Solo Rumores Sobre el Edil Indígena

Plaza de la Iglesia de Santa Ana
Imagen gracias al Señor
Juan Jose Gutierrez.
Puedes visitar su foto galería del Casco Viejo
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La escena de hombres negros caminando hacia la Plaza de Santa Ana como si fuesen fieles anticipando llegar a misa para escuchar las campanadas de la catedral, le daba un toque religioso a ese periplo de cada día. En muchas ocasiones ellos eran los únicos presentes en la plaza al llegar y encontrar el lugar desértico. Luego se sentaban a observar el relajante vergel de árboles y de ardillas y pájaros, entretenidos simplemente viendo a las personas que luego llegaban a su parroquia a disfrutar de la misa, reunión católica que dejaba afuera a esos cristianos de color y puntuales observadores.

Siempre encontraban de que conversar, lo cual lo hacían casi en cuchicheos no queriendo llamar la atención, esperando que terminara la misa. En la ligera brisa matutina de pronto se podía oír flotando en el aire sus conversaciones sobre los lugares que habían conocido en las costas de América Central.

Al concluir la misa se levantaban de las bancas en sus habituales agrupaciones de compañeros emprendiendo, nuevamente, su viaje de regreso como buenos feligreses acabados de ser bendecidos por la ceremonia católica. La amena conversación en su característico y civilizado susurro era su manera de descansar para entonces regresar a sus hogares de inquilinato antes de que la noche se adueñara de la ciudad nuevamente. Mientras tanto, en una celda solitaria, un edil Indígena permanecía encerrado- otro mas de los recién condenados cristianos. En la solemnidad de sus últimos momentos de vida, Victoriano Lorenzo invocaba el Dios de sus antepasados que le daba fuerza.

Al caer la noche, las habitaciones de la ciudad de Panamá se alumbraban en esa hora de oscuridad con luz de lámparas de aceite de queroseno. Para un hombre, aunque valiente y determinado como lo era Lorenzo, la noche se hacía larga y tenebrosa y de poco consuelo ya que permanecía solo sin el apoyo de un cura o chaman de sus gentes.

La noche para los negros antillanos, en cambio, era un tiempo para extender su espacio de espera apostando chelines jamaicanos y compartiendo los oficios caseros rutinarios antes de su paciente despedida de otro día. Sin embargo, eran momentos cruciales para algunos negros jamaicanos que habían llegado a su límite de su paciencia y del dinero que habían ahorrado con tanto esfuerzo a través de los años anteriores. Aún no habían escuchado esos tan esperados rumores de que los Americanos hubieran comenzado a emplear hombres para las proyectadas obras.

La Gran Guerra para los que habían podido entender el Español, había sido algo incomprensible, algo que realmente no les podían explicar a los demás convincentemente lo que había ocurrido entre esas gentes que hasta esos momentos tan solo conocían como los “Pañas,” para hacerlos reaccionar de esa manera tan violenta. Por lo tanto, su estadía era relativamente placentera, sin complicaciones, en una atmósfera que, para hombres de su clase, se podía describir como tolerable. Sobretodo entre los negros Jamaicanos se las pasaban chismeando sobre los moradores locales.

Entre tanto sus preguntas eran como parecieran estarse haciendo los otros ciudadanos moradores locales. Esos ciudadanos comunes no pudieron entender que era lo que había en realidad ocurrido para causarles tantos sufrimiento y terror. Las puertas y ventanas permanecían por todos esos años cerradas que era lo que las gentes hacían en esos días después del los acontecimientos del 28 de Noviembre de esa año recordable de 1902, que era otras de las cosas que les iba a ser tan incomprensibles, como lo que iban a después conocer como La guerra de los Mil Días. Aquello había dejado todavía a la ciudad de Panamá con ese hedor en ese área de Calidonia.

Los negros Antillanos habían sido perdonados sus retrasos en la paga de los alquileres porque eran los únicos que podían soportar el hedor día y noche que se percibía todavía años después. Les había sido dantesco esas escenas en que habían dejado los cadáveres hirviendo al sol tropical caliente por muchos dias. Eran los cuerpos de patriotas, quienes recordaban apestar tanto y eran tiempos en que ninguno quería realmente estar en las calles de esa ciudad de Panamá.

El área de Calidonia, por mucho tiempo después, se llegaría a conocer como zona conocida por el rumorear, la única manera en que se podía recabar información para las gentes que, en su mayoría, eran iletradas, gentes de los “Arrabales.” Los rumores abundaban y volaban entre las gentes quienes usualmente estaban encerrados detrás de sus puertas día tras día. El temor persistía que algún incidente violento perturbara la calma con balas volando a mansalva ya que el cuartel de la milicia estuvo cerca. Aquello hacía que la mayoría de los moradores se acostumbraran a permanecer en sus hogares que, en su mayoría, eran cuartos de inquilinato.

A pesar de que los diarios y revistas se publicaban con normalidad en esa ciudad, nada de lo que ocurría en los cuarteles militares se publicaba. Así que los rumores tampoco reflejaban esas noticias sobre el arresto del oficial de alto rango que, en esos momentos, se encontraba preso. En el matutino llamado La Estrella de Panamá, lo más notable en los titulares sería el matrimonio de Don Ernesto de la Guardia con la Señorita Isabel María Navarro, uno de los eventos sociales de renombre del momento.

No se iban a saber más noticias del arresto del General Victoriano Lorenzo desde ese 28 de Noviembre de 1902 en adelante. A uno de los más altos en los rangos de los oficiales militares de su tiempo, le habían montado cargos por sedición contra el gobierno constitucional de Colombia. Le habían informado que sería formalmente llevado ante una junta militar por los crímenes por su propia admisión de que él no apoyaría el Acuerdo de Paz de Wisconsin avalado por el gobierno constitucional de Colombia y se volvería a las armas.
Esta historia continuara.

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