lucha económica para mantener a su familia con vivienda decente que cubriera sus cabezas de una suerte peor que era el estar a la intemperie. La familia entera se vio estarse integrando en la sociedad que los rodeaba mejor posible y al grado que se les había permitidos en el entorno Panameño de esos tiempos.

El Señor Don Joshua Austin Reid iba a estar continuando sus periodos de perseverancia trabajando a tal velocidad en que iba a resultar que en muchas ocasiones en que el desarrollo de las obras resultaran estar progresando, hasta y después de la abertura del Gran Canal en 1914, se había visto estarse moviendo rápidamente a ser lo mas moderno de las obras gigantescas del mundo entero. Iba a resultar sin embargo, que la tarifa de paga, no iba a verse reflejada en su paga quincenal. A resumidas cuentas que el insulto a su nivel de inteligencia y sentido de justicia terminara auque día triste de ese noviembre en que sus compañeros de trabajo lo trajeron a su hogar y familia para que muriese, ninguno, ni incluso él habría podido predecir. Había ese hombre trabajado hasta ese mismo día en que murió, sin haber visto aumento en su paga, momentos fueron en que se había visto desprovisto del habla, enmudecido y tan solo había podido fijar la mirada en sus hijos mientras perdía la fuerza ese profético día del 20 de noviembre de 1929.

De hecho, por muchas semanas, que se convertían en meses y años antes de su deceso sé había el acostumbrado a estar trabajando semanas de trabajo de 48 a 56 horas, unos de los hechos que luego haría que trabajadores modernos lo calificaran de “tonto.” En cambio los tiempos eran tales en que los americanos eran los “reyes,” y el estar aguantando abusos de los jefes y supervisores parecía ser porción de agravios reservados a hombres negros de la raza Westindian. Eran esos días de la historia en que no había recompensas para hombres honrados y leales, era en que hombres negros se les honraba por estar en contra de sus coterráneos y compañeros de trabajo. De hecho los días libres, vacaciones y días feriados eran prácticamente desconocidos. Eran días en que hasta era de esperar que se les concediera permiso de estar ausente de sus empleos para algunas emergencias familiares.

Tiempos en que también había un convencimiento entre muchos de los trabajadores que habían llegado a tempranas horas de esas obras monumentales de que ellos eran parte de algo magnífico y maravillosa, algo que iba a a ser una verdadera ingeniería monumental que cambiaría el curso del comercio y de la vida de toda la humanidad. Encontrar palabras para conmemorar el trabajo social de interés público que había hecho mi abuelo, sería un alto tributo a los que fueron un poco antes “esclavos negros” de todas las Américas. Había que reconocer esa dignidad que resplandecía de ese hombre quien a pesar de la atmósfera hostil en que estuvo rodeado, ese sentido de presencia que tenia llegaría a sobrepasar cualquiera de las cosas que sus progenitores iban a tener que aguantar en el futuro.

Las verdades conmovedoras que espigué de las memorias de mi abuela de su Joshua querido, iban a convertirse en realidades de regular ocurrencias que iban a continuar siguiéndonos, los descendientes de el, a través de un sistema en que la supresión de hasta nuestra humanidad básica iba a ser cosa común todavía en nuestros tiempos. Son factores, cañizos por así decir, que todavía mantenemos guardando e intentamos encubrir como si no existieran. Compartiré la respuesta de mi abuela al ser cuestionada sobre el cómo había mi abuelo muerto en que ella respondió:

Joshua Austin Reid murió el día 20 de noviembre de 1929… de un absceso en el cerebro; esto fue lo que dijeron. Había él trabajado hasta el mismo día en que murió, por que ellos me lo trajeron a casa a las una ese día en que estuvo moribundo, pero nosotros no nos habíamos dado de cuenta hasta cuando él ya no podría hablar, entonces nosotros tuvimos que apurarnos a llevarlo al hospital porque se estaba apagando es decir se estuvo muriendo y una hora después de que llegamos allá resultaría que él era un hombre muerto.”

Incluso hasta el momento en que la muerte alcanzara a mi abuelo él realmente no se había podido imaginar que él tendría que continuar sufriendo esos desdenes de la discriminación racial en todas las facetas de su vida, incluso hasta en el sepulcro en donde sus huesos, años más tarde, serían enterrados para hacer espacio para otra persona occisa en la pobreza. Sin embargo, ése no es el Don Joshua Reid que deseo recordar. Él no era pobre sino un hombre que amaba estar trabajando y quedando bien con su familia y su comunidad. Estoy hondamente agradecido pero triste a la vez de haber tenido este privilegio de haber heredado sus ejemplos de nobleza además de esta oportunidad de hacerle homenaje con estas pocas líneas escritas.

Aunque las voces de todos mis abuelos del Silver Roll lloran a gritos desde sus tumbas ensoleradas por la justicia que no pudieron ver en sus vidas, todavía la divina justicia nos ampara en nuestra promesa a Nuestro Señor Jesús el Cristo, “De que he de volver juzgar a los rápido vivientes y a los muertos.” No es coincidencia alguna que este su humilde servidor y cronista ha llegado a vivir todos estos largo años para llegar a atestiguar y confirmar que lo que otros estudiosos han descubierto son verídicos. En el curso de vida que he llevado como trabajador, vida de trabajador de la raza negra que he podido compartir con mis abuelos del Silver Roll, he podido llegar a confirmar con experiencias esas experiencias de ofensas a mis sensibilidades como hombre trabajador del Siglo XX todavía viviendo en el nuevo Siglo 21 de nuestra era.

Todavía fascinado con estar creyéndome estar viviendo en un mundo libre y modernizado. En futuras entregas estaré relatando lo que llegaría a estar pasando con la Viuda de Reid y esos siete hijos que había dejado Don Joshua Austin Reid en la orfandad. Además de lo que han dejado a la humanidad y que usan la Obra Maestra convertida en llave de un Comercio Mundial ascendiente y eso que es famoso, cual llamamos hoy el Canal de Panamá.

Esta historia continúa.

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