Victoriano Lorenzo Nombrado General

Los Tratados de Paz fueron firmados abordo el USS Wisconsin, nave de guerra norteamericana. Imágen gracias a www.wikipedia.com

Después de la derrota del Puente de Calidonia en Panamá, las fuerzas Liberales habían encontrado escondite entre las fuerzas Indígenas de las montañas de Coclé y así reagruparse y decidir como incorporarse, nuevamente, a la guerra. De hecho, se habían salvado sus pellejos al unirse a las disciplinadas fuerzas de Victoriano Lorenzo. Esos quienes estuvieron ganando fama como guerreros temidos ahora estaban atrayendo adherentes. Los que antes ellos habían derrotados llegaban a alistarse al ejercito Indígena. En esa hora los victoriosos en batalla gritaban insigne declarando, “¡Coclé, tierra de la libertad!”

En esos momentos de la historia esa armada de indígenas habían empujado al segmento de las fuerzas Colombianas que se atrevieran a retarlos hacia su guarida en el área del ferrocarril. Sin saberlo habían retado a las fuerzas de los gringos y a esa abrigadora zona de la ciudad de Panamá colonialista y conservadora. Victoriano Lorenzo, el terror, se había apoderado de los extranjeros, dueños del ferrocarril y como para los indígenas del norte del Continente Americano, iba ese Victoriano Lorenzo, sujeto de cantos de victoria de los arrabales y de los campos, el mas peligroso de los que antes eran temidos Caciques Indígenas de todas las rebeliones para la élite entera de Colombia, Estados Unidos y Panamá.

Entre tanto las batallas en los campos del interior se pondrían mucho mas feroces cuando los de la milicia Conservadora verían que no iban a poder vencer la fuerza arrolladora de los rebeldes y sus indígenas. La revolución panameña de la real clase popular había demostrado su invisibilidad y los de las fuerzas de casta demandaban una tregua.

El bando de los Liberales, sin embargo, nunca consultaron con el Cacique guerrillero, ahora jefe militar de las fuerzas mas victoriosas de todas las campañas guerreras en el conflicto. Los del bando Liberal, quienes poco antes habían sido parte de la vergonzosa derrota del Puente de Calidonia, como el coronel Belisario Porras, con quien Victoriano había colaborado en su intento de llevar el conflicto a Chiriqui, ahora, cansados de guerrear, veían un atractivo en esa alternativa ofrecida.

Victoriano ahora no podía creer lo que estaba viendo; escenas en que los que antes se tiraban a muerte, ahora se abrazaban, rezando paz. Las reuniones de tratado de paz entre Conservadores y Liberales de repente se habían convertido en reuniones fraternales, en que salían a relucir planes maestros en manos de enemigos jurados que pretendían dejar a los indígenas y sus colaboradores fuera de las discusiones.

Victoriano, metido en medio de ese embrollo, trataba de encontrar buenas noticias para su aguerrido ejército. De hecho, las reuniones en que se encontraba lo habían estado desmoralizando por esos planteamientos de estar queriendo desmovilizar su valeroso ejercito. Había sido convocado a Panamá con oferta de nombramiento a General de División de las fuerzas Liberales. Creyendo que la guerra continuaría aceptaba los galardones durante la pequeña ceremonia de investidura, un evento que cambiaría su vida para siempre.

Luego de unos días se revelaría que los verdaderos “arreglos” de ese “Tratado de Paz,” inquietaban y disgustaban al nuevo General Victoriano Lorenzo. En primera instancia los arreglos no proveían ninguna seguridad ni indemnización a sus hombres quienes habían en realidad ganado combates tras combate contra esa misma armada que había ideado tregua después que ellos estuvieron por ganar la guerra.

Antes de que el campeón pudiera reaccionar a las condiciones de tregua lo ordenan a aparecer ante un tribunal de la alta jerarquía militar. Al acceder se encuentra, de pronto, con varios de sus antiguos enemigos, los mismos generales que había derrotado en batalla y que habían escapado captura. Ante esa junta militar se iba a ver cara a cara con esos conocidos y no conocidos enemigos de su causa. Sus antiguos enemigos lo interrogaban como si él fuese el de la idea de unirse a sus armadas.

