La Autosuficiencia de Nuestros Antepasados

Agua bendita y natural de los arroyos.
Imagen gracias a Carmem L. Villanova, www.morguefile.com


La pequeña fiesta me había ofrecido el tiempo que necesitaba para empaparme de una atmósfera que creía muy pronto desaparecer. De pronto, una de las niñas que había estado ayudando en la cocina aparece y se acerca a su abuela. Traía consigo uno más de los platos que parecía agradar a la matrona, Luisa. Nuevamente, tuve tiempo de volver a mis reflexiones de lo que Luisa me había estado revelando- el tema de cómo los de su generación habían sido recogedores de frutas y mariscos, comida que no habían tenido ni que sembrar ni que estar muy pendiente por cosechar.

La noción de tanta abundancia de comida que estaba tan accesible y que no requería de mucha labor ni necesidad de irse de casería, me abría la vista a un mundo que solo en esa época se podía imaginar. Era un mundo de grandes y fértiles hatos y abundantes bosques y de fuentes de agua pura y cristalina que tampoco se tenía que recoger ni que pagar mensualmente por los muchos ríos y las copiosas lluvias continuas. La visión de ese mundo desaparecido me parecía algo ideal, algo muy emocionante, algo casi inimaginable en esta actualidad de tanta dependencia.

”Agua, agua dulce y filtrada naturalmente a la que no se tenía que añadir químicos,” pensaba yo de esas lluvias copiosas que llenaban los ríos y arroyos que llegaban, a veces, a inundar la tierra. Fertilizaba tanto la flora como la fauna y todo parecía sobre poblar nuestro universo hasta que llega el hombre blanco a reordenar toda la geografía de nuestro bello Panamá. Hasta esa hora se notaba la sobre población y todavía el consumo no había sido problema para unas gentes que lo consumían todo.

Entre tanto nuestro país permanecía siendo un Edén y podía ser como antes con suficiencia para todos, colonos, colonizadores, y hasta para los corsarios de Europa. De hecho, nuestros ancestros de Jamaica solo tuvieron que llegar, muchos sin contrato, para encontrar trabajo. Hasta podían irse al monte e instalarse sin que ninguno los molestara.

Era una etapa curiosa de nuestra historia en que todavía se organizaban las “Sociedades de la Población Blanca,” organizaciones que mandaban a buscar familias enteras de gentes blancas para llegar a instalarse en todas esas regiones del centro del país con el propósito de “blanquear” la población nativa. Además, se les incentivaba pagándoles el pasaje y titulándoles las tierras de los Indígenas, induciéndolos a que se quedaran o que se matrimoniaran con las indígenas y las negras.

Aparentemente, y por extensión, nuestros progenitores Westindian se beneficiaron de esas prácticas por ser tiempos en que a ninguno le importaba qué familia fuese que se había instalado, ya que nada se reportaba a las autoridades.

Esta historia continúa.

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