Guacho de Cabeza de Puerco con Arroz

Una cabeza de puerco ya cocida, deshuesada y lista para guisar con el sofrito y su salsa preferida.


Sabrosísimo arroz con coco.
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Mientras me estuve recordando de los gratos momentos que había pasado conviviendo en la Provincia de Colón con mis gentes Westindian, no tendría mucho tiempo para meditar ya que llegaron a servirme. Tenía delante de mi en la mesa un plato que era tan colorido y bien presentado tanto como prometería ser delicioso. Ese primer bocado revelaría un sabor que no había yo probado desde mucho antes de que había dejado la Madre Patria para irme a probar fortuna en el extranjero.

Era, nada mas y nada menos, lo que llamamos en Panamá un “Guacho,” compuesto de pequeños pedazos de la cabeza del cerdo que me había tanto hecho comprarla mientras estuvimos de compras para la fiesta. En realidad ese Guacho, comenzaba con el lavado y el hervir de la pieza entera que era el cabezón de puerco. Después de haberlo hervido se volvía a lavar y a deshuesar para cosechar toda la carne. Luego cortado en pedazos se guisan, estofados sazonándolo lentamente con todas las especies y salsas imaginables.

Luego de todo eso allí estuvo ese platillo tan sabroso, frente a las tentaciones de mis antojos decorando un plato rodeado de porciones del sabroso arroz blanco cocido en leche de coco y aderezado con los gigantezcos porotos sazonadas acompañado de una deliciosa ensalada de papas, aderezado con mayonesa, cebollina picada y pedazos de huevo duro. Apenas se le podía percibir el poco de azúcar que lo endulzaba al saborear los trozos que se derretían en mi boca. Tuve que acordarme que estuve en casa ajena y que debería mantener mi decoro y para calmar mis ansias me puse a acariciar el vaso de limonada del que estuve tomando sorbos. La deleitosa cena era realmente lo que yo necesitaba para regresar a ese espacio mental en que recordaba los tiempos en que lloraba todas las noches añorando estar en Panamá nuevamente.

Nuevamente mis pensamientos retornaban a la Miss Luisa, quien se había ausentado de la mesa en que ambos estuvimos comiendo. Luego tuve oportunidad de verla en los predios de la cocina ordenando a las mujeres jóvenes como la matrona que era. No se pero que de pronto empece a pensar diciéndome, “Ni Trazan iba a creer esta historia,” mientras se me escapaba una sonrisa cuando el bocado de arroz cocido a la manera de los viejos Westindian y negros de Colon hizo encender mi paladar que detectaba ese sabor que siempre había gustado desde mi niñez. Poseía ese bocado de arroz su sabor unico de la leche de coco en que había sido cocido que hacia feliz mi paladar.

Pensaba como extranjero en esos felices momentos en que estuve entre mis gentes.
Nuevamente la comodidad y la seguridad reaseguraron esos sentimientos de la comida hecha en casa, aquello me iba a permitir volver a ausentarme de estos entornos en que estuve con los que consideraba mis gentes.

Volví a estar con las Musas que antes acompañaban a la joven Luisa en sus caminatas de largo alcance. Por las junglas y los bosques. Ella que era una mujer joven adolescente negrita Westindian, y ese Jack un trabajador Culi, Hindú, almas que se pudieran llegar a encontrar, eso de haberse hasta encontrado en las junglas de Panamá. No solo que se habían encontrado sino que se llegaran a enamorar y después a comenzar a tener crías que en esa hora estuvieron presentando a un Panamá todavía cerrado y racista emocionalmente.

Además, todo aquello había estado ocurriendo por muchas décadas cobijado por los bosques y montañas. Aquello que era y que todavía sería el escondite de nuestras gentes africanas para mi era historia totalmente creíble. Entonces me estuve relajando dejando que ese calor familiar me envolviera en sus protectoras manos divinas.

Esta Historia continuará.

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