Hermanos Cristianos en Nuestro Entorno

Imagenes: Arriba: SS Ancon cargada de trabajadores Barbadianos
llegando en el Puerto de Cristobal 1909 cortesía de www.canalmuseum.com
Medio: Coolies desde la India recién llegados a Trinidad 1900
Abajo: Dibujo Político, Uncle Sam se encarga de la amenaza “Coolie” en EE.UU.
cortesia de www.wikipedia.com

Así como el Rió Chagres le pedía a la gente de este hemisferio venir a ver el Edén en Panamá que el Todopoderoso había creado, igualmente hacía el Río Ganges en el Asia lejana, y el Río Amarillo al apoderarse de su ambiente, forzando a su gente a congregarse en sus bancos.

Así la gente vino desde todas partes del continente de Asia, sin hogar y sedientos por la fuerza vital incorporada en los ríos, los ríos que los alimentarían y les reestablecería la salud. De igual forma sería con nuestros antepasados negros del Caribe, negros y otra gente que, hambrientos y sedientos por probar una mejor vida, se reunían en los bancos ricos de una línea divisoria de la cuenca acuática llamada el Istmo de Panamá.

Serían, sin embargo, los negros de las Antillas británicas vecinas, los mismos individuos robustos que habían rastreado la cuenca Caribeña en embarcaciones pequeñas por décadas- incluso, antes que los piratas y los corsarios llegaran en el istmo- que conocían sobre las diversas partes de la línea costera de América central y del sur y que llegarían como grupo experimentado de pioneros en los rudimentos de la supervivencia en este terreno difícil.

Un grupo de negros vinieron a estas orillas antes que los norteamericanos, ínter mezclándose con la gente local y los esclavos, actuando como negros libertos. Sin embargo, los que vinieron en manadas durante la segunda mitad del siglo diecinueve intentaban escapar siglos de trabajo forzoso para unos amos crueles que procuraban mantenerlos cautivos en el cuestionable programa de emancipación “gradual” mejor conocido como el sistema de aprendizaje (apprenticeship). A pesar del difícil escenario una vez que llegaban muchos podían sobrevivir los rigores y las circunstancias de una gama entera de situaciones inesperadas.

Había poca competencia por el empleo en una atmósfera donde los negros locales eran relativamente pocos en números y, generalmente, se rehusaban a trabajar bajo las condiciones rigurosas de cualquier amo. Y ¿porqué deberían trabajar bajo tales condiciones cuando la tierra proporcionaba abundantemente? razonaban ellos. Incluso, los irlandeses, los preferidos siervos de europa, los italianos, los griegos, los españoles, y los chinos morían o, desesperados, dejaban de trabajar, ya que ese trabajo rudo se convirtió en un gran reto de resistencia. A pesar de que millares de hombres vinieron de las más recónditas esquinas del mundo a trabajar en el istmo, pocos durarían en esos extremadamente exigentes entornos.

Serían pocos los escribanos entre los negros Westindian, sin embargo, que, inspirados por su Dios, registrarían sus hechos (o sus fechorías). El libro de las Crónicas, uno de los libros de la Sagrada Biblia traducida y moldeada en la lengua inglesa de sus antiguos amos, que contuvieron las grabaciones de los profetas judíos, les serviría poco en las manos de sus amos, hombres crueles que profesaban ser seguidores de las enseñanzas cristianas.

Tampoco nos sorprende que algunas de las autoridades Panameñas a propósito de las últimas décadas del siglo diecinueve, al intentar explicar cómo los negros extranjeros llegaron a ser una fuerza tan influyente en su cultura, dijeron que “formaron comunidades apartadas de la sociedad más grande.” Influenciados por asunciones racistas, estos mismos historiadores, en su mayoría de ascendencia latinoamericana, nunca, admitidamente, nunca describieron a los grupos asiáticos de inmigrantes como “comunidades nucleares separadas por su raza, su religión de su lengua y su cultura,” a pesar del hecho que esa gente de ascendencia asiática había venido de tierras muy lejanas y de culturas y religiones totalmente diversas.

En cambio, los Westindians habían estado siempre cerca y presentes como vecinos y cristianos compañeros oriundos de lugares cercanos en la cuenca Caribeña que requería solo horas o, quizás, unos pocos días de travesía por alta mar.

Esta historia continúa.

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