De lo Mundano a lo Espiritual

Billete del sorteo del "Miercolito"

Billete de chancecito

La Lotería Nacional, aquella institución que por generaciones como la mía había captado la atención de miles de radioyentes y que, en la actualidad, se veía a través del aparato casero llamado la televisión, no dejaba de protagonizar el ritual nacional de todos los domingos y los miércoles.

Aquello que, domingo tras domingo (o miércoles), determinaría si alguna familia panameña sería agraciada con unos dólares Americanos para “poner la paila” en la cocina, o si se llevaría un botín millonario con una buena “pegada en el gordito”- el sueño de todo Panameño- no dejaba de atraer el público de miles de panameños a presenciar el sorteo.

Doña Luisa me continuaba confiando su vida de billetera y como procedía como las miles de vendedoras que, en muchos casos, habían empezado en su juventud seguiendo siendo, por décadas, parte del panorama en las principales calles y avenidas de la ciudad capital. Todas las mañanas acostumbraban a abrir sus mesas plegables para mostrar su valorado producto- los billetes de lotería– para el deleite y alivio de su acostumbrada clientela, y uno que otros extraños.

“Así es que, ¿para allá era que se dirigía la otra mañana cuando me había encontrado con Usted?” le dije juguetón y sonreído. “¡Pues sí, Señor!” me contesta ella con su encantadora inocencia. “Era que estuve apurada en llegar para cerrar mis cuentas y, de hecho, iba tarde.” Fue entonces que traté de llevar la conversación en una dirección en que pudiera hacer un contacto mas profundo con esta Gran Dama, ya que ella se sentía mas cómoda y estuvo dando libremente de si misma en un espíritu mas abierto- algo que, hasta esos entonces, no había yo experimentado entre mis gentes Westindian de ninguna edad.

“Dígame, Luisa, Usted que ha vivido en estas partes por todos estos largos años, ¿conoce Usted a una que le decían Madame?” Había abordado el tema haciendo pensativas pausas, ejerciendo suma discreción en cuanto a tal cuestión creyendo que sería cosa tan privada que nadie debiera ni preguntarlo. Sabiendo muy bien a donde iba mi interrogante, la muy astuta Luisa me contesta, “¡Bueno claro, claro que la conozco! ¿Si es esa Madame que vivía un poco mas allá de este Patterson aquí?” Ella se refería a una pequeña área conocida como Patio Patterson, uno de los viejos vecindarios poblados de los moradores pioneros Westindian de lo que llegaría a ser el moderno Río Abajo.

La presencia West Indian aun perduraba, al parecer, porque mi anfitriona recordaba a aquella mujer que había yo conocido en mi niñez. “¡Sí esa misma, esa Madame!” le afirmé sin reparo. “Yo de niño estaba siempre en su iglesia que quedaba por los predios atrás del Estadio Olímpico,” le dije animado de poder mencionar alguien del pasado a quien ambos conocíamos muy bien. Fue entonces que bajamos la voz para conversar de algo que ambos creíamos ser muy nuestro- esa religión casera. “O sí yo conocí a Madame muy bien, porque ella me había ayudado con los muchos problemas que tenía con mis propios hijos.”

De inmediato me hizo recordar esos días de la historia en que no habían doctores ni psiquiatras; tiempos en que los de la etnia Westindian estuvieron perdiendo sus “privilegios” de hospitalización en la Zona del Canal de Panamá. Fueron tiempos inclementes en que las gentes de la etnia negra tampoco podían estar muy visibles entre los guardias de la acosadora Policía Nacional.

Recordaba muy bien como yo, de niño de no más de ocho años de edad, me dirigía a casa de esa Santa Madame– así era como la conocíamos en mis años de infancia al lado de mi adorada abuela, Fanny Elizabeth. Como confidente de mi abuela yo iba y venía solito con un mandado tras otro y, por lo general, me desenvolvía dentro de esos vecindarios.

Esa que recordábamos tan solemnemente era la que me había preparado para ser uno de los alumnos de educación secundaria del peligroso Instituto Nacional de Panamá, que, en esos tiempos ganaba una reputación por acoso a los de la etnia negra panameña. Esa Beata y Santa Madame era, para nosotros, una singular persona que recordábamos con cariño y quien ya había pasado a la gloria del Señor.

Esta historia continúa.

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