El Plan de Escape del Capturado General

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El General Victoriano Lorenzo había estado encarcelado más de un mes sin poder tener conocimiento de sus gentes de los alrededores de Penonomé. El edil, acongojado y al borde de la desesperación, empezaba a fraguar un escape. Su objetivo era de intentar escapar aunque el riesgo sería mucho mayor de resultar un fracaso puesto que lo volverían a encerrar con más seguridad.

Entre tanto, para ese que estaba seguro de que, eventualmente, lo asesinarían ya que el juicio ante la junta militar era nada más que una formalidad, cualquier intento era mejor que entregarse a la espera de una muerte segura. Aunque la inactividad de estar aprisionado haría que estuviera a la desventaja físicamente con guardianes mucho mas jóvenes él aun estuvo sintiendo esa juventud a los 35 años de edad.

Mientras tanto, el capturado caudillo pensaba tener que escapar cueste lo que cueste, aunque eso de tratar de escapar era noción que jamás hubiese contemplado. Sus pensamientos vagaban como uno que deliraba y se decía, “Si solamente pudiera llegar a los predios de Penonomé nada mas por un corto rato podría …” Eran pensamientos que entretenía mientras se ahitaba con esa idea de hacer su escapada. Entonces se pone a notar que el guardia de turno había descuidado, al parecer, lo que tenía que ver con su persona.

Había decidido que la noche del 23 de Diciembre, un noche adecuada para poder escapar, ya que con las celebraciones servirían como un fondo de distracción. Esa noche Victoriano Lorenzo esperaba pacientemente, orando que los guardias se entretuvieran en alguna de sus celebraciones. Tenía que escapar y ese era el día mas apropiado para tales fines, pensaba él. En sus oraciones se transformaba en uno de los ancestros que con sus pleagrias atraían los espíritus de divinales; de esos santos que entre sus gentes Ngobe habían vivido en los tiempos mucho antes que sus abuelos. Sus silenciosos llantos a las apariciones de los guerreros de antaño parecían pedirle paciencia.

Esta era una guerra para divinales y habían ellos llegado a calmar sus llantos para que entendiera que su muerte no quedaría impune para la posteridad. Sin embargo, ansiaba escapar como tigre encerrado, ese espíritu de animal selvático que odiaba el encierro y Victoriano tan solo podía ver ese verdor de la serranía que lo había visto nacer. Conocía esos montes y esas selvas sabiendo que no había ejercito de Blancos que podía encontrarlo ni derrotarlo en los alrededores de sus montañas. Iba a tratarlo aunque le costara la vida esa noche de Jesucristo. Tenía esa intensa fe de poder convertirse en aquel que pasara desapercibido a ese guardia que lo cuidaba de cerca.

Poco después de la media noche él escuchaba los guardianes de su encierro conversando. Con las celebraciones de la Navidad el lugar estaba de fiesta y, por ende, prevalecía un ambiente mas relajado. Victoriano estaba seguro de poder llegar a sus entornos de las montañas y campiñas que conocía muy bien y se llenaba de confianza mientras esperaba pacientemente que se durmiera el solitario guardia quien celaba la puerta. Finalmente, el guardián, cansado de la larga vigilia, inclina su silla contra la pared justo afuera de la celda en donde, pensaba él, poder observar bien su prisionero.
Esta historia continuará
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