Luego de las interrogaciones lo ordenan a que se mantuviera en el cuartel, ya que se había arreglado tregua. Como oficial de alto rango militar y líder en el ejército colombiano estaba obligado a seguir las instrucciones y ordenes de sus superiores, según ellos, y apoyar la tregua. El General Victoriano Lorenzo tarde en pronunciar su decisión y responde airado, “Mi gente y mi pueblo han sufrido y todavía sufren. Ustedes han defraudado y traicionado a mis gentes todas, pero yo no los voy a traicionar. Mañana yo no estaré presente en ese barco Americano para estar vendiendo a mi país ni a mis gentes.”

La reunión había concluido con órdenes expresas escritas en acta militar, que, en esencia, habían ordenado a encuartelar al General Lorenzo. Sus tropas estarían bajo liderazgo del alto comando militar hasta nuevas órdenes. Con su líder apresado la palabra secreta se fue esparciendo entre las tropas Indígenas, que deberían esconderses en espera de ordenes de su jefe quien estaba encerrado en Panamá. Luego de ese día 21 de Noviembre de 1902 no se volvería a escuchar mas ordenes del jefe.

Al día siguiente, las facciones combatientes de Conservadores y Liberales, en reunión amigable con los extranjeros norteamericanos a bordo de la nave de guerra Wisconsin, firman el Acuerdo de Paz Wisconsin. El jubiloso encuentro, sin embargo, significaría la traición y la muerte del valeroso General Victoriano Lorenzo. La multitud que tan solo unos meses antes habían visto la carnicería y unos que otros soldados norteamericanos formaban el nutrido grupo de espectadores en el muelle. El día entero parecería día de carnaval al estar las calles abarrotadas de gente en los predios de la Catedral de Santa Ana, mientras la multitud se acercaba para escuchar las declamaciones de los políticos elitistas del país.

Las tropas uniformadas estaban por toda la ciudad mientras que los soldados de los tres países celebraban la paz. Las calles parecían acostumbrarse a los uniformados y el ambiente festivo todavía atraía mas gente dejando la muchedumbre perpleja y sorprendida ante tantos militares en celebraciones. Panamá y su ciudad mas grande se preparaba para ver cadavérico a uno de sus pobres hijos, y a como desestimaban a las gentes de los Arrabales, actuando todavía como los que no contaban.

Entre los admiradores del público estaban miles de negros de mirones viendo esas celebraciones que se parecían a las que habían visto antes en la ciudad de Colon cuando estuvieron trabajando en el ferrocarril o en las excavaciones del canal Francés. Eran esos que hablaban un inglés acriollado que los demás apenas entendían. Los miles de negros desempleados que se decía eran Westindian que esperaban otra oportunidad de trabajar, eran unos de los muy pocos extranjeros que se atrevieran a estar en esa ciudad tan dañina para la salud.Entre tanto los de la elite del comercio no veían nada de malo que los extranjeros compraran sus baratillos y que comieran en sus fondas. Aun, en esos días, se les permitía caminar como siempre lo hacían y nadie los cuestionaba por ser los protegidos de sus viejos amos, los gringos, y los franceses.

De hecho, eran los norteamericanos, los indiscutibles mandamases en toda esa área bajo su control, a quienes los de la elite Panameña daban bienvenida. Los gringos para ellos representaban esa SEGURIDAD en todo sentido de la palabra, poderes inimaginables en sesos tiempos. Los Estados Unidos y sus fuerzas militares habían, finalmente, tenido mano negra en los acontecimientos que daban el toque final en los conflictos del área bajo su control. Ellos, en esa hora, daban el sello de aprobación a la paz, la seguridad y esa estabilidad económica. Era su interés permanecer en ese área por siempre si fuera posible evidenciado por ese ferrocarril moderno y de sus plantaciones de banano que todavía producían riquezas.
Esta historia continuara.

 

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